El espectáculo (no) debe continuar

“Les pido, en definitiva, ¡por favor!, educación”. Así están las cosas en el Congreso: Meritxell Batet apelaba esta semana a que al menos se conservara la educación como última línea Maginot, no ya por respeto sino por guardar siquiera las formas. A eso se ha llegado. Parecía parafrasear la célebre humorada de Thomas de Quincey en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, donde advertía que se empieza cometiendo un crimen y después se tolerará la bebida, se dejará de asistir el domingo a misa, y así hasta dejar las cosas para el día siguiente y perder las buenas maneras. Batet, aunque sin esa inversión irónica, parecía decir que una vez generalizada la corrupción, y después de acabar aceptando un alto nivel de ineficacia, ya sólo quedaba verse allí pidiendo un mínimo de urbanidad. Esa desesperación de la presidenta de la Cámara afloraba tras otro miércoles de furia en la sesión de control, con las bancadas como barras bravas celebrando a sus mastines. Y resulta definitivamente grotesco ese espectáculo mientras enferman miles de ciudadanos, y mueren a cientos, sin que los responsables públicos parezcan dar con una respuesta convincente más allá del y tú más.

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