El encuentro de Moctezuma y Cortés, un saludo que hizo a la historia global

Un 8 de noviembre, pero de 1519, hace medio milenio nada menos, dos mundos definitivamente se encuentran y se chocan. Nada va a ser igual ya. La Historia de la Humanidad se ha convertido, definitivamente, en global. Hernán Cortés y Moctezuma, el viejo y el nuevo mundo, se abrazan a la entrada de Tenochtitlán. La capital del Imperio mexica. El más potente imperio de los territorios aún por hollar. Viejo y Nuevo Imperio, esta vez, invertidos los papeles. Desde la entrada de Alejandro Magno en Babilonia nada parecido había ocurrido en el mundo. Desde que Alejandro cruzara el Indo, nada similar hasta que los pendones de Castilla cruzaron el lago Texcoco. Un momento descrito hasta en las profecías locales. Era el segundo día del mes de Quecholli, octavo del Ehecatl del año 1 Cañas de la octava gavilla. Un martes. Cortés, la noche antes, pasea por el campamento de esos pocos cientos de hombres que salieron en busca de aventuras, de oro, de gloria… Codiciosas huestes que querían medrar como habían leído en los libros que se hacía. Luchando contra Miramamolines, contra gigantes, como hiciera el Amadís. Crueles, bravos, resolutos, ambiciosos, creyentes, idealistas a su manera. Fanáticos de su propia suerte. Manda a sus capitanes que todos bruñan armas, limpien coletos, atusen barbas y enjaecen caballos. Es consciente de que el momento que se avecina tendría que ser recordado por generaciones. Los hombres habían ya vislumbrado lo que sólo eran conjeturas tras lo vivido y visto en Tlaxcala o Cholula. Tras lo comentado por sus compañeros que subieron nada menos que por las faldas del volcán Popocatépetl. Estaban a las puertas de una ciudad como pocas nadie había visto, ni siquiera los veteranos más viajados. —Julio de 1519. Hernán Cortés manda barrenar las naves. Bernal Díaz del Castillo escribiría en su crónica que ya sólo había un camino: «ir adelante». —16 de agosto de 1519. Cortés con el grueso de soldados españoles, unos 400, y sus aliados totonacas, emprenden rumbo al interior, hacia Tenochtitlán. —17 a 31 de agosto de 1519. Van recorriendo junto con 1300 aliados, 200 porteadores, 6 cañones y 15 caballos, la sierra norte de Puebla, o Sierra Madre Oriental. —1 de septiembre de 1519. Encuentro con el cacique de la ciudad de Tlaxcala, Xicohténcatl, que negará el paso a las tropas de Cortés. —2 de septiembre de 1519. Comienzan las batallas contra los tlaxcaltecas. Tras varios enfrentamientos favorables a los castellanos, los enemigos se convierten en aliados. —16 de octubre de 1519. Tras reponerse en Tlaxcala, y partir por la ruta que le indican los mensajeros de Moctezuma, llegan a la lacustre ciudad de Cholula. —18 de octubre de 1519. Creyendo que iban a caer en una celada, se produce un enfrentamiento que acabará en matanza al entrar los tlaxcaltecas, enemigos acérrimos, en la ciudad. —3 de noviembre de 1519. Paso de Cortés por lo que así hoy se denomina, tras mandar expedicionarios al volcán Popocatépetl, en Amecameca. —6 de noviembre de 1519. Se establecen a las puertas mismas de Tenochtitlán en la ciudad de Iztapalapa —8 de noviembre de 1519. Las tropas aliadas de Castilla, Tlaxcala y Cempoala, desfilan entrando en la capital mexica. Moctezuma y Cortés se intercambiarán regalos. Carlos I rey de España, contará con un nuevo vasallo. Cuando llegaron a Ixtapapala, donde ahora velan armas, el asombro ya era una constante en todos aquellos que incluso había guerreado en las de Italia con Fernández de Córdoba. Los había que comparaban aquello que veían con una nueva Venecia. Otros, recordaban las fantasiosas ínsulas de aquellos libros de caballería de los que ahora se sentían protagonistas. ¿Eran conscientes aquellos hombres de principio del XVI que al día siguiente iban a dar un pequeño paso para ellos, pero uno grande para la Humanidad? Tal vez más de lo que lo estuvieron quienes viajaron a nuestro satélite por primera vez. Pues su aparente ignorancia era pese a todo, clara consciencia de que vivían algo