Del Jesús lampiño y pastor al barbudo y crucificado: la representación de Cristo en el arte

La Semana Santa es una de las fechas más esperadas del calendario de festividades. Con o sin devoción religiosa, su celebración reúne cada año a miles de personas en las zonas de mayor tradición, como Andalucía o Castilla y León. Y, en una festividad centrada en rememorar la Pasión, Cristo ocupa un lugar muy especial entre los pasos, piezas artísticas de un valor incalculable.

La imagen que tenemos asentada del Mesías del cristianismo, la misma que protagoniza algunos de los pasos más importantes de Semana Santa, ha sufrido variaciones a lo largo de la historia hasta convertirse en lo que hoy en día es. La ausencia de una descripción fiable ha favorecido el desarrollo de multitud de hipótesis, que podemos descubrir echándole un vistazo general a la historia del arte.

¿Cuál es la verdadera apariencia de Cristo?

El Nuevo Testamento no recoge el aspecto físico de Jesús. Parece que los evangelistas prefirieron centrarse en las claves de su personalidad y su biografía, pasando por alto un detalle que seguramente no tendría el mismo peso que le damos hoy en día. Como mencionábamos, la ausencia de fuentes o imágenes originales que recojan su verdadera apariencia, ha dado cierta libertad a los artistas en su representación, creando un auténtico archivo ilustrado de las creencias y visiones según la época.

En los primeros años del cristianismo, las representaciones de Jesucristo eran escasas. Cuando los cristianos primitivos querían representar su figura, recurrían a símbolos sencillos e identificables para su comunidad. Así fue como el pez se convirtió en una de las más comunes alusiones a Cristo, por servir su palabra en griego ΙΧΘΥΣ (ichthys) como acrónimo de «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”. Otro ejemplo semejante es el del crismón, símbolo formado por las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego: Χριστος (XP). Aunque históricamente se ha querido justificar esta ausencia en las persecuciones y la clandestinidad con la que los primeros cristianos vivían su fe, en realidad la falta de representaciones es más bien consecuencia de un debate heredado: el cristianismo sentó sus bases en la tradición judía, asumiendo muchas de sus creencias. Entre ellas, el rechazo a la representación de la divinidad para evitar una posible idolatría.

A medida que se extendía la religión cristiana, lo hacían también la variedad de las imágenes. Las primeras representaciones de Jesucristo con forma humana reconocible lo colocaban como un maestro y se nutrían directamente de los prototipos romanos. Sin ir más lejos, uno de los temas más populares, El Buen Pastor, es prácticamente un calco de moscóforo griego, famosa escultura de un joven portando un ternero. Además, el protagonista de estas imágenes solía ser imberbe y de cabello corto, siguiendo el canon masculino romano, que choca radicalmente con la imagen que tenemos asentada hoy en día.

Como señala Émile Mâle, célebre historiador del arte francés, esta representación de Jesús joven y sin barba es el conocido como Cristo Alejandrino, y que tiene su variante en Asia Menor y Antioquía, con el mismo énfasis en su juventud pero esta vez con el cabello largo. Sus rasgos eran tan comunes, que para diferenciar su santidad se empezó a utilizar el nimbo, un resplandor o círculo luminoso colocado cerca de la cabeza. Así es como lo observamos en uno de los ábsides de la Iglesia de San Vital de Rávena, obra fechada hacia el siglo Vl, sentado sobre la esfera terrestre.

A partir de este momento, la mayoría de las representaciones del hijo de Dios se presentan con pelo largo y barba, el modelo iconográfico conocido como Cristo Siriaco por su origen en las comunidades de esta zona. Tal vez la utilización de este modelo por parte del Imperio bizantino (la parte oriental del Imperio romano que perduró hasta el comienzo del Renacimiento) fue el empujoncito necesario para su imposición de manera universal.

