‘El consentimiento’, de Vanessa Springora: La niña, su familia y el pederasta | Babelia

Prólogo

Los cuentos infantiles son una fuente de sabiduría. Si no, ¿por qué pasarían de una época a otra? Cenicienta intentará marcharse del baile antes de la medianoche; Caperucita Roja desconfiará del lobo y de su voz cautivadora; la Bella Durmiente evitará acercar el dedo a ese huso que la atrae de forma irresistible; Blancanieves se mantendrá alejada de los cazadores y en ningún caso morderá la manzana, tan roja y apetitosa, que el destino le tiende…

Advertencias que cualquier joven haría bien en seguir al pie de la letra.

Uno de los primeros libros que tuve fue una antología de cuentos de los hermanos Grimm. Lo leí hasta la saciedad, al punto de que las costuras se deshilachaban bajo la gruesa cubierta de cartón, y las páginas acabaron desprendiéndose una a una. Perderlo me provocó un dolor inconsolable. Aun- que aquellos maravillosos cuentos me hablaban de leyendas eternas, los libros no eran más que objetos mortales, destinados a perecer.

Antes incluso de saber leer y escribir, me fabricaba libros con todo lo que caía en mis manos: periódicos, revistas, cartón, cinta adhesiva y cordel. Lo más sólidos posible. Primero el objeto. El interés por el contenido llegaría después.

Hoy los observo con desconfianza. Entre ellos y yo se ha alzado una pared de vidrio. Sé que pueden ser venenosos. Sé que lo que encierran en sí puede ser tóxico.

Llevo muchos años dando vueltas en mi jaula, albergando sueños de asesinato y venganza. Hasta el día en que la solución se presenta ante mis ojos como una evidencia: atrapar al cazador en su propia trampa, encerrarlo en un libro.

1. La niña

Nuestra sabiduría empieza donde termina la del autor. Nos gustaría que nos diera respuestas, cuando lo único que puede hacer es darnos deseos. (Marcel Proust, ‘Sobre la lectura’)

Estoy en los albores de mi vida, virgen de toda experiencia, me llamo V., y a mis cinco años espero el amor.

Los padres son una muralla para sus hijas. El mío solo es una corriente de aire. Más que una presencia física, recuerdo el aroma a vetiver que impregna el cuarto de baño por la mañana; objetos masculinos aquí y allá; una corbata; un reloj de pulsera; una camisa; un mechero Dupont; una manera de sujetar el cigarrillo, entre el índice y el corazón, bastante lejos del filtro; una forma de hablar siempre irónica, tanto que nunca sé si bromea o no. Se marcha temprano y vuelve tarde. Es un hombre ocupado. Y también muy elegante. Sus actividades profesionales cambian demasiado deprisa para que llegue a entender en qué consisten. En la escuela, cuando me preguntan por su profesión, soy incapaz de contestar, aunque obviamente, dado que el mundo exterior lo atrae más que la vida doméstica, es una persona importante. Al menos es lo que imagino. Sus trajes siempre están impecables.

Mi madre me concibió a la temprana edad de veinte años. Es guapa, con el pelo de un rubio escandinavo, la cara dulce, los ojos azul claro, una figura esbelta con curvas femeninas y una bonita voz. Mi adoración por ella no tiene límites. Es mi sol y mi alegría.

Mis padres hacen buena pareja, mi abuela suele repetirlo aludiendo a sus físicos de cine. Deberíamos ser felices, pero los recuerdos de nuestra vida en común, en el piso en el que vivo brevemente la ilusión de una familia unida, son una auténtica pesadilla.

