Diáspora cubana | Babelia | EL PAÍS

Leonardo Padura (La Habana, 1955, premio Princesa de Asturias de las Letras 2015) lleva consigo el pecado de ser también escritor de policial, amplia provincia del género negro. Su exitosa e impecable serie protagonizada por el teniente Mario Conde, que inició con Pasado perfecto (2000) en La Habana de 1989, da buena muestra de ello. Ese pecado hace que algunos se muestren remisos a caer en las páginas de sus libros para comprobar el gran narrador que es Leonardo Padura. Además de la construcción de tramas consistentes, al leerle asistimos a la creación de personajes verosímiles, con matices y voces diferentes que casi nunca son juzgados por su creador.

Pero si ello es ya de por sí un logro, lo es aún más al ser él un autor cubano residente en la isla y que se permite reflejar una realidad de la sociedad cubana y el exilio con una dosis adecuada de crítica sin revancha ni ceguera ideológica. Uno nunca sabe si la realidad cubana en los diferentes tramos de las historias que aparecen en los libros de Padura es tal y como él la ve, pero lo parece por no sernos hiperbólica y eso es más que suficiente. No te cruje ni te posiciona en un marco determinado.

Como polvo en el viento es una novela ambiciosa, fuera del género policial, a pesar de que la trama, la investigación y las preguntas, secretos y respuestas de los propios personajes constituyen el esqueleto de la narración, con lo que el cubano utiliza a favor de obra todo el oficio que ostenta. Estructurada en 10 partes, con más de una docena de personajes principales y similar número de ubicaciones —la propia Habana, Miami, Madrid, Barcelona, Puerto Rico, Nueva York, Buenos Aires…—, Padura asume el ambicioso reto de explicarnos la realidad cubana y su diáspora desde la década de los ochenta hasta la actualidad a través de la vida de esos personajes. Para enhebrar tales mimbres, echa mano de la misteriosa Elisa Correa, su embarazo y desaparición, así como el presunto suicidio de Walter, todos ellos miembros de un grupo de amigos, El Clan. Seres que ven fagocitadas vidas y sueños, miserias y anhelos a partir de aquellos hechos.

Todo empieza por el principio del final, cuando Adela, joven neoyorquina de ascendencia cubana, pareja de Marcos, joven habanero recién llegado a Estados Unidos, recibe una llamada de su madre, Loreta. Una fotografía de El Clan que uno de sus miembros cuelga en Facebook pondrá en marcha toda una maquinaria que llevará a que todos los secretos y mentiras que hay entre los miembros de ese grupo de amigos vayan siendo triturados. A partir de ahí, Padura no solo quiere dar voz a todas las posibilidades y opciones personales derivadas de la mencionada diáspora, sino también a la gente que renunció, que se destruyó y que sobrevivió, esa mezcla de amor y odio hacia Cuba, otro pueblo elegido a la vez que maldito. Además quiere hablar de la amistad, de la fraternidad, lazos que atan al centro emocional de las personas con una fuerza tranquila superior a las pasiones, el amor o la obediencia debida a ideas y personas.

El autor cubano gestiona con oficio esa trama, que sostiene el libro hasta el final, y su capacidad de crear personajes verosímiles sigue intacta. Con todo, la catedral planteada por Padura tiene demasiadas subtramas biográficas dentro de cada uno de los personajes, o bien da demasiado protagonismo a cada uno (individualmente todos son impecables y bien perfilados, pero quizás entonces sean demasiados), para que el nervio narrativo planteado (embarazo, desaparición, suicidio o asesinato) no se resienta y su lectura, en algunos tramos, se haga morosa. Padura no ha querido dejarse nada fuera y esa ambición le honra, y quizás constituya el libro definitivo sobre la diáspora cubana, pero como novela, a ratos, pesa demasiado.

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