El día de los farsantes

En 1966, un grupo de hombres valerosos que se jugaron mucho, incluso sus propias vidas, se encerraron en los Capuchinos del barrio de Sarriá de Barcelona para reclamar democracia. Asistieron más de 500 profesores, estudiantes e intelectuales, entre los que destacaron los poetas Salvador Espriu, José Agustín Goytisolo y Pere Quart, el arquitecto Oriol Bohigas, los pintores Antoni Tàpies y Albert Ràfols-Casamada, y los políticos Raimon Obiols, Jordi Solé Tura y Josep Maria Trias de Bes. Equivocados o no, estos hombres se expusieron a ser detenidos y torturados como efectivamente pasó cuando la policía asaltó el convento y el comisario Juan Creix se encargó de interrogarlos. «Creix però no et multipliquis», le espetó Pere Quart al siniestro comisario. El independentismo volvió ayer a banalizar otro sufrimiento, demostrando no sólo su desfachatez y sinvergonzonería sino su fraude, su farsa, su pantomima. Personajes que no eran nadie, mindundis de tercera y cuarta fila, pretendieron emular a los que hace más de 50 años se jugaron el tipo por intentar hacer algo en favor de su libertad y la de los demás. La colección de nulidades que acudieron al convento -cuatro gatos- se burlaron con su folclore del dolor que experimentaron sus predecesores e igualmente humillaron con su comedia del ayuno de 24 horas a los que a lo largo de la Historia han dado su vida dejando de comer hasta la muerte para luchar por aquello en lo que creían. El independentismo ha banalizado el derecho a decidir pretendiendo que el 47% es la mayoría; la democracia, desvinculándola de la Ley; su propia independencia, marchándose de fin de semana tras proclamarla, y entregándose o fugándose luego, siempre sin dar la cara, siempre sin pagar el precio, siempre sin luchar. Lo último que han banalizado es la huelga de hambre, rebajándola a dieta detox, y la «Caputxinada», convirtiéndola en una patética fiesta de pijamas con su correspondiente postureo en Twitter e Instagram. Pretenden denunciar a las instituciones españolas, pero es tal el ridículo que hacen que sólo ellos quedan como unos vendedores de pócimas, y al lado de tan grotescos charlatanes cualquier imperfección institucional parece perdonable. Más o menos lo mismo que Torra, acudiendo ni más ni menos que a Eslovenia para que al fin un jefe de Estado reciba al presidente de la Generalitat tras el 1 de octubre. Más folclore, más intrascendencia, más sensación de que el náufrago apenas da ya brazadas. Aunque los independentistas no quieran ser despertados, algunos para seguir cobrando del tinglado y otros para que su vida no vuelva a quedarse sin propósito ni sentido, la derrota ha sido inapelable, cada vez es más cruel consigo mismo la siguiente payasada que hacen y de tanta mediocridad no podrá salvarlos ni un Pedro Sánchez que, a cambio de sus votos, vendería a su madre.

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