El drama financiero de las películas que arriesgan | Cultura

El pasado sábado, al recoger el Goya a la mejor película, Pedro Almodóvar pidió más apoyos para el cine arriesgado, el de directores y productores independientes que luchan por sacar adelante proyectos distintos y menos comerciales. En la alfombra roja previa, otros directores habían realizado la misma petición al ser preguntados por EL PAÍS sobre sus reivindicaciones para el nuevo Gobierno. El actor y director Edu Casanova, que realizó su primer largo, Pieles (2017), sin ayudas, y que ahora prepara el siguiente, La piedad, fue contundente: “Nuestras películas necesitan dinero público. Si no, desaparecerán”.

Las ayudas que concede el Ministerio de Cultura y Deporte a la producción cinematográfica se acercaron —sumadas todas— a los 40 millones de euros en 2018. En otros países europeos, Alemania repartió 150 millones de euros; en Italia un acuerdo parlamentario impide que el fondo baje de los 400 millones, y en Francia se superan los 700 millones de euros.

Si la situación parece precaria, en el cine más pequeño, realizado fuera del paraguas de los grandes conglomerados audiovisuales privados, se vive al límite. En 2018, en las ayudas selectivas que se destinan a esos trabajos, se dieron 8,5 millones de euros. En 2019, se mantuvo una cifra similar (8,4 millones de euros) para 41 producciones, entre largos de ficción, animación, documentales y experimentales. “Es evidente que, desde hace dos años, las ayudas selectivas han pasado a tener más peso del que tenían en ejercicios anteriores”, cuenta desde el festival de Róterdam Beatriz Navas, directora del ICAA (Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales), el organismo encargado de regular el cine en el Ministerio. “El objeto de estas ayudas es apoyar proyectos de productores independientes con un especial valor cinematográfico, cultural o social. Hasta ahora tenían destinado menos dinero, por un planteamiento que conviene revisar, pues se establecía un límite presupuestario para las películas que concursaban en estas ayudas de 1,8 millones de euros. Las condena a ser pequeñas producciones y las limita”.

Ahí está uno de sus principales problemas, como también subraya María Zamora, líder de la parte destinada a la producción de la empresa cinematográfica Avalon. En los últimos tres años, las películas que han recibido más puntos en las convocatorias de estas subvenciones pertenecen a Avalon: en 2017 fue Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet; en 2018, Libertad, de Clara Roquet, que actualmente se encuentra en fase de montaje, y en 2019 Alcarràs, el segundo largometraje de Carla Simón (Verano 1993), que llegó a 89,44 puntos sobre 100 en la valoración del proyecto.

A esa convocatoria se presentaron 253 solicitudes de 200 proyectos, y se dieron ayudas a 47 títulos. “Nos preparamos mucho las presentaciones, y todos nuestros proyectos tienen una televisión y distribución garantizada”, cuenta Zamora. “Alcarràs tiene un tamaño mayor que Verano 1993, pero las selectivas no nos dejan crecer. Recibimos el máximo posible, algo que agradecemos [475.000], y recurrimos a la coproducción internacional para poder salvar el problema de este mayor presupuesto”. La productora explica que la lucha actual se centra en que esas películas de tamaño intermedio no se pierdan entre “el gran presupuesto de las ayudas generales y estos filmes de debutantes o más experimentales”. Y acabas condenado “a esa tierra de nadie”.

Navas insiste en que, efectivamente, quieren “cambiar esta concepción”. Y, horas antes de que se hicieran públicos esas modificaciones del Real Decreto que desarrolla la Ley del Cine, afirmaba: “En cuanto a 2020, contemplamos aumentar considerablemente la dotación estas ayudas”.

Las selectivas nunca superan el 25% del presupuesto del proyecto y las conceden un comité que analiza y puntúa cada proyecto, según el reglamento de la Ley del Cine. “En Avalon cuidamos el cumplimiento de todos los puntos posibles”, cuenta la productora. “En el caso de Roquet y Simón logramos más puntos, cierto, por ser directoras, aunque tenían coguionistas masculinos. Y muchos equipos tienen jefas, es verdad, pero de forma orgánica, no buscada. Nunca hemos forzado esas situaciones”.

Y por ello, subraya la directora del ICAA, las ayudas nunca deberían faltar: “Las ayudas tienen el fin de afianzar una actividad continuada para consolidar y fortalecer el tejido que lo sustenta y para impulsar y sacar a la luz el talento de nuestros profesionales”. Tanto las generales, pensadas para apuntalar la industria, como esas selectivas, creadas para debutantes y filmes de interés cultural. “El cine es un sector con un gran potencial para el desarrollo de un país. La sociedad actual se encuentra imbuida en una cultura audiovisual, y el cine es una de sus manifestaciones esenciales. Amplía el conocimiento, genera empleos muy heterogéneos, saca provecho a todos los servicios que ofrecemos, participa del desarrollo de tecnología”, señala Navas.

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