El ego, la clave para que los famosos se abonen a las teorías de la conspiración | Fortuna

Provocó durante días un incendio en las redes sociales. Cuando el pasado 9 de junio, el cantante Miguel Bosé, con 30 millones de álbumes vendidos a sus espaldas, se metió en su cuenta de Twitter para explicar en un extenso hilo cuál es su parecer sobre la situación que están viviendo España y el mundo a causa del coronavirus, muy probablemente sabía que generaría, al menos, cierta controversia. No importó. Tuit tras tuit, el artista fue uniendo los puntos que conectan, a su juicio, al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con un oscuro plan tramado por el multimillonario Bill Gates. Este, aprovechando la situación de emergencia sanitaria, implantaría por medio de la vacuna en toda la población un microchip que, con la ayuda de la tecnología 5G, serviría para controlar las mentes de todo el mundo.

Pero la cuestión no quedó ahí. El pasado fin de semana, el propio Bosé, acompañado, entre otros, de la artista Ouka Leele, llamó a que Madrid se manifestara contra el uso obligatorio de las mascarillas en España, una medida implantada recientemente por las comunidades autónomas ante los rebrotes que se están dando ya en el país y recomendada por las autoridades sanitarias para evitar la expansión de un virus que se ha cobrado a nivel nacional la vida de más de 28.500 personas y se ha transmitido al menos a 343.000.

Miguel Bosé no es, ni mucho menos, el único personaje público que se ha convertido en altavoz de versiones alternativas al relato oficial. Desde los años 2000, actores como Tom Cruise o John Travolta se han convertido en algunos de los más importantes embajadores de la cienciología, un movimiento considerado secta en algunos países y religión en otros que plantea que las personas son seres espirituales e inmortales que deben recordar lo que han hecho mal en otras vidas para liberarse de las malas energías.

No faltan ejemplos de otros ámbitos. Hace tres años, el jugador de la NBA Kyrie Irving se preguntaba si de verdad la Tierra es redonda y si gira alrededor del Sol. Shaquille O’Neal, exjugador también de la mejor liga de baloncesto del mundo, salió un mes después a apoyar a Irving y poner en duda teorías sobre la esfericidad de la Tierra que datan, al menos, de varios siglos antes de Cristo: “Conduzco constantemente desde Florida hasta California y la Tierra, para mí, es plana. Voy en línea recta, no voy hacia arriba ni hacia abajo”.

Todos ellos tienen en común, afirman los expertos, una fuerte personalidad y grandes egos que les llevan a pensar que, donde los demás son engañados, ellos son capaces de llegar a la verdad. “El perfil psicológico de estas personas responde a un cierto narcisismo. Muchas veces, plantean teorías políticas y religiosas alternativas solo por el placer de ver que sus seguidores les apoyan de manera incondicional. Las críticas no les asustan, les estimulan, les permiten confrontar y manipular. Miguel Bosé sabía lo que iba a pasar cuando puso esos tuits”, explica María Hurtado, psicóloga de AGS Psicólogos. El también psicólogo Sabino Delgado, por su parte, distingue muy claramente entre políticos como el presidente de EE UU, Donald Trump, o su homólogo brasileño, Jair Bolsonaro, que han mantenido posturas negacionistas con respecto al coronavirus con afán electoral, y quienes de buena fe creen en estas teorías. El primero aseguró en enero tenerlo totalmente bajo control, y el segundo llegó a decir en marzo, cuando Brasil contaba ya casi con 3.000 infectados y cerca de 80 muertes, que el brasileño debía ser estudiado por la ciencia, ya que no estaba contrayendo el virus. En el mes de julio, el propio Bolsonaro tuvo que admitir que él también se había contagiado.

Un problema estructural

Las teorías alternativas han hallado en la era de la información el caldo de cultivo perfecto. Estrella Gualda y José Rúas, investigadores de la Universidad de Huelva y de Vigo, respectivamente, preguntaron recientemente a más de 1.000 personas si creían que el Gobierno les ocultaba información. El 68,1% de los encuestados respondió que, muy probablemente, en la versión oficial de los hechos no se les decía habitualmente toda la verdad. Esto redunda también en una sistemática desconfianza hacia la información que reciben a través de los medios de comunicación, bien sean estos tradicionales como la prensa en papel, la radio o la televisión, o bien sean digitales, como internet. “Resulta complicado imaginar estrategias efectivas para que pueda darse marcha atrás a la elevada tendencia a desconfiar de la información”, concluye el estudio.

Más de un tercio de los estadounidenses creen que el calentamiento global es un engaño, y más de la mitad creen que Lee Harvey Oswald no actuó solo en el asesinato de John F. Kennedy. Los motivos de que esto sea así, recuerdan los investigadores Karen M. Douglas, Robbie M. Sutton y Aleksandra Cichocka en su estudio The Psicology of Conspiracy Theories, tienen que ver con algo tan antiguo como el propio ser humano: dar una explicación manejable, sencilla y concreta a cuestiones complejas.

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