«Como si Trump se disfrazara de su hija Ivanka»

Los dioses deben de estar locos, rezaba el título de una popular película de los años ochenta. Si no tanto, los que habitan la ópera «La Calisto», de Francesco Cavalli (1602-1676), al menos hacen cosas muy raras: Júpiter se encapricha de Calisto, que, al haber jurado castidad, rechaza al dios y éste, para seducirla, decide adoptar la forma de su hija Diana, con lo que consigue su objetivo. «Es como si Donald Trump, para conseguir mujeres -dice el director de escena David Alden– se hiciera pasar por su hija Ivanka». El enredo, de todos modos, no terminará ahí.

«La Calisto» llega el próximo domingo 17 al escenario del Teatro Real, que pretende saldar así una deuda histórica: ni la ópera, estrenada en Venecia el 28 de noviembre de 1651, ni ninguna otra del compositor italiano se han representado nunca en el coliseo. Joan Matabosch, que califica el estreno como «un gran acontecimiento de primera magnitud» y «La Calisto» como «una obra maestra de la ópera veneciana del siglo XVII» no tiene una explicación para esta ausencia, que no se limita solo al Real. «Cavalli desapareció del repertorio durante siglos, y fue Raymond Leppard la que redescubrió la ópera en el festival de Glyndebourne de 1971».

Trasfondo satírico

El Teatro Real presenta lo que Matabosch define como una «puesta en escena legendaria de David Alden, que significó un paso decisivo para la recuperación de “La Calisto”». El director neoyorquino la puso en pie por vez primera en la Bayersiche Staatsoper de Múnich, donde se ha repuesto en varias ocasiones -también se ha representado en el Covent Garden londinense-. La ópera tiene, dice, «un trasfondo satírico y una crítica social; podríamos decir que es una farsa sexual celestial en la que aparecen humanos, dioses, animales… Hay un elemento de tragedia en el análisis de la condición humana, pero al tiempo hay otro elemento divertido y un tanto escandaloso».

Alden ha subrayado esta trama «llena de humor, maquinaciones, sexo crítica social y subrepcticias resonancias morales» y ha creado un desvergonzado espectáculo visualmente cercano al mundo del cómic. «La hipocresía de esta fauna de dioses del Olimpo -completa Joan Matabosch-puede (y debe) leerse como una denuncia de los abusos de las autoridades morales romanas del siglo XVII, tan odiadas por los venecianos». Hay, incluso, en el personaje de Endimione, un homenaje a Galileo Galilei. «Venecia -recuerda Alden- había sido excomulgada durante una década».

Y en esta ciudad y en esta época se produjo la consolidación de la ópera como género artístico popular. Dice Matabosch que se llegó a llenar, a mediados del siglo XVII, seis teatros distintos en la ciudad de los canales. «Un público ávido de espectáculo, diversión y transgresión acudía a la ópera para disfrutar de las historias truculentas de sus protagonistas, del ingenio de la maquinaria escénica y de la fantasía de los disfraces, en un mundo de ilusión sin censuras».

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Los primeros cincuenta años de la ópera son, afirma tajante David Alden, los mejores de la historia del género. «Se escribieron los mejores libretos; música y texto tenían la misma importancia y estaban equilibrados, pero después, con el desarrollo de las grandes voces, se desequilibró». Y con la misma contundencia asegura que «“La Calisto” es una de las mejores óperas de la historia».

Sentido dramático

Ivor Bolton, director musical del Teatro Real, ha acompañado a Alden tanto en Múnich como en Londres, y vuelve a hacerlo ahora en Madrid. Comparte con el director de escena su opinión sobre Francesco Cavalli. «Es un compositor de una gran importancia en la historia de la ópera; estoy seguro de que en un futuro ocurrirá con él lo mismo que ha ocurrido con Monteverdi».

El autor veneciano, cuenta Bolton, compuso cuarenta óperas, de las que nos han llegado veintisiete. «Tiene un gran sentido dramático y sus partituras son suntuosas. Su estilo, con gran variedad de personajes y una contínua y rápida sucesión de escenas, llega fácilmente al público de hoy, acostumbrado a la televisión».

Una de las novedades de esta producción es que se ha trabajado con la edición crítica de la partitura que ha realizado el musicólogo español Álvaro Torrente. «Cavalli escribía de manera que la partitura era una base; y somos los músicos los que tenemos que tomar decisiones sobre, por ejemplo, las armonías y los colores. La edición de Torrente, sólida y fiel, nos supone una gran ayuda».

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