Darwin en el cuerpo

En la década de los dosmiles, la publicación del genoma de una nueva especie empezó a resultar tan aburrida como el cuarto viaje a la Luna de las misiones ‘Apolo’, que ya ni abría los telediarios. Quizá la quintaesencia de aquel aburrimiento fuera el genoma del erizo de mar, ese bicho que solo parece servir para clavarse en los pies de los bañistas y alimentar a los feriantes del carnaval de Cádiz. Pero la secuencia de esa humilde bola de pinchos reveló dos paradojas que poca gente ha percibido. Primero, tenía los genes necesarios para generar un ojo, pese a que todo el mundo sabe que los erizos de mar no tienen ojos, ¿no es cierto? Pues no, no es cierto. Tres siglos de zoología estaban equivocados. Tras encontrar los genes, los científicos buscaron dónde se activaban y hallaron ojos microscópicos a razón de uno por espina.

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