Corazón y memoria

Ernesto Escapa podía haber sido una biblioteca. O delantero centro del Barcelona, como su paisano César. No le hubiese ido mal como ábside de una ermita románica o como cumbre de alguna montaña cercana a su Carrocera natal. Yo le prefería como río Duero, porque él también ha dedicado su vida a surcar la historia y el recuerdo del viejo reino de Castilla, del viejo reino de León. Ernesto Escapa era todo eso, pero por encima de todo era corazón y memoria. Un inmenso cuerpo para poder acoger tanto afecto y tanta humanidad. Una cabeza privilegiada que le permitía hacer justicia con personajes ilustres despreciados por las modas o para poner en su sitio a más de un Jaimito con ínfulas de Hemingway. Ernesto fue seminarista, escritor, editor, cronista, tertuliano… Fue un apasionado de Castilla y León. Su figura, su obra, está amachambrada a las raíces de nuestra autonomía. Él estuvo en la sementera y ha estado abonando la tierra para que pudiese crecer un proyecto común. Su compromiso intelectual con la Comunidad ha permitido recuperar del olvido a figuras ilustres y dar protagonismo a gente humilde que no busca el aplauso, se conforma con la sensatez. Ernesto no parecía destinado a un medio tan frívolo como la televisión, donde llegó hace diez años (se jubiló hace unos meses sin ser capaz de ponerse el micrófono de corbata), pero supo llenar el vacío que deja la actualidad cuando se cuenta de manera atropellada. Él ponía el contexto, el rigor, la razón de ser. Era el cirineo al que acudíamos cada vez que la información necesitaba de una enciclopedia o un manual de usos y costumbres. En sus reflexiones tan sólo reclamaba cordura. Era una especie elegida, un compañero irrepetible que ayudaba a dignificar el periodismo, una profesión tan cuestionada por abusar de la cosmética.

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