de tener números para pelear por no bajar a jugar la Champions

Como si el frío hubiese activado un acto reflejo en las gradas de Mestalla, diciembre amanecía con pañuelos al viento en Valencia, la ciudad donde nunca nada parece ser suficiente y al mismo tiempo todo es aún una posibilidad a la que echar la zarpa. La diana de toda aquella indignación, como suele suceder en estos casos, fue el entrenador y hoy, a las puertas de una final de Copa del Rey, todo parece un mal sueño del que costó lo suyo despertar. Ni el colchón rellenado a base de una clasificación para la Champions y unas meritorias semifinales de Copa ponía entonces a salvo a Marcelino García Toral. No parecía poco dado que el equipo venía de terminar decimosegundo las dos temporadas anteriores.

Es cierto que el Valencia había tocado algo que debe parecerse a lo que tan a la ligera llamamos fondo. Ganó su primer partido en la jornada 7, y no repitió hasta la 12. Entrada la Navidad, el equipo de Marcelino era un integrante más en el barro insustancial de la zona media-baja de la tabla. Los dirigintes del club, con el empresario singapurense Peter Lim al frente, pidieron la cabeza de Marcelino. Se le acusaba al técnico de ser el responsable del ocaso prematuro de Guedes, que acababa de aligerar 40 millones de las arcas de Mestalla. De no haber sabido gestionar egos delicados, caso de un ídolo local como Zaza, consecuencia directa de la falta de gol. Ni a uno por partido salía el saldo de los de la ciudad del Turia.

El responsable de que todo aquello llegara a buen puerto fue Mateu Alemany, el director deportivo del Valencia, que se empecinó en que Marcelino era el hombre indicado para escapar del pozo en el que se había sumido la temporada ché. Al calor de aquel manto se recompuso el entrenador, firme en su discurso de poner por objetivo una Champions utópica vistos los 23 puntos con los que finalizó la primera vuelta. El Girona, que acabaría descendiendo, acumulaba entonces 24.

La foto de la unión

Hay una foto que retrata la unión de la que resurgió el Valencia. Lleva por fecha el 12 de enero, en la jornada que cerraba la primera vuelta de La Liga. A 20 minutos para el final del partido ante el Valladolid, Parejo adelantó al Valencia y se fue directo a abrazar al preparador asturiano. Aquel duelo, que terminó en empate, marcó el punto de partida del exitoso curso valencianista.

Fueron 38 puntos los que cosechó el grupo de Marcelino en una segunda vuelta memorable, sin derrotas hasta la jornada 31, en Vallecas. Entre medias, alcanzó sin derrochar sudor las semifinales de la Europa League, donde cayó frente al poderío del Arsenal de Lacazzette y Aubameyang, y apretó los dientes en una Copa de consecuencias medicinales. En octavos, recién entrado el año, cayó en El Molinón en lo que parecía el preludio del fin de la era Marcelino. El Valencia levantó la eliminatoria con un gran partido (3-0) y, en cuartos de final, llegó el día D. Perdió en el campo del Getafe y necesitaba dos goles para remontar en Mestalla cuando Rodrigo los aplicó como pegamento en las grietas surgidas entre equipo y afición.

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Desde entonces, no se vieron más que sonrisas para Marcelino en Valencia. La ciudad sigue de resaca después de sellar su pasaporte para viajar por Europa el curso que viene. Hoy amanece ilusionada ante el reto de redondear el año con un título que no celebra desde 2008, el de Copa. Sevilla marcará esta noche el umbral entre lo que ya es una temporada soberbia y lo que podría convertirse en una histórica.

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