El Foro de la Cultura inicia sus debates internacionales en Burgos | Cultura

Acababa Hugh Forrest de cantarnos la gloria de la revolución tecnológica -experimentada y avivada por él desde el South by Southwest en Austin (Texas) con más de 30.000 creadores digitales- y llegó Anupama Kundoo, arquitecta india del sentido común, a echarle el discurso abajo con una defensa de la alta tecnología que nos puede proporcionar, con habilidad, la artesanía que convierte al barro en un climatizador perfecto. En medio, el rapero El Chojin reivindicaba la bomba de relojería que puede contener una palabra, mientras que el ya retirado Antonio Garrigues Walker, cabeza visible de uno de los bufetes de abogados más afamados de España, discutía con el filósofo Ángel Gabilondo o los gestores culturales Miguel Zugaza (director del Museo del Prado) y José Guirao (responsable de la Fundación Cajamadrid) si la cultura debe guardarse en tarro o prender mechas que incendien conciencias.

Si esto no es una plataforma de debate interesante, aquello que se ve desde la ventana no es la catedral de Burgos. Pero lo es, justamente, porque precisamente en la ciudad castellana es donde se celebra desde hoy hasta el sábado el Foro de la Cultura con un lema: innovación para el cambio social. Es el primer año y las mesas, debates, acciones, conciertos y proyecciones se multiplican en un espacio plural, orquestado por Óscar Blanco, su coordinador.

Para empezar llegaron filósofos, comunicadores, gentes del teatro, gurús tecnológicos, señores serios con retranca, como Garrigues, críticos de arte, directores de museos y formaciones como la Vegetable Orchestra, que saca música de productos frescos como lechugas o zanahorias comprados frescos, en el día. Pero es que para las próximas jornadas se esperan hasta cardenales, como monseñor Carlos Amigo. Hasta entonces, hubo espacio para debatir a lo grande el futuro y presente de un concepto como cultura.

Ángel Gabilondo, más que dejarse acunar o resignarse por el disfrute de lo enlatado y conservado, defendió el papel de lo activo: “Como elemento transformador donde es necesario crear justicia y libertad”. Más en un tiempo en que la desigualdad, como preocupación prioritaria, se ha convertido en uno de los grandes temas globales. La desigualdad que genera pobreza material y pobreza de espíritu. Y eso precisamente, “la pobreza”, señaló Gabilondo, “es el gran enemigo de la cultura”.

Ya que no va a ser combatida por los presupuestos generales del Estado, habrá que, según ellos, reivindicar para ella, al menos, mecenazgo. Pero para eso, también, el mundo del dinero, debe remar a favor. Y según Guirao, muy entrenado en el arte de recaudar fondos para lugares como el Museo Reina Sofía o La Casa Encendida, de la que ha sido responsable, “más allá de que el Gobierno no haya sacado la ley adelante, no existe tampoco una sociedad generadora de recursos a alto nivel, ricos, que estén a la altura de demandarla”.

Zugaza apoyó una introducción, a su juicio, “revolucionaria”, del micromecenazgo, la nueva niña bonita del secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, que es lo que va a aportar, al menos, la nueva reforma fiscal, en el terreno de la cultura. Pero más allá del vil metal, el debate tuvo su intensidad filosófica por parte de los ponentes. Reivindicaron transformación y vivencia, espacios comunes en torno a ella, más que aislamiento y desarrollo de alternativas en el espacio de la red.

Pero eso es justo lo que vino a predicar en la tarde Hugh Forrest, desde Austin. Las lindezas de su South by Southwest, un foro creado en 1987 que se ha convertido en referencia global, sobre todo en el entorno digital: “Lo que promovemos son encuentros personales para proporcionaros un paso adelante en vuestras carreras”, comentó. Y acto seguido entonó el típico discurso de visionario inspirado en Palo Alto, con vaqueros a lo Steve Jobs, y promesas de un mundo mejor que por más que nos interconecte no puede hacer oídos sordos a lo que la fascinante Anupama Kundoo combate con su arquitectura sostenible: “La desigualdad”.

En manos de esta mujer ahora afincada en España, un trozo de arcilla, un papel, puede convertirse en un invento infalible. Es la voz de la artesanía eficiente y los recursos del seso frente a la deshumanización del artificio. “El lujo no está en el material en sí, sino en cómo lo tratas”, advirtió. “El dinero no es garantía para crear buenos espacios”, siguió. “Me niego a ser arquitecta para ricos o para pobres, no quiero crear esa barrera mental dentro de mi cabeza”. Pues eso.

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