Por las noches, escondida debajo de las mantas, oigo a mi padre gritar y llamar a mi madre «guarra» o «puta» sin entender el motivo. A la menor ocasión, por un detalle, una mirada o una simple palabra «fuera de lugar», le da un ataque de celos. En cuestión de segundos las paredes empiezan a temblar, los platos vuelan y oigo portazos. Es un maníaco obsesivo que no tolera que movamos un objeto sin su consentimiento. Un día casi estrangula a mi madre porque ha derramado un vaso de vino en un mantel blanco que acaba de regalarle. La frecuencia de estas escenas no tarda en acelerarse. Es una máquina desencadenada y ya nadie puede detenerla. Ahora mis padres se pasan horas lanzándose a la cara los peores insultos. Hasta muy tarde, cuando mi madre viene a refugiarse a mi habitación y solloza en silencio, acurrucada contra mí en mi pequeña cama infantil, y luego se dirige sola a la cama de matrimonio. Al día siguiente vuelvo a ver a mi padre durmiendo en el sofá del salón. Mi madre ha agotado todos sus cartuchos contra esa rabia incontenible y esos caprichos de niño mimado. Para la locura de este hombre, del que dicen que tiene carácter, no hay remedio. Su matrimonio es una guerra sin fin, una carnicería cuyo origen todo el mundo ha olvidado. El conflicto se resolverá pronto unilateralmente. Es solo cuestión de semanas.

Sin embargo, esos dos deben de haberse querido alguna vez. Su sexualidad, al fondo de un pasillo interminable, oculta por la puerta de un dormitorio, me parece un punto ciego en el que acecha un monstruo, omnipresente (los ataques de celos de mi padre lo demuestran a diario) pero absolutamen- te incomprensible (no recuerdo el más mínimo abrazo, el más mínimo beso o el más ínfimo gesto de ternura entre mis padres).

Lo que ya en este momento busco por encima de todo, sin saberlo, es descifrar el misterio que logra reunir a dos personas detrás de la puerta cerrada de un dormitorio, lo que sucede entre ellos. Como en los cuentos infantiles, en los que lo maravilloso irrumpe de repente en lo real, en mi imaginación la sexualidad es un proceso mágico del que nacen milagrosamente los bebés y que puede surgir de forma inesperada en la vida diaria, en formas a menudo indescifrables. El contacto, tanto provocado como accidental, con esa fuerza enigmática suscita muy pronto en la niña que soy una curiosidad persistente, y aterrorizada.

En varias ocasiones me presento en la habitación de mis padres, en plena noche, y me quedo en el marco de la puerta llorando o quejándome de que me duele la barriga o la cabeza, probablemente con el objetivo inconsciente de interrumpir su retozo y pillarlos con la sábana hasta la barbilla y con expresión idiota, extrañamente culpable. De la imagen anterior, la de sus cuerpos entrelazados, no me ha quedado rastro. Como si se me hubiera borrado de la memoria.

La directora de la escuela llama un día a mis padres. Mi padre no va a verla. Es mi madre la que escucha, preocupada, el relato de mi vida diurna.

—Su hija se cae de sueño. Parece que no duerme por las noches. He tenido que pedir que le montaran un camastro al fondo de la clase. ¿Qué sucede? Me ha hablado de discusiones muy violentas entre su padre y usted por las noches. Además, una bedel me comentó que V. solía meterse en el baño de los niños a la hora del recreo. Le pregunté a V. qué estaba haciendo. Me contestó con toda naturalidad: «Es para ayudar a David a hacer pipí de pie. Le sujeto el pito». Acaban de circuncidar a David y debía de tener dificultades para… apuntar. No se preocupe, a los cinco años este tipo de juegos son muy normales. Solo quería que estuviera informada.

Un día, mi madre toma una decisión irrevocable. Aprovechando mi estancia en un campamento de verano, que planificó en secreto para llevar a cabo nuestra mudanza, deja a mi padre para siempre. Es el verano antes de empezar la primaria. Por las noches, una monitora, sentada en el borde de mi cama, me lee las cartas en las que mi madre me describe nuestro nuevo piso, mi nueva habitación, mi nueva escuela y mi nuevo barrio; en definitiva, la nueva disposición de la que será nuestra nueva vida cuando yo llegue a París. Desde lo más profundo del campo al que me ha mandado, entre los gritos de niños que se han asilvestrado en ausencia de sus padres, todo eso me parece muy abstracto. A la monitora se le humedecen muchas veces los ojos y se le quiebra la voz mientras me lee en voz alta esas cartas de mi madre falsamente alegres. Tras ese ritual nocturno, de vez en cuando sufro sonambulismo y me encuentran bajando la escalera de espaldas en dirección a la puerta de salida.

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