Curandera

No es que yo pretenda que el contacto con el mar eleve nuestras almas hacia el vapor de la conversación filosófica o, por el contrario, la haga descender a ese nivel disfrutón en el que las olas nos huelen a paella y la paella nos huele a ola, mientras el sol regenera esqueleto y memoria de otros veranos. Rompiendo capas fotoprotectoras, el sol alcanza ese plexo, que no por cualquier cosa recibe el nombre de solar, y te ensancha el corazón. Pero como no hay bien que por mal no venga, y para ciertas naturalezas puras los tomates son una bendición vitaminada, mientras que, para otras naturalezas más corrompidas por los placeres del buen comer y pimplar, representan un veneno que sube a niveles intolerables el ácido úrico, el sol también puede ser origen de tumores y lesiones incompatibles con la vida. Esta cavilación nace de las conversaciones que escucho en mis paseos por la playa. Ustedes me podrían afear el poner la oreja, pero poner la oreja es consustancial a mi oficio. Incluso en los horarios playeros juveniles se oyen relatos espeluznantes sobre frecuencias evacuatorias y mononucleosis. El verano y sus desnudeces multiplican nuestra conciencia del cuerpo en lo que el cuerpo tiene, no solo de juncal, sino sobre todo de mortal. La covid agranda esta conciencia barroca.

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