«El funeral»: una diva al cuadrado

Probablemente, nadie en el teatro español pueda llevar con más justicia el calificativo de «diva» que Concha Velasco. El diccionario de la RAE define el término así: «Dicho de un artista del mundo del espectáculo, y en especial de un cantante de ópera: Que goza de fama superlativa». Parece una definición -salvo por el aparte operístico- hecha a su medida. Como lo es «El funeral», una función en la que el sastre uno de sus hijos, Manuel M. Velasco.

Hace ya muchos años que Concha Velasco alcanzó la categoría de «diva»; nadie le ha regalado nada, porque pocas actrices tienen, por un lado, la capacidad de trabajo que siempre ha demostrado la actriz vallisoletana; y, lo que es más importante, pocas figuras poseen su incuestionable imán para el público y esa habilidad casi de encantador de serpientes que le permite cautivar a los espectadores desde el instante mismo en que pisa la escena.

«El funeral» es una comedia con fantasma, dice la publicidad. Y es que Lucrecia Conti, el personaje que encarna Concha Velasco (¿o es Lucrecia Conti la que encarna a Concha Velasco?), es también una diva que acaba de morir y cuyo féretro está expuesto en el teatro de La Latina. La obra derrumba la cuarta pared desde incluso antes de comenzar la comedia -se invita a los espectadores a subir a escena y firmar en el libro de condolencias-, y se produce durante toda la función una curiosa relación entre actores y espectadores.

Manuel M. Velasco ha cosido, por tanto, un traje a la medida de su madre -incluso se podría decir que al «personaje» que es su madre-, que ha llenado de guiños y referencias personales, y en el que la actriz se enseñorea del escenario. Es un traje, sin embargo, con las costuras muy frágiles que se deshace en algunos momentos y cuyas hechuras no terminan de afirmarse.

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