cuarenta y cinco minutos gozando como niños

La inocente Caperucita, esa que fue sacada del vientre del lobo y devuelta al mundo para que pudiese habitar en la imaginación de los niños, esa Caperucita ingenua, optimista, ha sido hecha texto teatral de altos vuelos por Jöel Pommerat. Desde que la estrenara en 2004 para seducir a su hija pequeña, el éxito de esta pieza ha sido total, y el público se ha entregado a ella con la fascinación que se siente ante esos relatos icónicos, parte de nuestro imaginario.

Pommerat es hábil porque no traiciona la sencillez, es misterioso porque descarga en escena ese mundo de contrastes que trazaron Charles Perrault o los hermanos Grimm en sus versiones del cuento popular y lo hace a través de un Narrador tan misterioso como todo lo que aquí ocurre. El resultado son cuarenta y cinco minutos de delicadeza, de humor infantil, de belleza visual y de algo casi fronterizo con la poesía.

El gran dramaturgo y director francés, internacionalmente aclamado como uno de los nombres imprescindibles, construye este cuento para niños no solo con palabras, sino con luces y sonidos. Lo suyo es la creación de atmósferas, esos ambientes extremadamente plásticos donde se dan la mano lo cotidiano, lo real y lo fantástico.

Sus personajes nacen de las tinieblas del mundo de hoy: una madre demasiado ocupada con las rutinas diarias o una abuela abandonada, como tantos ancianos, en la soledad de una casa remota. Pero también del mundo de nuestros miedos a lo desconocido, a la fuerza animal presente en las sombras, donde se dibuja la mandíbula de un lobo y su hambre insaciable. «Le Petit Chaperon Rouge» («Caperucita roja») desarrolla, además, un juego interpretativo muy de Jöel Pommerat, un cambio de roles sumamente sugerente: el del Narrador , el Lobo, Caperucita y la Abuela. Deliciosa la escena en que la niña juega con su propia sombra y deliciosos los momentos en que el Lobo aparece envuelto en la sábana de la cama de la Abuela a la que acaba de devorar. Todo, sin embargo, es caricaturesco, como muñecos de cuerda que dan vueltas en el escenario.

Pommerat es un maestro en el arte de las veladuras y los claroscuros, en afirmar hasta qué punto las apariencias solo producen engaño y son un paso hacia lo tenebroso y terrible. Por eso la iluminación adquiere aquí una fuerza que no es exterior al relato sino que nace con él, creando esas atmósferas en blanco y negro tan expresionistas como cinematográficas y donde la música muestra una importante relevancia.

En este hipnótico cuento para niños, Pommerat nos devuelve una Caperucita Roja moderna y deslumbrante en la que ojalá se hubiera profundizado un poco más.

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