Contarle los pies a la envidia es posible pero, ¿y si conviene dejarla crecer?

Estás en la oficina sacando adelante el trabajo atascado —casi olvidado— durante el confinamiento, cuando una infeliz idea se abre paso hasta la punta de los dedos. Presionas Enter y abres la puerta a Instagram. Mal hecho. Las fotos de amigos en la playa, poniéndose morados pese a que este debía ser el verano de la contención, se despliegan como una plaga. El veneno de la envidia entra por los ojos, llega a la sangre. Demasiado tarde para controlarlo. ¿O no? Parece una avalancha, pero hay formas de cortarla de raíz. A veces incluso conviene dejarla hacer; bien domesticada puede ser buena compañía.

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