De veraneo con un etrusco, entre oscuros presagios

Tras una larga relación de años con los etruscos, ese notable pueblo de la antigüedad del que tanto heredaron los romanos (las fasces, sin ir más lejos, el emblema de la autoridad de los magistrados que portaban los lictores), siempre acabo volviendo irremediablemente a los tópicos acuñados sobre ellos. El misterio, la obsesión con la muerte y el mundo de ultratumba, la atmósfera de melancolía y grandeza perdida que les rodea, la adustez rayana en la crueldad, la manía adivinatoria… Es pensar en los etruscos (que se llamaban a sí mismos rasenos) y envolverme una ensoñación crepuscular de arúspices, guerreros ceñudos de rara panoplia y rostros tintados de rojo, terribles piratas marinos, tumbas pintadas con nadadores, leopardos, divinidades siniestras, demonios, grifos e hipocampos. Es que ya simplemente los nombres de sus ciudades, Tarquinia, Vulci, Vetulonia, Populonia, y de sus tumbas, la del Orcus, la de los Escudos, la de las Leonas, la de Tifón, me inducen un estado de alelada tristeza teñida de maravilla. Recuerdo que había en Barcelona un restaurante que se llamaba Los Inmortales (hoy Sagués) y estaba decorado con copias de pinturas de frescos de los sepulcros etruscos y yo apenas podía comer, transportado por las imágenes de los banquetes funerarios y el mundo de ultratumba, estado de ánimo del que trataba de sobreponerme bebiendo mucho Brunello di Montalcino en honor del dios Fufluns.

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