Cuando la oratoria es arte y pensamiento

Marco Tulio Cicerón fue un orador y escritor prolífico que dejo un extenso legado de obras filosóficas, textos jurídicos, cartas y discursos. Su talento fue reconocido por sus amigos y sus adversarios, que temían su habilidad dialéctica. Pero Cicerón cometió el error de granjearse enemigos muy poderosos como Craso, César y Marco Antonio. Nacido en Arpino de una familia acomodada pero no aristocrática, Cicerón siempre tuvo claro que su futuro pasaba por las letras y no las armas. Fue enviado a Roma a estudiar derecho y luego decidió viajar a Atenas para aprender retórica y filosofía.

A su vuelta a Roma en el a√Īo 75 antes de Jesucristo, comenz√≥ una mete√≥rica carrera pol√≠tica que le llevar√≠a a ser elegido c√≥nsul tan s√≥lo 12 a√Īos despu√©s. Es en ese momento cuando pronuncia los cuatro discursos conocidos como Catilinarias. Dos d√©cadas m√°s tarde, pondr√≠a fin a su influencia en el Senado con las Fil√≠picas, que ocasionaron su ca√≠da en desgracia y su muerte. No hay duda de que las Catilinarias y las Fil√≠picas son lo mejor de la obra de Cicer√≥n, que vincul√≥ el paso a la posteridad a estos discursos en los que asume un enorme riesgo personal.

Digamos de entrada que estas dos recopilaciones de sus intervenciones, casi todas ante el Senado, constituyen no s√≥lo una pieza maestra y √ļnica de su oratoria sino que adem√°s pueden ser le√≠das como un manual de instrucci√≥n para hablar en p√ļblico. Nadie como Cicer√≥n ha logrado articular en un discurso tantos recursos y registros, que van desde las referencias hist√≥ricas a la exaltaci√≥n de la condici√≥n de ciudadano romano pasando por una devastadora iron√≠a.

Quien quiera conocer el agitado período histórico que transcurre desde el 63 antes de Jesucristo hasta el 43, el período en el que se desarrolla la lucha por el poder entre César y Pompeyo, tiene que leer las Catilinarias y las Filípicas, que recogen los retratos -no siempre objetivos- de los personajes de esa época.

Contra conspiradores

Los cuatro discursos de las Catilinarias son pronunciados en tan s√≥lo un mes y est√°n dirigidos a desarticular la conspiraci√≥n de Lucio Sergio Catilina, que se dispon√≠a a detener a los principales l√≠deres del Senado y a implantar una rep√ļblica popular en Roma, siguiendo la tradici√≥n de los Graco. Catilina ten√≠a un ej√©rcito, comandado por Manlio, fuera de Roma y gozaba del apoyo de antiguos soldados y terratenientes agraviados. En la primera pieza oratoria, Cicer√≥n advierte de la conjura que se va a desarrollar esa misma noche y, al d√≠a siguiente, pronuncia otro discurso en el que relata la huida de Catilina. En el √ļltimo, pide su condena en el Senado por haber intentado acabar con las tradiciones romanas.

Si el orador de Arpino estaba en ese momento en el c√©nit de su poder y su prestigio, no sucede lo mismo en el a√Īo 64 cuando inicia sus Fil√≠picascontra Marco Antonio. Julio C√©sar acaba de morir y Cicer√≥n acusa a su lugarteniente de haber usurpado el legado del dictador, de haber promulgado leyes ileg√≠timas, de haberse enriquecido ilegalmente y de llevar una vida disoluta. El segundo discurso es tan devastador que Cicer√≥n no se atrevi√≥ a pronunciarlo porque, sin duda, le hubiera costado la vida.

En el destierro

Las Filípicas, que toman el nombre de las soflamas de Demóstenes contra Filipo de Macedonia, están formadas por 14 discursos que son pronunciados en un plazo de ocho meses. Cicerón había padecido el destierro, había perdido su influencia, se había granjeado enemigos y sólo tenía el apoyo de Octavio, que luego le traicionó.

Consciente de su debilidad se retiró al campo, pero las circunstancias se volvieron en su contra tras la derrota de su admirado Pompeyo y la instauración del segundo triunvirato de Marco Antonio, Octavio y Lépido, una alianza precaria que duraría muy poco pero que le costó la vida a Cicerón. Sería asesinado por los sicarios de Marco Antonio, con la connivencia pasiva y cobarde de Octavio, en su villa de Formia, a la que se había exiliado tras la muerte de su hija y la separación de su mujer.

C√©sar hab√≠a tenido la grandeza de perdonar a Cicer√≥n, con el que hab√≠a mantenido importantes diferencias, pero sus herederos no actuaron de la misma forma porque le tem√≠an como orador y, sobre todo, porque defend√≠a el viejo orden senatorial frente a la dictadura. Por eso, Cicer√≥n justific√≥ el asesinato de C√©sar, en el que no particip√≥, y defendi√≥ el indulto para Casio y Bruto. M√°s de 20 siglos despu√©s de su muerte, no ha habido ning√ļn dirigente ni intelectual con una elocuencia como la suya. En unos tiempos en los que la dial√©ctica parlamentaria se ha vuelto una caricatura, leer a Cicer√≥n nos reconcilia con la pol√≠tica.

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