Doce meses de fútbol y pandemia en seis vidas | Es LaLiga en EL PAÍS

El coronavirus forzó la suspensión del fútbol profesional hace justo doce meses, un 12 de marzo, pero la vida de sus protagonistas nunca se detuvo. Futbolistas entrenando en el salón de casa, técnicos dando charlas motivadoras por videollamada, directivos liderando equipos de emergencia… Cada uno vivió a su manera un año marcado por la pandemia que aquí reconstruyen seis protagonistas vinculados a LaLiga a partir de sus recuerdos y emociones.

Antes de ese 14 marzo que confinó de golpe a más de 46 millones de ciudadanos hacía tiempo que Jon Ander Garrido apenas salía de casa. La lesión de rodilla que el futbolista del Cádiz CF había sufrido en febrero le anticipó un parón que luego la pandemia pintaría en una inaudita imagen de avenidas desiertas, y que casi tomó como una oportunidad. Seguía los ejercicios de rehabilitación, salía con sus perros a tomar aire e incluso empezó a hornear pan casero. Pero el optimismo inicial con el que encaró el infortunio, el suyo y el del mundo, se derrumbó poco después.

Con la vuelta a los entrenamientos en mayo fue pisar el césped y sentir que algo no iba bien. Durante días paraba, descansaba y lo volvía a intentar con el mismo resultado: vuelta a la enfermería. Nadie sabía por qué el dolor seguía ahí. Ni siquiera el doctor Ramón Cugat, experto internacional en lesiones de rodilla, le dio una clara esperanza de que la dolencia pudiera remitir.

“Me llegué a plantear la retirada porque no veía una salida”, recuerda el mediocentro de 31 años que el 12 de julio finalmente se sometió a una operación de menisco, 24 horas antes de que sus compañeros lograran el ascenso inundándole el móvil de mensajes y llamadas.

El premio a tanta paciencia llegaría en noviembre en San Mamés. En el feudo del Athletic Club, los pocos minutos del descuento que jugó y la victoria final le supieron a gloria. Habían pasado siete meses de dolencias y siete años desde que llegó a Cádiz para jugar en Segunda B.

“Ha sido mi recompensa a mi año más duro. Creo que ahora no soy del todo consciente, pero pienso que dentro de unos años miraré hacia atrás y me daré cuenta de todo lo que he logrado”.

El primero de marzo de 2020 Víctor Martín recibió el encargo más importante en los más de 20 años que lleva en el fútbol. El presidente de LaLiga, Javier Tebas, le designó jefe del Gabinete de Presidencia para que encabezara el equipo de emergencia que debía poner solución a un dilema que por esas fechas nadie sabía resolver: cómo recuperar la actividad de una industria que genera el 1,37% del PIB nacional.

El partido se jugó sin descanso en los despachos, de lunes a domingo y de la mañana a la noche. Martín y sus compañeros Luis Gil, director de Competiciones, y Jaime Blanco, adjunto a Presidencia, descolgaban el teléfono 160, 180 veces por día hasta que lograron anotarse el 16 de abril el primer tanto de la contienda con un protocolo de vuelta a los terrenos de juego cuya última versión de un centenar de páginas, recuerda, supervisaron palabra por palabra durante horas a través de una videollamada.

“No tengo ninguna duda de que fuimos un ejemplo. Hemos sido pioneros en la introducción de figuras como el inspector auxiliar [un técnico que procura el cumplimiento del protocolo en cada equipo] que luego se ha importado a la NBA”, asegura Martín, que fue durante dos décadas director general del CD Numancia.

Desde que se retomó la competición, las 7:31 se han convertido en la hora más temida. Cada mañana, el directivo sale de puntillas del dormitorio para no despertar a su mujer y va directo a agarrar el móvil. Si no hay notificaciones de los laboratorios, respira. Ser el único, junto a Jaime Blanco, que es informado inmediatamente de cada positivo lo hace vivir bajo la amenaza de un brote que rompa con un blindaje que ha permitido que no se suspenda ningún encuentro de LaLiga Santander.

