El buen periodismo requiere independencia

El periodismo se recrea en sus propios mitos. Las complejidades, miserias, tácticas y escaramuzas diarias que supone dirigir un medio de comunicación desaparecen ante una gesta brillante como pudo ser la de Ben Bradlee al frente del Washington Post con el caso Watergate o la de Juan Luis Cebrián al frente de EL PAÍS en el 23-F. Por eso resulta un hallazgo esclarecedor la publicación del libro The Powerful and The Damned: Private Diaries in Turbulent Times (los poderosos y los condenados: diarios privados en tiempos turbulentos, Penguin Books, todavía no publicado en español), del periodista Lionel Barber, quien durante 15 años (2005-2020) dirigió un icono de la globalización como es el Financial Times. No hay concepto más reconfortante, y simplón, que el de la prensa como último bastión contra “los poderosos”. Pero, ¿quiénes son esos poderosos? ¿La clase política, cada vez más apabullada ante un mundo que la desborda? ¿Las grandes multinacionales o los gigantes financieros? ¿Las redes sociales, que han arrebatado a los medios su función de guardianes de la puerta y aireado cruelmente sus incongruencias y carencias?

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