Covid-19: Cucarachas o vistas al mar: el contraste de las cuarentenas en Singapur | Planeta Futuro

No todas las cuarentenas en son iguales. Mientras la próspera isla que aún permite a los residentes salir para hacer la compra o ejercicio, y aísla en hoteles de cinco estrellas a los residentes que regresan de Europa y Estados Unidos para asegurar que están libres de la , hay un colectivo que lo tiene mucho más crudo. Los trabajadores inmigrantes, típicamente obreros de la construcción del sur de Asia, han sido forzados a quedarse recluidos en sus barracones después de que más de 18.000 (cerca del 90% del total) haya dado positivo en coronavirus. Una “bomba de relojería”, según habían advertido algunas organizaciones, que ha acabado estallando.

Cerca de 18.000 inquilinos de una veintena de barracones —de un total de 43 en todo el país— han dado positivo en coronavirus. Se trata casi del 90% de todos los contagios de la isla, de unos 5,7 millones de habitantes, donde hay más de 20.000 infecciones y 20 fallecidos. Estos trabajadores, unos 300.000 en total, muchos procedentes de Bangladés e India, llevan más de un mes sin salir de sus dormitorios, desde que el ministro de Desarrollo Nacional, Lawrence Wong, definiera a comienzos de abril dos estrategias para combatir la propagación del patógeno: una dirigida hacia la “población general” y otra específicamente para este colectivo.

Fuera de los barracones, el Gobierno isleño dictó una política bautizada como “cortocircuito”, en la que practica un semicierre nacional prolongado hasta junio que conmina al teletrabajo y permite a los ciudadanos salir a la compra o a hacer ejercicio. Un confinamiento llevadero que contrasta con las restricciones impuestas a los trabajadores contratados para construir las carreteras y rascacielos de la ciudad-Estado, entre otros empleos similares: la normativa les impide salir de las instalaciones en los casos más favorables, mientras en las unidades donde ha habido contagios, declaradas “áreas de aislamiento”, no pueden apenas abandonar sus cuartos. Como resultado, en un mes el número de casos en estos dormitorios se ha disparado, pasando de menos de mil antes del confinamiento a los cerca de 18.000 actualmente.

“Es como estar en una prisión”, denuncia Au. El subdirector de TWC2 advirtió que la situación era una “bomba de relojería”, comparándola con , puesto en cuarentena en febrero en el puerto nipón de Yokohama y donde centenares de miembros de la tripulación, quienes dormían en habitaciones con múltiples camas y compartían espacios comunes, resultaron contagiados. “La cuarentena en estos dormitorios corre un riesgo similar. El distanciamiento social en habitaciones con entre 12 y 20 personas es imposible, y si un trabajador se infecta, pudiendo incluso ser asintomático, puede transmitirlo rápidamente a sus compañeros de cuarto”, añade la ONG.

En efecto, los contagios en los barracones no han hecho sino ascender: si hasta finales de marzo la mayoría de nuevos casos en la isla eran importados, sobre todo singapurenses que regresaban enfermos de Europa o EE. UU., ahora el foco está en estos dormitorios, batiéndose récords de infecciones diarias. “Estamos prestando mucha atención a lo que ocurre a los trabajadores extranjeros. Les estamos proveyendo de la atención y el tratamiento médico que necesitan”, se ha defendido de las críticas el primer ministro, Lee Hsien Loong.

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