“El año 1992 marca nuestro presente” | Babelia

A 1992 habría que bautizarlo como el año espejismo. Tras la bruma de gloria de la Expo 92, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la inauguración del AVE se ocultaban problemas sociales, políticos y económicos. “Ahora se nos olvida que salían las Mama Chicho en Telecinco, con Jesús Gil en su jacuzzi”, apunta Pilar Palomero. “O que ardió el Parlamento murciano”, tras sufrir Cartagena una brutal reconversión industrial, subraya Luis López Carrasco. Ambos directores vivieron el salto de la infancia a la adolescencia durante aquella orgía de españolidad triunfante, y los dos han situado sus nuevas películas en aquel 1992. Palomero (Zaragoza, 1980) usa Las niñas para, desde lo casi anecdótico —la desazón de una niña sin padre en un colegio religioso—, retratar un tiempo histórico que aún bullía en la represión y la estigmatización. López Carrasco (Murcia, 1981) realiza el viaje contrario con El año del descubrimiento: del incendio del Parlamento baja a observar a quienes vivieron aquellos meses de protestas y quebranto social.

En esos dos caminos, sus vidas se vuelven a cruzar: los dos creadores se conocieron en las aulas de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid, y antes de conversar una calurosa mañana madrileña se intercambian enlaces para ver sus respectivas películas. Las dos están haciendo un brillante recorrido festivalero (Palomero se sienta recién llegada del certamen de Málaga, tras estrenar su drama en la Berlinale) antes de alcanzar las salas comerciales. Las niñas se estrena el 4 de septiembre, convertida en la gran aspirante al Goya a mejor dirección novel. El año del descubrimientollegará a las salas el 13 de noviembre, tras su proyección en el festival de cine europeo de Sevilla, aunque su camino arrancó en Róterdam en enero y ya lleva cuatro premios en tres certámenes mundiales. Ambos títulos prometen convertirse en dos de las máximas revelaciones del otoño cultural más incierto. La charla entre sus directores arrancó con su pasado.

Luis López Carrasco. Yo hice Dirección, y me hubiera gustado haber estudiado algo más técnico. La ECAM de 2003 no tenía nada que ver con la actual. Entonces se entraba directamente en la especialidad y los profesores habían idealizado la Escuela Oficial de Cine del franquismo, que daba una imagen muy gremial. Recuerdo las clases de análisis fílmico de Javier Rebollo, que eran impresionantes. A cambio, de esa teoría cambiaron mis intereses: el primer año hice un corto de ficción, durante el tercero ya rodé uno documental que mezclaba formatos.

P. P. Mi camino hasta aquí ha sido largo, y ahora las circunstancias complican el estreno aún más. Pero es lo que hay, todo es incertidumbre ahora mismo y tampoco sabes lo que ocurrirá la semana que viene por culpa de la pandemia.

L. L. C. Es cierto, hay un momento en que ya no puedes pensar en la covid-19, y sí en continuar tu trabajo. Para bien o para mal, esta crisis supone un terremoto en la industria que cambia la forma de consumir. Ha acelerado algo que se intuía.

P. P. Yo espero que aún queden sitios donde vivir la experiencia de ver una película en una sala.

L. L. C.  Y como sector, tenemos cierta suerte. Fíjate en los músicos, las artes escénicas… También es momento de reivindicar proyecciones en espacios públicos, y pedir más actividad a las autoridades municipales.

P. P.  Falta mucha reflexión en España. Olvidamos, no pensamos… Eso ocurre con 1992. Ahí nació el germen de mi película: las cosas surrealistas que aún pasaban en España, y que nos parecen increíbles: las discotecas, las niñas a las que se les mete mano en la calle sin complejos, la educación represora o aquella televisión. ¿Parecen anacrónicas? Puede, pero de ellas hay ecos en el presente. Recuerdo, Luis, que nos cruzamos en el Berlinale Talents [un programa del festival que acompaña a jóvenes talentos] de 2017, y descubrimos que nuestras películas se desarrollaban el mismo año.