sólo contado en crónicas legendarias. La prueba está en la necesidad casi inmediata de querer dejar constancia de todo aquello por parte de Hernán Cortés en sus Cartas de Relación, y posteriormente querer desmentir los bulos sobre aquella gesta (pues me temo que eso de las fake news creemos que es algo moderno por decirlo en inglés, y no es así) por parte de uno de los protagonistas como fue Bernal Díaz del Castillo, señalando que su escrito era la «Historia verdadera de la conquista». El Gobierno no lo conmemora Ver y estudiar ese momento con nuestros ojos es imposible. Así lo creo. Nuestra mentalidad moderna, reacia a la violencia, alejada de la guerra, preocupada por la ofensa de un desconocido en una red social o por el uso de una bolsa de plástico, apenas es capaz de comprender esas gentes que vivían en un mundo tan violento o cruel como pueda ser el nuestro (no se equivoquen), pero que no lo negaban. Lo miraban de frente. Y se atenían a las consecuencias. Aquellos hombres hace quinientos años habían conocido ya batallas, desesperación, hambre y atrocidades. Más que iban a vivir. Nada se regala. Nada es gratis. Por delante iban a vivir uno de los encuentros más célebres que la Historia. Aunque, hoy en día, no sea celebrado. ¿Han oído alguna radio este jueves 8 de noviembre recordar este momento? ¿Comentado en algún telediario o noticias de la televisión? ¿Algún especial, documental, película (aunque sea la de César Romero) emitida para conmemorar aquello? No. La ignorancia es pareja a los complejos que aún seguimos teniendo por llevar en nuestra sangre lo negrolegendario hasta haberlo hecho tan hispano como el presunto cainismo. En ese olvidado día, el tlatoani de los mexicas, Motēcuhzōma Xōcoyōtzin, Moctezuma el Joven, segundo de su nombre, sabía que, pese a intentar retrasar lo inevitable, una nueva era acontecía. No porque pensara que aquellos blancos barbados fueran «teules», dioses. La transfiguración de aquel Quetzalcóatl que desapareciera por el Este de donde vino. Puede que fueran hijos de aquellos que marcharan. Tal vez. Y que quedaron ciertamente impresionados por cañones y arcabuces. Caballos y alanos. Pero no eran dioses. Eran hombres con sus miserias y grandezas. Sus ansias y anhelos. Eran conquistadores. Aquel encuentro intentó dar paso a un nuevo mundo de manera pacífica. Pero la humanidad no lo es. Y tras el inicial abrazo vendría la matanza del Templo; su muerte; la Noche Triste; la batalla de Otumba; la conquista final con bergantines propia de la mejor serie de fantasía actual. También vendrían muchas más cosas. Universidades, imprentas, hospitales, reconstrucción y construcción de lo que quería ser una nueva España. Sobre ese lago de Texcoco y las ruinas de Tenochtitlán se alzará un nuevo México donde hoy se habla la lengua de 500 millones, con una sangre mezclada como en pocos sitios, con una cultura y gastronomía hecha a base de lo mejor de dos mundos, y el sueño de un lugar común que un tal Miguel de Unamuno llamaría, Hispanidad. El gaitero de Tenochtitlan El sonido de los instrumentos fue también una buena baza para los ejércitos a la hora de marcar el paso, haciendo del caos un orden imparable. Una herramienta más que práctica a la hora de dar órdenes en la algarabía de un combate. La música viaja con los hombres, aunque sean fieros soldados. Y así fue con los de Cortés. Uno de los más curiosos y que aún sigue acompañando a nuestras tropas hoy en día, es la gaita o cornamusa. Esa bolsa de gemidos como la llaman en nuestro levante español (sac de gemecs), el boto aragonés, que los más tenemos en nuestras mentes en las imágenes de las gaitas gallegas o asturianas. Como vemos, un instrumento bastante popular en la Península. Y sabemos que ese instrumento cruzó el Atlántico y que hubo gaiteros en la expedición y conquista de México. ¿Se imaginan el momento del desfile de las tropas castellanas entrando en Tenochtitlán a los acordes siempre especiales, de un gaitero? Imagínenselo. Pues así fue.

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