Así que no hay tiempo para el descanso. Martín va contando cada partido, gota a gota, en una cuenta atrás de la que no se conoce aún el fin. Y para los momentos de flaqueza, que los ha habido en una crisis que se llegó a cifrar en 900 fallecidos diarios y cuya gravedad Martín veía escrito en el rostro de su esposa, enfermera de profesión, recurre a Bruce Springsteen y su Dancing in the dark. Una canción que hizo circular por el grupo de WhatsApp de sus colaboradores como un mensaje de aguante y esperanza.

Baba Sule, utillero del CF Fuenlabrada, se tomó la llegada de la pandemia con la tranquilidad del que sabe que todas las tormentas amainan. Del que sabe que cuando el fútbol para, la vida siempre sigue.

Es una lección que aprendió temprano. De fichar por el Real Madrid como vencedor y estrella del Mundial sub-17 de 1995, el ghanés se vio forzado a reconvertirse, diez años después y tras una sucesión de lesiones, en electricista y guardia de seguridad. Hasta que el deporte que tanto amaba volvió a llamar a su puerta. Su antiguo representante, en 2017 y cumplidos los cuarenta, le recomendó para el puesto que ahora ocupa en el Fuenla.

Desde entonces trabaja para un club que también le proporciona una vivienda cerca del estadio. Allí le pilló el confinamiento compartiendo techo con Pathé Ciss, fichajé senelgalés del conjunto madrileño. Sin la compañía de familias que viven a miles de kilómetros, agradecieron tener a alguien con quien charlar y comer. Sule, mientras su compañero entrenaba, hacía los deberes para sacarse el graduado escolar.

La covid también ha cambiado el desempeño de sus labores. En vez de dejar la ropa a punto en las taquillas del vestuario, ahora se la entrega a mano a los jugadores en una bolsa biodegradable que recogen en su habitación del hotel antes de partir hacia el estadio. Tampoco baja al campo de entrenamiento, donde el número de personas está regulado, por lo que pasa más ratos solo en la habitación del material escuchando, dice, música española en la radio.

Aun así, cuando habla no pierde ocasión de sacar un motivo que le invite a pensar en otros tiempos más felices, como volver a jugar una liga de barrio a la que está apuntado en Alcobendas, al otro extremo de Madrid. “Creo que vamos a volver pronto”.

Antes de que se le viniera encima la crisis de la covid, Federico Martínez al menos pudo disfrutar de diez días de descanso. Las vacaciones que pasó a principio de año en Tailandia con su mujer fueron, dice, las más largas desde que se convirtió en director general del Real Betis en 2014 y también el preludio a una tragedia que nadie intuyó. “Ni por asomo pensábamos lo que iba a suceder. Fue como una novela”, rememora ahora.

La distopía sobrevenida puso en alarma, como en todos los clubes de LaLiga, a la directiva verdiblanca. En marzo, todo era incertidumbre. Nadie sabía si se podría retomar el campeonato y si sería con público, mientras se acumulaban las preocupaciones. ¿Qué iba a pasar con el presupuesto récord planificado para la temporada y con los casi 100 millones que se pagaron por nuevos jugadores el verano anterior?

En las reuniones semanales con el resto de equipos de LaLiga Santander, los béticos mostraron su apoyo a la voluntad de LaLiga de acabar la competición y “seguir una estrategia común”, asegura Martínez. De puertas para adentro, se pactó una rebaja salarial con la plantilla, que se mostró siempre predispuesta, explica el director general, que vio cómo la vuelta de LaLiga Santander, precisamente con ElGranDerbi frente al Sevilla FC, aliviaba un tanto las preocupaciones económicas.

También en esas semanas de vértigo, plasmadas en un registro de llamadas de varias páginas, el Real Betis convirtió su estadio en un centro logístico desde el que se producían y distribuían batas y mascarillas para hospitales y residencias y ahora planea habilitar las instalaciones como centro de vacunación.

