Cuando éramos adultos

Avergonzado por mi ignorancia y abrumado por el carretón de Emmys que le cayó encima, me apoltroné, busqué la serie Schitt’s Creek en Movistar (hasta ahora desconocida por mí) y le di al play, dispuesto a embriagarme con su talento y genialidad. Cuatro episodios después, empecé a notar los párpados resentidos, y los ojos, resecos de no parpadear: los tenía tan abiertos del asombro que se me estaba formando una hernia ocular. Cuatro episodios son muchos episodios para que no se cuele una pizquita de ingenio entre tanto lugar común. Si hasta los relojes parados dan bien la hora dos veces al día, hasta los peores guionistas escriben una frase buena cada cien folios.

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