El fútbol como frente político

En estos días en que la crispación y lo exacerbado marcan el debate en los bares, los medios y los parlamentos, tanto alimenta el fútbol como atrae. El balón se ha convertido, si es que en algún momento no lo fue, en uno de los reductos a los que de manera recurrente el personal presta una importancia capital. Ahora que no se sabe si llegó antes la futbolización de la política o la politización del fútbol, la única certeza es que la pelota es un recurso dorado para quien pretende hacer que su mensaje cale. Aunque el asunto no es ninguna novedad. Un vistazo a los orígenes resulta casi siempre pedagógico. En este caso, conviene rescatar a un tal Mussolini. Los Mundiales acababan de nacer y, despachada la primera edición con la organización y el título de Uruguay en 1930, al dictador le pareció buena idea apropiarse de la del 34, en un principio cosa de Suecia. El plan era demostrar al mundo el poderío del país ganando el torneo: por aquel entonces, que un grupo de jóvenes en buena forma física derrotase a rivales geopolíticos en pantalón corto y con una pelota se consideraba la mejor propaganda posible para echar flores sobre su propia mollera. Los partidos de Italia comenzaban con un «¡Italia, Duce!» gritado a todo pulmón. En el partido de cuartos contra Francia, uno de sus grandes rivales en el tablero internacional, los jugadores seleccionados por Vittorio Pozzo vistieron camisetas negras en honor a la fuerza paramilitar de los fascistas italianos. Pura escenografía. «El fútbol es un fenómeno de masas, y la política siempre se ha servido de todas las circunstancias que ha considerado beneficiosas para sus intereses», incide Lorenzo Navarrete, decano del Colegio de Politólogos y Sociólogos de Madrid. A su juicio, la situación se explica a través de las particularidades que hacen del fútbol un caso aparte en el mundo del espectáculo, difícilmente alcanzable por otros ámbitos del deporte o la cultura. «Su consumo es horizontal, no entiende de edades o clases. Es algo cotidiano que además ha creado una serie de estructuras de atención y de apoyo muy importante, todos esos programas de seguimiento a todas horas, termina un partido y ya están hablando del siguiente», argumenta. Para el politólogo, resulta definitivo que se trate de un consumo de fin de semana, prácticamente gratuito, que reporta una compensación inmediata y que sirve como pretexto para socializar. El empeño por introducir el recado de turno en medio de un rectángulo verde colea con fuerza. Los ejemplos durante el último parón de selecciones fueron diáfanos. Por ir a lo cercano, en París se enfrentaron Francia y Turquía, líderes del grupo H. Los otomanos empataron gracias a un gol de Kaal Hayan en los minutos finales, y vieron oportuno festejarlo haciendo el saludo militar , toda una provocación en los morros de uno de los países que mayor disconformidad ha mostrado con la ofensiva del régimen de Recep Tayyip Erdogán sobre los enclaves kurdos en la frontera con Siria. Políticos galos como Marine Le Pen, conocedores de la potencia del foco que sobrevolaba el encuentro, habían pedido que se suspendiera. Del mismo barro beben los motivos detrás de la suspensión de Cenk Sahin como jugador del St. Pauli, de la segunda división alemana. El futbolista apoyó el movimiento de su país en Instagram y el equipo, una referencia para diversos movimientos de izquierda por su beligerancia en temas como el racismo, adujo una «falta de respeto por los valores del club». Aunque no se sabe hasta qué punto Sahin puede salir ganando, porque ya se sabe lo que les ocurre a los disidentes de Erdogán. Que se lo pregunten a Enes Kanter, pívot turco de los Boston Celtics sobre el que pesa una orden de captura por irse de la lengua y que prácticamente no sale de EE.UU. por pura precaución. Algo más lejos de aquí pilla Corea. La del Norte acogió el pasado martes, en un gesto pretendidamente aperturista, el primer partido oficial contra sus vecinos del Sur, con quienes les une una guerra que lleva vigente desde 1950. También el grupo de clasificación para el Mundial de 2022. Eso sí, no se permitió que accediesen al estadio Kim Il-Sung de Pyongyang televisión, prensa ni afición visitante. Todo lo que podrá verse de la histórica cita, resuelta con un empate a cero, es lo que enseñe un DVD debidamente editado por los secuaces de Kim Jong-un. Máxima atención El avance de esta vía de manifestación política en el transcurso de los años es evidente cuando un dron con una bandera colgando irrumpe en medio de un estadio de fútbol. Ocurrió por segunda vez en la última jornada de la Europa League, durante el partido entre Dudelange y Qarabag. Un artefacto con la insignia de la República de Artsaj, la antigua República del Alto Karabaj, sobrevoló la escena y exaltó a los hinchas visitantes, protagonistas en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por la soberanía del territorio. Originales fueron, pero solo un poco: en el Serbia-Albania clasificatorio para la Euro2016 ya se había recurrido a un aparato volador de este tipo para pasear una bandera. Los ejemplos siguen goteando como en una tortura china: Shaqiri y Xhaka celebrando sus goles contra Serbia haciendo el águila bicéfala de Albania, clubes catalanes aprovechando su masa social para posicionarse respecto a la sentencia del Tribunal Supremo en el caso del «procés»… Se entiende mejor el valor del fútbol como caja de resonancia política -como poco en lo que respecta a España- a la luz de datos como los del CIS. En 2014, el último estudio sobre el impacto del deporte en la sociedad española hecho por el centro concluyó que casi la mitad de la población, el 48 por ciento, sigue con atención lo que pasa en el fútbol. Y está visto que no son solo goles.

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