Lo más probable es que la elección de estos atributos responda al interés por ir un paso más allá, y no solo plasmar su condición divina como hasta el momento, sino conocer su auténtica fisonomía en su paso por la tierra. La fundamentación necesaria la encontraron en las acheiropoietos, las supuestas imágenes sagradas creadas sin intervención humana y que tantas dudas siguen provocando entre científicos e investigadores. Algunos historiadores señalan también que la carta atribuida al cónsul romano Publio Léntulo, que ofrece una descripción de Jesús y cuya autenticidad está en tela de juicio, pudo suponer el empujón definitivo para la adopción de la iconografía de Jesús que todos conocemos.

Pese a tener una imagen universal totalmente asentada, el debate de la apariencia de Jesucristo sigue vivo incluso en nuestros días. A principios de los 2000, Richard Neave, experto en reconstrucción forense del rostro, llevo a cabo una extenuante investigación basada en la antropología forense y la arqueología para recabar datos sobre la fisionomía propia de la zona y fechas en las que vivió Cristo, para así reconstruir digitalmente el posible rostro de Jesús.

El interés por la pasión

En la Edad Media, el arte religioso gana un papel importante, ya que la iglesia se convierte en el principal mecenas y promotor. Las autoridades eclesiásticas son muy conscientes de la capacidad de las imágenes para emocionar y transmitir su dogma de fe a una sociedad mayoritariamente analfabeta, por lo que empiezan a representarse los pasajes relacionados con la Pasión.

Es en ese momento cuando aparecen los primeros crucificados, tema que hasta ahora se había evadido casi por completo, ya que este era el castigo de muerte que recibían los peores criminales. Pero las primeras representaciones de Cristo en la cruz poco tienen que ver con las crucifixiones de nuestra Semana Santa. Lejos del sufrimiento típico de estas imágenes, los primeros crucificados mantenían una actitud majestuosa que los hacía inmunes a cualquier signo de la Pasión.

Es típico encontrar en la escultura románica crucificados vivos y serenos, en los que la cruz actúa más como un trono desde donde observan el mundo. Algunos, como el Majestad Batlló, incluso visten largas túnica propias de la realeza. Es en el Gótico cuando el tratamiento del tema empieza a ser mucho más naturalista, introduciendo detalles como la corona de espinas, símbolo inequívoco de la Pasión.

El Renacimiento llega con una nueva visión del mundo. Su pasión por la belleza trae consecuencias en las representaciones de Cristo, como podemos ver en la perfección anatómica de la Piedad de Miguel Ángel o su representación de Cristo en el Juicio final de la Capilla Sixtina, que vuelve a la representación de Jesús con rasgos juveniles y que se parece indudablemente al Apolo del Belvedere.

Pero la fecha cúspide de la representación de la Pasión y de la imaginería que hoy protagoniza nuestra Semana Santa fue el Barroco, un periodo marcado por la Reforma Protestante y el Concilio de Trento, en el que la Iglesia Católica decidió potenciar las representaciones devocionales como medio para comunicar la doctrina a los fieles. Las representaciones de Cristo adquieren ahora un notable naturalismo en los diferentes pasajes de la Pasión, buscando la conmoción de los fieles. Juan de Mesa, famoso imaginero de la Escuela Andaluza, plasmó todos estos rasgos en el Jesús del Gran Poder, uno de los pasos que más fieles atrae de la Semana Santa sevillana.

El tema de la crucifixión trajo consigo irremediablemente el de la muerte, que a día de hoy seguimos viendo en las procesiones. Ya habían aparecido Cristos yacentes con anterioridad, pero en el Barroco adquieren un protagonismo especial de la mano del escultor más importante de la Escuela Castellana, Gregorio Fernández. Como se puede comprobar en el Cristo yacente de Zamora, que se atribuye a los artistas del círculo de Gregorio Fernández, el tratamiento es mucho más realista, enfatizando los rasgos de la pasión tal y como han llegado hasta nuestros días. 

Lee más: elpais.com


Comparte con sus amigos!