Educación online, una ayuda antes que toda la solución | Fortuna

Antes que disipar dudas, las últimas informaciones llegadas desde el Ministerio de Educación y las Consejerías encargadas de organizar la vuelta a las aulas en septiembre han aumentado el desconcierto entre padres, docentes y alumnos, las tres patas sobre las que se asienta la comunidad educativa.

El pasado jueves, el Gobierno alcanzó un acuerdo con casi todas las comunidades autónomas para que las mascarillas sean obligatorias, al menos, entre los seis y los 14 años, lo que deja en el aire la cuestión de qué sucede con los alumnos de más edad, pues en España la educación es obligatoria hasta los 16. Hubo regiones como Galicia y Cantabria que, además, plantearon ya extender esta medida, pero no entre los mayores, sino entre los más pequeños, es decir, obligar a llevar siempre puesta la mascarilla a alumnos de entre tres a seis años, algo que docentes y expertos tildan de poco realista. No fue la única polémica. Han sido también objeto de debate directrices como el mantenimiento de los comedores escolares, lugares donde los jóvenes se ven obligados a hablar muy alto para comunicarse y que pueden suponer un gran foco de infección, o los criterios bajo los que se van a crear y mantener los denominados grupos burbuja –grupos estables de alumnos que permanecen siempre en los mismos espacios para evitar la expansión masiva del virus– en horas como el recreo o en cursos como 3ª y 4ª de la ESO, edades en las que las clases se dividen y se unifican constantemente a lo largo de la jornada escolar en función de los itinerarios de asignaturas escogidos por los estudiantes. Todo, con el fantasma del coronavirus planeando sobre el inicio del curso y el miedo a que la vuelta a las aulas suponga un repunte de la pandemia que obligue a cerrar de nuevo los centros. Si eso sucede, la pregunta que muchos se hacen es si en España la escuela está preparada para pasar de nuevo a un modelo que volvería a ser esencialmente a distancia.

Mientras los expertos indican que el camino hacia el futuro está en un modelo híbrido que combine las ventajas de la presencialidad y la educación online, los últimos datos que han llegado sobre esta última no resultan nada halagüeños. El informe ¿Estás listo para el e-learning? de la plataforma de aprendizaje en línea Preply sitúa a España a la cola de los países de la OCDE, en el 24º lugar, en cuanto a la disponibilidad que hay en el país para acceder a la enseñanza a distancia. Esto, a pesar de contar con el quinto internet más rápido, una buena noticia que palidece ante el hecho de que solo el 78,4% de la población dispone de ordenadores en casa, según el documento Access to computers from home, publicado por la propia OCDE. Se trata de un porcentaje que en Noruega, por ejemplo, alcanza casi el 95%. A estas dificultades cabe añadir otras que se han puesto de manifiesto especialmente durante los meses de la pandemia.

La brecha era la familia

Tras años de discusión en torno a la brecha digital entre los alumnos, es decir, a la distinta capacidad de escolares con recursos y sin ellos de acceder a dispositivos digitales, los expertos en educación apuntan a que lo más decisivo durante los meses de confinamiento ha sido el capital cultural de la familia, es decir, la capacidad que estas tienen de acompañar por sí mismas al estudiante. “Son los alumnos cuyas familias tienen menos posibilidades los que más necesitan que la escuela esté abierta y que cuente con cierto personal para acompañar a quienes vayan”, explica al respecto Mariano Fernández-Enguita, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense y director del Instituto Nacional de Administración Pública, que desde hace años maneja este concepto.

Es en estos casos, opina César Coll, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Barcelona, donde la escuela debe actuar con más decisión. “Las instituciones educativas no deben ser el lugar donde se aprende, sino el sitio donde se fomenta aprender. Para esto tienen que valerse de los recursos comunitarios, de bibliotecas, museos y centros culturales, y trabajar con ellos en un plan integral y en un proyecto educativo de zona que dé oportunidades de aprender a todos y corrija estas desigualdades”, explica.

Mientras estas soluciones llegan, los primeros que no lo ven del todo claro son los propios estudiantes. “El sistema educativo no está preparado para manejarse exclusivamente a distancia. Incluso en la educación universitaria, donde es más fácil implantar este modelo, se están cancelando cursos de posgrado porque la gente no quiere pagar ciertas cantidades a cambio de que les manden cuatro vídeos”, explica Miguel Vargas-Rodríguez, responsable de Educación Formal y Salud Integral del Consejo de la Juventud en España. Existe, explica Vargas-Rodríguez, una confusión generalizada que ha llevado a los responsables educativos a asociar a los jóvenes con un dominio absoluto de las nuevas tecnologías. No es así. “Sí, a las nuevas generaciones nos dan cualquier tipo de dispositivo y rápidamente nos ponemos a trastear con él, pero eso no significa que automáticamente sepamos sacarle todo el partido. Los software educativos exigen una reflexión ante la pantalla sobre qué se puede hacer a la que no estamos acostumbrados”, explica Vargas-Rodríguez.

Romper con el aula

Los problemas no acaban ahí. Para Álvaro Marchesi, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación por la Universidad Complutense de Madrid, la principal dificultad que presenta la falta de educación presencial es la pérdida de aprendizaje en el mundo real, en entornos inmersivos donde se pueda dar un aprendizaje cooperativo: “La gran pérdida este último curso han sido todas las sesiones que no se han podido llevar a cabo en excursiones al campo, laboratorios, empresas, e incluso en el propio ámbito escolar”. Las reflexiones de los profesores sobre lo que sucede en tiempo real, explica Marchesi, son fundamentales para el proceso de enseñanza, pues contribuyen aportando lecciones significativas. “Hemos perdido la improvisación y el afecto directo sobre los alumnos”, subraya el experto.

A falta de estudios que permitan extraer conclusiones más claras sobre lo que ha sucedido los últimos meses, para Elena Martín, catedrática en Psicología Evolutiva y de la Educación por la Universidad Autónoma de Madrid, la calidad de la enseñanza reglada obligatoria tiene que ver principalmente con la capacidad de los profesores de ajustarse a lo que necesitan los aprendices. Hacer esto a distancia, explica, supone invertir mucho más tiempo, lo que hace imprescindibles horarios para los docentes mucho más amplios o, como mínimo, plantea la necesidad de repensar el modo de organizar la escuela. “La pandemia ha sido un laboratorio natural y ha demostrado que las ideas que se venían sosteniendo sobre romper la lógica del aula y la hora lectiva eran necesarias. Los centros deben pensar ahora bajo una nueva gramática”, resume Martín.

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