El activismo taurino del senador Juan Antonio Arévalo cumple 30 años | Blog El toro, por los cuernos

Juan Antonio Arévalo (Valladolid, 1935), senador entonces del PSOE y principal impulsor de la ley taurina de 1991 que el pasado día 5 cumplió 30 años, escribía en este periódico en mayo de 1984: “La fiesta de los toros se defiende sola cuando es auténtica, pero no hay quien la defienda dignamente cuando es falsa”.

Arévalo ha sido toda su vida un apasionado de la política y del mundo del toro; y lo sigue siendo hoy a sus 85 años desde su ciudad natal, aunque mermada su vitalidad por una salud quebradiza.

“Y yo no entiendo”, proseguía, “cómo hoy puede haber alguien que, presumiendo de aficionado, defienda la disminución de la verdad de la fiesta y, hasta con pasión, defienda que es mejor silenciar los vicios, si no es que hay que apoyarlos”.

Arévalo fue un reconocido, respetado, y también criticado, activista taurino en la Cámara alta durante los veinte años —desde 1979 a 2000— que representó a su provincia.

Como presidente de la Comisión Legislativa de Presidencia del Gobierno e Interior del Senado puso en marcha en mayo de 1983 una investigación sobre el estado de los toros en todos sus estamentos, una iniciativa sin precedentes ni en el espectáculo taurino ni en la historia parlamentaria española, y que fue aprobada por todos los grupos políticos. Esta auditoría, en la que participaron toreros, ganaderos, empresarios, aficionados, representantes de la autoridad y periodistas fue la antesala de la Ley de 5 de abril de 1991 de Potestades Administrativas sobre espectáculos taurinos, el primer intento serio de defender la integridad de los espectáculos y luchar contra el fraude.

Juan Manuel Albendea, quien pocos años después tomó el testigo de Arévalo como diputado del PP en el Congreso y ha sido la voz de la fiesta durante cinco legislaturas, destacó entonces los tres aspectos fundamentales de la ley: “Es la primera vez en la historia de España que se regula por vía legislativa la materia taurina”, escribió; “el segundo aspecto a destacar es el reconocimiento explícito de que la fiesta de los toros constituye una manifestación de nuestra cultura tradicional, y el tercero es el restablecimiento del principio de legalidad en materia de faltas y sanciones, conforme corresponde a un Estado democrático”. “La fiesta ha dado un paso al frente muy importante con esta ley y los aficionados estamos de enhorabuena”, concluía.

Y el impulsor de aquella feliz iniciativa había sido Juan Antonio Arévalo, exigente aficionado a los toros desde su infancia, y un defensor a ultranza de la pureza de la fiesta. Él mismo recordó en distintas ocasiones que el principio fundamental de la ley residía en el artículo 8: “Los espectadores tienen derecho a recibir el espectáculo en su integridad”, y escribió entonces que “los males de la fiesta no han nacido por generación espontánea, sino que hay culpables que no son precisamente los aficionados”, lo que le acarreó no pocas enemistades entre los taurinos.

Arévalo contó, no obstante, con el apoyo de políticos, aficionados y periodistas comprometidos con la fiesta; tal es el caso de Joaquín Vidal, crítico taurino entonces de EL PAÍS, con quien mantuvo una estrecha amistad, quien dijo de él que era “uno de los pocos políticos que trabaja para conseguir la dignificación de las corridas de toros, la autenticidad de la lidia en todos sus tercios y la limpieza del espectáculo de corruptelas”.

Arévalo, por su parte, definió al periodista como “una persona formal, a quien se le podía comprar un coche usado; ser su amigo era una de las mejores cosas que podían pasarle a uno en este mundo”.

A pesar del tiempo transcurrido —el senador se retiró en el año 2000—, el político y aficionado es recordado por quienes lo trataron como “un señor, un castellano culto, serio, austero y muy comprometido socialmente”.

De esta opinión es su amigo Juan José Laborda, presidente del Senado entre 1989 y 1996, quien lo define como una persona muy implicada con los toros y la política, que fue secretario general del PSOE de Castilla y León “y que pudo haber sido presidente de la comunidad autónoma si no hubiera dimitido antes de que se eligiera el candidato socialista”. “Juan Antonio sostenía que ser aficionado es una manera de vivir, una estética, que nada tiene que ver con el concepto de nación”, prosigue Laborda. “De ahí, que rechazara el apelativo de «fiesta nacional» por su matiz político tradicional y franquista”.

Juana García Estebaranz, prestigiosa aficionada, miembro de la Asociación de Abonados de Madrid, recuerda a Arévalo como “lo más decente que había en los toros en aquella época”. Ella formó parte del grupo de aficionados con los que el senador contactó para conocer su opinión sobre la fiesta. “Me encontré con un hombre muy íntegro”, prosigue, “que dio la cara por los toros cuando nadie la daba, y creía firmemente en lo que hacía”.

Jesús Quijano, catedrático de Derecho Mercantil, y también exsecretario general socialista de Castilla y León, amigo personal y compañero de militancia política de Arévalo, lo define como “una persona enormemente seria, rigurosa y firme en sus convicciones”. “Juan Antonio no tuvo interés en ser candidato a la presidencia de la comunidad, pero trabajó incansablemente en una situación política complicada como fue el inicio del estado autonómico”, termina.

Su compromiso con la regeneración del mundo de los toros desde el Senado convirtió a Juan Antonio Arévalo en un personaje popular en los ambientes taurinos, tan enraizados en la sociedad española en aquellos años.

Así, en 1995, el Círculo Taurino Universitario Luis Mazzantini inauguró sus premios anuales con un homenaje al senador por su encendida defensa de la fiesta; y el próximo 27 de abril, su presidente, Javier López-Galiacho, lo recordará en una conferencia en el Colegio de Abogados de Madrid sobre el aniversario de la ley taurina de 1991.

En 2010, 10 años después de su jubilación, Arévalo intervino en la inauguración del Curso de Experto Universitario en Dirección de Espectáculos Taurinos de la UNED, y volvió a reincidir en sus principios taurinos.

“Hay que recuperar el interés por la fiesta”, dijo, y para ello planteó tres propuestas: cumplir y hacer cumplir la ley, recuperar la casta y la emoción de toro y aportar imaginación al espectáculo.

“La fiesta está en decadencia y no es por casualidad; los que mandan en el espectáculo no lo han hecho bien. Han sido muchos años en los que se ha recortado la casta, se han manipulado las astas y se ha suavizado el comportamiento del toro. ¿Qué se puede esperar? Pues que el público se aburra y el aficionado desista”, apostillaba Arévalo.

Ahora, retirado totalmente de la vida pública, pasa sus días en Valladolid, desde donde Blanca, una de sus cuatro hijas, pide que se le recuerde como era: “Una persona honesta y cabal, muy inteligente, lúcida y brillante”.

“Mi padre ha sido siempre un hombre muy comprometido social y políticamente”, continúa Blanca, “y con esa ilusión afrontó la ley taurina, convencido de que ayudaría a preservar la esencia y la verdad de la fiesta de los toros”.

“Aficionado muy torista”, según su hija, “se volcó en la regeneración de la fiesta, lo que le llevó a graves enfrentamientos con muchas personas, y también a encontrar grandes amigos”.

Entre estos últimos, Blanca Arévalo destaca a Joaquín Vidal, por quien su padre «tenía adoración”, y a Antoñete, “al que consideraba el alma de la fiesta”.

“Mi padre vivió la fiesta de los toros desde la pasión y el profundo conocimiento que tenía sobre ella”, termina su hija.

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