Donde se rozan los cielos

Año tras año, y van treinta y cuatro, puntual con su cita a principios de primavera, coincidiendo con el nacimiento de Friedrich Hölderlin, santo y seña de la editorial, el premio Hiperión nos trae lo mejor de la nueva poesía en español. Es cierto que, como señalan algunos detractores, los autores galardonados no tienen la repercusión mediática que tuvieron en las primeras ediciones, caso de Luisa Castro o Almudena Guzmán en la convocatoria inicial, pero eso no se debe a un descenso en la calidad de las obras premiadas, sino al totum revolutum en el que se ha convertido el panorama lírico, ante el que no sabe uno a qué atenerse. Por poner un ejemplo, este mismo verano un curso del Escorial centrado en la poesía, con lo que eran hace años, dirigido para más inri por Joaquín Pérez Azaústre, se ha dedicado en parte a la para, sub e infra poesía. Pues bien, en esta edición se ha premiado ex aequo a Carlos Catena, joven jienense prometedor, en ciernes, con un libro, Los días hábiles, duro, sobre todo con la situación laboral de la juventud emigrante, en cuanto al contenido y arriesgado, con similar acierto, en lo formal y a la salmantina, un poco mayor y con hechuras de poeta cuajada, Maribel Andrés Llamero (1984), con un único libro publicado con anterioridad, La lentitud del liberto, también muy interesante en otro orden de cosas, por Autobús de Fermoselle. De la diversidad y condición de los intereses líricos de esta poeta dan buena cuenta las citas iniciales, todas en relación con la tierra propia y la de sus antepasados: de Hölderlin, Carlos Drummond de Andrade, José Emilio Pacheco y Carmen Camacho. Precisamente en el exergo del maldito de Tubinga («El amado suelo de mi patria vuelve a proporcionarme alegría y dolor») radica una de las claves de significación del libro: la antítesis entre lo alegre nostálgico y lo doloroso melancólico en el rescate de los orígenes. En consecuencia, en buena medida, es un retorno a partir de lo familiar, de hecho está dedicado por la autora a sus abuelos, hacia lo esencial castellano que nos constituye desde la infancia. Muchos poemas reviven con acierto escenas veraniegas de su niñez asilvestrada, al «aroma de la jara en flor» y del despertar del cuerpo en su primera adolescencia: tendida en un montón de trigo para germinar al tacto o en el lodo playero de un pantano, sentada en un taburete, agachada para ordeñar. O recrean la vida de sus padres, que «se les va llenando de vacíos», de su abuelo molinero, de su abuela memoriosa o de su bisabuela alfarera que conoció en una exposición en el museo etnográfico de Zamora. El poema inicial, desde su arranque, determina la imagen castellana que nos transmite Andrés Llamero, un motivo no por socorrido, sobre todo tras su formulación noventayochista, agotado, ni mucho menos. Señala claramente que los versos van a ir a las raíces de nuestro terruño y carácter, a la naturaleza de su paisaje y sus pobres, por humildes, gentes. Ya en la primera estrofa, como digo, fija y levanta su visión de Castilla, «donde todo es alto/sin altivez», hasta fundirse físicamente con su epidermis: de una sequedad teresiana —utiliza incluso el adjetivo «recio» tan de la santa de Ávila, al igual que en el último poema—, de un pardo machadiano, modesta y apacible en sus lomas, colinas y remansos; para, a seguido, manifestar con rotundidad: «vengo de la tierra del pan y del vino». Un plural imaginario de la Meseta sentido desde la experiencia personal y de los allegados que luego expande por el resto de los poemas: las aldeas perdidas y dejadas de la mano de Dios, donde hasta los peces son de secano; la llanura sola, abstracta y mística, «aplastada por el cielo»; el «Far West» regional de Luciano Egido. La autora asume por completo el peso de la herencia —algún poema me ha traído a la cabeza «Para que yo me llame Ángel González…»—, a golpe de azada: “quién oirá este canto/de labranza que cargo en las espaldas,/quién este ruido de savia entre los huesos”; después de la natural tentación juvenil de menospreciar lo semejante en beneficio de la fascinación por lo ajeno y lejano, regresa al suelo, y el subsuelo, natal. En ese camino, acude al lenguaje campesino, que está desapareciendo, si no ha desaparecido junto a los propios pueblos que lo oyeron, pronto sólo cementerios, arrasados por el progreso, despoblados a causa de las sucesivas emigraciones: sabañón, muelo, pardal, albarca, esteva, cencellada…, un verso reza literalmente: «granza, ceranda, peje, parva y trilla». Es de agradecer igualmente el rescate desde el título de la original obra poética de Agustín García Calvo, cuya expresión honda y esquinada, así como la prosodia apoyada en pies latinos, de ágil andadura, «como arroyo que brinca de peña en peña», merecen un lugar destacado en la lírica castellana contemporánea y da la impresión de que han caído por desgracia en un olvido absoluto. Creo, en definitiva, que hay que congratularse con la aparición de este volumen de poemas. Otra poeta de su edad, la abulense Laura García de Lucas, obtuvo en julio el primer premio Rey David de Poesía Bíblica Iberoamericana con Vasija, otro libro magnífico y original. Para la pervivencia de la poesía, ante la aparición de fenómenos comerciales que copan la actualidad y amenazan con dar al traste con ella, es fundamental que surjan voces jóvenes que recojan el hilo de la tradición, lo sostengan y lo renueven. Y si es en nuestra Comunidad, miel sobre hojuelas.

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