«El cascanueces», bello sin alma

Existe, en las artes escénicas, una imperceptible línea que separa lo correcto de lo excelente, lo admirable de lo emocionante. «El cascanueces» que presenta la Compañía Nacional de Danza estos días en el Teatro Real no atraviesa esa frontera. Se trata, sin duda, de un muy bello y notable trabajo, bailado con categoría y presentado con calidad, pero que no llega, especialmente el segundo acto, a pellizcar el alma.

A José Carlos Martínez, director de la Compañía Nacional de Danza, hay que agradecerle, y mucho, el trabajo que ha desarrollado en los últimos años, transformando lo que era una magnífica compañía de autor (bajo la dirección de Nacho Duato) en un notable Ballet, capaz de encarar con algo más que dignidad grandes clásicos (como demostró en «Don Quijote» y como ocurre en «El cascanueces») y seguir frecuentando el repertorio contemporáneo. Es de desear que quien suceda a Martínez (el Ministerio de Cultura no tiene previsto prorrogar su contrato, que expira en agosto de 2019) siga la línea de eclecticismo y diversidad que ha trazado el ex bailarín del Ballet de la Ópera de París.

«El cascanueces», uno de los tres grandes ballets compuestos por Piotr Illich Chaikovski, es uno de los títulos más populares del repertorio clásico. Posee una partitura deslumbrante, con momentos de un lirismo arrebatador -la escena tras la batalla de los ratones, el vals de las flores- y otros chispeantes -las danzas rusa y española-, pero en todo momento inspirada. Basada en un relato de E. T. Hoffman, narra un cuento lleno de fantasía, naïf, colorista y luminoso, aunque varios coreógrafos lo han inclinado hacia el psicologismo, siempre con el intrigante personaje de Drosselmeyer como base.

Martínez, aunque ha asegurado que está a medio camino entre estas dos opciones, se escora más hacia la primera; lo convierte en un mago y buena parte de la acción está solo en los sueños de Clara, la protagonista. La acción se desarrolla con fluidez en el primer acto, aunque el segundo -una sucesión de danzas de carácter- queda algo atropellado, deslavazado, sin un cosido dramático que le otorgue relieve a cada intervención. Eso, la falta de relieve, de la que también adolece el foso, es lo que hace que este «Cascanueces» deje cierta sensación de frialdad. Está bien bailado -brillan, especialmente, Cristina Casa, deliciosa bailarina, y Alessandro Riga-, bien armado -aunque la hábil escenografía de la siempre sobresaliente Monica Boromello no alcance siempre la fantasía que pide el cuento-, bien vestido y bien contado. Pero algo le falta. Y posiblemente sea alma.

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