Ese es, al final, el recuerdo más vivo del directivo en su año más difícil desde que cambió una vida como ingeniero en el sector energético por el balompié. “Hubo una predisposición total a hacer lo que fuera necesario. Fuimos todos a una”, concluye.

De entre todas las adaptaciones que la pandemia impuso a los profesionales del fútbol, quizá una de las más radicales fue la de Antonio del Castillo. La figura del director de partido, de la que él es el máximo responsable en LaLiga, cambió por completo: de velar por la seguridad y coordinar la puntualidad de los partidos, la posición de la publicidad o las entrevistas a pie de campo pasó a encargarse de hacer cumplir un protocolo de seguridad sanitaria del que dependía la viabilidad de una competición que quería blindarse contra la covid.

Del Castillo, periodista de formación, tuvo que cerciorarse que cada uno de los miembros de su equipo de 35 directores de partido se aprendía a rajatabla un reglamento de centenares de páginas en apenas unas semanas y con la dificultad añadida de que todos estaban encerrados en casa. “No hubo tiempo para el descanso”, recuerda.

Lo que vino luego no fue menos frenético. Desde  mayo hasta julio los directores de partido se incrustaron, como si de una batalla se tratara, en cada uno de los clubes. Vestidos de traje y corbata entre chándales y botas, lo vigilaban todo: el correcto uso de las instalaciones, las distancias de seguridad en los viajes, el uso de mascarillas entre los futbolistas.

“Vivimos una carga intensísima de trabajo. Pero si miro hacia atrás lo que me queda es el enorme compromiso y fidelidad que demostraron todos mis compañeros para ayudar al objetivo de terminar la competición”, argumenta.

La nueva temporada les ha sumado una tarea extra: la coordinación de 43 inspectores auxiliares, uno para cada club de LaLiga Santander y LaLiga SmartBank, que han tomado el relevo del director de partido en el seguimiento del día a día para mantener la burbuja del fútbol libre de contagios. Cuando consigue el sosiego necesario, Del Castillo no puede evitar proyectarse haciendo lo que más echa de menos de los tiempos previos a la pandemia: viajar con su mujer.

La primera batalla que libró Sergi Pérez durante la covid fue contra la soledad. No por la suya, él que tan feliz estaba de pasar más tiempo con sus dos hijas y su mujer, sino pensando en la que podían sufrir los jugadores de la plantilla del CA Osasuna.

El preparador físico rojillo impuso a sus pupilos una única norma durante el confinamiento: le tenían que mandar cada día un cuestionario antes de las diez de la mañana. Quería procurar que se levantaran temprano e intuir en ciertas respuestas —menos horas de sueño, hábitos descuadrados— si algo fallaba. Momento en el que descolgaba el teléfono. “Me preocupaban más los que vivían solos, pero fui hablando con todos. Nos tuvimos que abrir y eso me hizo conocerlos como personas”, cuenta Pérez, que dio más libertad en el plano físico. “Podían entrenar a la hora que quisieran. Mandamos máquinas a sus casas y a cada uno le hicimos un plan específico dependiendo de si tenían jardín o no, por ejemplo”.

El aspecto mental, que el entrenador, Jagoba Arrasate, también estimuló en charlas motivadoras por videollamada, cree que fue clave para que la veintena de futbolistas estuvieran preparados cuando llegó la hora de pisar el acelerador. “Les decíamos que volvíamos a partir de cero. Todo se volvía a igualar, no había dinámicas. Sabíamos que el que llegara bien tendría un plus decisivo”.

Y así fue. El equipo se marchó al parón a nueve puntos del descenso que se convirtieron al término del campeonato en 16. Acabaron en décima posición, a solo una victoria y un empate de jugar en Europa.

“Creo que ha sido una experiencia bonita. En tiempos de aislamiento nos unimos más. Había una fuerza, una energía que desprendía el grupo que se notó cuando volvimos. Ahora el vínculo entre jugadores y cuerpo técnico es más sólido”.

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