Dirigentes en el alambre

La aceleración del tiempo en política —su última víctima es Casado— ha llegado a ser insoportablemente tempestiva. Los anglosajones suelen citar a Sir Harold Nicolson, al que se recuerda injustamente como marido de Vita Sackville-West y jardinero de Sissinghurst: “¡Una semana es mucho tiempo en política!”. A estas alturas esa es una frase muy viejuna: ahora una semana es una eternidad. Hace siete días se hablaba de la fusión Bancaixa, no de Kitchen, y desde entonces se ha estrellado la aritmética del poder con los remanentes municipales. Esa aceleración del tiempo en política disuade de cualquier estrategia de largo recorrido. Todo es regate corto. Hasta que a la política se le cruza el tiempo largo de la ciencia, como les sucede con las vacunas, o de la justicia, que tiende a cojear despacio pero al final llega, como advertía el aforismo de la vieja Roma, y descompone los esquemas. Eso le ha sucedido a Casado: “¡Yo solo era un diputado por Ávila!”, se resiste. Pero el pasado siempre vuelve. Casado acaba de toparse consigo mismo como meritorio de Génova, como a Iglesias le persigue aquel tipo con camisas de Alcampo que nunca se iría del barrio.

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