L. L. C. Yo pensaba que tu película se basaba en experiencias personales tuyas…

P. P.  No en las familiares, pero sí el contexto en que transcurre la historia. No hay nada inventado: son experiencias que he vivido, que conozco o que me han contado. Aún conservo mis cuadernos de religión con dibujos de “Jesús es la verdad” y recuerdos de mis amigas y yo imitando a las Mama Chicho en el patio del colegio.

L. L. C. En mi caso, mi película nace de la anterior, El futuro, que se desarrollaba en los ochenta. Porque incluso haciéndola, aunque la película no sea indulgente ni idealice esa época, me preguntaba hasta qué punto, cuando reduces los ochenta a la imagen consagrada de celebración y juventud, no estás consagrando ese mito. Incluso si lo criticas. Es curioso cómo el cine de los ochenta transmite una idea de sociedad que está desvinculada de la realidad. Eso me llevó a la reconversión industrial para hablar de los ochenta, y salieron miles de acontecimientos que nos descubren una década convulsa. Así llegué a mi revelación: recordé de niño ver en el telediario el Parlamento autonómico en llamas. Y cuando pregunté a mi familia murciana, no a la cartagenera, ninguno se acordaba. Ese desconocimiento me llevó a hacer la película, a mostrar cómo una ciudad lucha contra el colapso de sus industrias, cómo se convocan protestas y manifestaciones casi diarias durante cuatro meses, cómo estalla una solidaridad de la clase obrera nacida en el franquismo cuando las comunidades autónomas luchan por quedarse con los restos industriales. Y remata con mucho del prestigio de los sindicatos.

P. P.  Es que aquel 1992 aún marca nuestro presente. Tú hablas del futuro del trabajo, yo de la educación, y de cómo está hoy. Hay un movimiento regresivo que pide el retorno de aquellos colegios. Sin embargo, Internet y las redes sociales son determinantes, han cambiado el contexto, matando la inocencia de la sociedad, la ingenuidad infantil. Se acabaron las leyendas urbanas y el secretismo. Atravesamos la era de la exposición pública.

L. L. C. Me gusta cómo recreas esa atmósfera, que en la primera parte es claustrofóbica, o, por ejemplo, las entradas al cole a las nueve de la mañana…

P. P. Tuvimos enorme cuidado con la ambientación. Incluso encontramos un piso que se había quedado varado en esa época: en el frigorífico aparecieron botellines de cerveza de 1992, en las habitaciones, pósteres de Superpop. Yo he usado un formato de cuatro tercios, que nos retrotrae al recuadro de la tele. Tú te la has jugado con la pantalla partida…

L. L. C. La doble pantalla surgió durante el montaje, y se le ocurrió al auxiliar del montador. Rodamos con dos cámaras a la vez, y él nos enseñó las tomas parejas y sincronizadas. De repente, la experiencia del espacio creció. Y el segundo bloque, el de los históricos conversando, ganaba al ver cómo se escuchan. Fue un acierto, y a la vez un infierno de montaje, porque, en las charlas del bar, la doble pantalla no recoge los mismos momentos. Rodé con 45 personajes durante nueve días, porque quería dibujar un mundo en ese local, una burbuja que absorbiera al público y que también le desubicara. Me costó mucho documentarme, leí tesis y artículos académicos, porque el propio relato de la reconversión industrial en Cartagena está escondido. Por suerte, Raúl Liarte, el coguionista, es hijo de un trabajador de Navantia, y creció en el barrio vinculado al astillero. Fuimos haciendo casting con quienes aparecen en la primera parte entre gente de la ciudad, y los históricos, que al principio no tenían muy claro si salir, nos apoyaron cuando el proyecto se tambaleó. En todo caso, creo que sirve como homenaje a gente que no está retratada en el cine español de los ochenta y noventa, cuando se hicieron películas con discursos en los que muchos no nos vimos reflejados.

P. P.  Las niñas es una lucha por que el espectador, y España en general, piense de dónde viene y qué ha olvidado por el camino.

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