Cómo es crecer con hermanos con los que te llevas muchos años

Borja Carrasco tenía 19 años cuando sus padres les dijeron a él y a su hermana que iban a tener otro hermano. Recuerda que su madre lo dijo de forma muy casual, como sin darle demasiada importancia, y él mismo admite que tampoco se la dio y que esa falta de interés quizá no fuese «la reacción correcta», explica a Verne. Pero conforme la barriga fue creciendo, todo se fue haciendo más real y el vínculo con el nuevo hermanito apareció incluso antes de su nacimiento. «Me acuerdo, y mi madre también, de estar sentados con ella en el sofá mi hermana y yo y estar acariciándole la barriga sin darnos cuenta», relata.

Lo que sí tiene grabado de forma muy clara en su memoria es el día en el que Guille nació. A las tres de la madrugada, sus padres entraron en la habitación para decirle que se iban al hospital. Que siguiera durmiendo, que ya iría por la mañana. Se despertó pronto y fue con sus abuelos y su hermana. «Cuando llegamos justo mi madre estaba saliendo del paritorio», dice. Recuerda que se emocionó un montón al ver a su hermano, que era «superpequeñito». La primera vez que lo cogió en brazos fue algo accidentada («le di con la cabeza en la barra de la cuna»), pero no hubo mayores daños y enseguida se convirtió en un experto no solo en coger bebés, sino también en cambiar pañales, bañarlo, y otras tareas relativas a su cuidado.

Sandra Pereira, de 46 años, también se lleva muchos años con sus hermanas, aunque contempla esa relación desde el otro lado: es la pequeña y sus hermanas son 11 y 13 años mayores que ella. Y recuerda, en muchas ocasiones, a sus dos hermanas ejerciendo un papel parecido al de sus padres. Incluso a una de ellas llegaron a decirle en una ocasión: «Qué niña más bonita tienes, pero eres muy joven», cuenta a Verne por teléfono. Que los hermanos mayores actúen como figuras paternales o maternales de los recién llegados cuando hay mucha diferencia de edad es algo común. Pero es solo una de las aristas de estas relaciones. Según explica a Verne por teléfono la psicóloga Helena Arias, los vínculos especiales que se forman en estos casos pueden ser «maravillosos».

Un especial grado de madurez

Los hermanos mayores, lógicamente, desarrollan un sentido de la responsabilidad más agudo al encargarse de sus hermanos en ciertos momentos. Además, el hecho de que haya una diferencia de edad tan grande vuelve menos probable «la aparición de celos o rivalidad», según explica por correo electrónico a Verne la psicóloga Lourdes Merino, una de las directoras del Centro Clasifical Psicólogos. Así pues, en una relación sana entre hermanos, esta diferencia de edad se traduce en que los hermanos mayores muestren más «actitudes de cuidado, protección y apoyo al menor», según la experta.

Esta situación también repercute en el desarrollo de los pequeños, quienes, según la psicóloga Helena Arias, suelen acabar siendo niños muy maduros «a nivel emocional». El hecho de que muchas veces «sueñen con pertenecer a ese grupo de los mayores» les enseña «a ser responsables», según la psicóloga.

Uno de los recuerdos de infancia de Guille Carrasco, el bebé nacido en plena madrugada del que hablábamos al principio, es acompañar a su hermana María en el coche para cuidar de sus primos. Eso le hacía sentir que ellos dos eran «los mayores y responsables», aunque Guille solo contara con unos 5 años. Su hermano Borja también confirma que, al criarse con cuatro adultos, Guille siempre fue un niño muy precoz: «Empezó a hablar enseguida, y enseguida tuvo cosas de señor…», asegura.

Tamáriz Álvarez, 13 años menor que su hermana Paola, lo recuerda todo «muy divertido». Fue la sexta hija de una pareja que ya tenía dos hijas y tres hijos (el padre además tenía tres hijos de un matrimonio anterior) y asegura que tener hermanos mayores le daba seguridad y que se sentía «muy protegida». Sus hermanas, dice, eran sus «ídolas» y quería ser como ellas. Esta relación también ha hecho que, desde muy pequeña, a Tamáriz le dijeran que era «muy madura y muy fuerte» y aún ahora a veces se ve ella mayor que sus hermanos, pese a ser la menor, no sabe si por personalidad o por cosas que le ha tocado vivir (desde hace un tiempo tiene cáncer de mama metastático y es la fundadora de la asociación Cabezotas contra el cáncer). «La verdad es que fui prematura en todo, algo que ahora me da algo de pena», cuenta.

Con el paso del tiempo, hay otra situación común para los hermanos que se llevan muchos años: que los mayores abandonen la casa familiar cuando los pequeños son aún muy pequeños. Llegado ese momento, Guille y Borja Carrasco lo pasaron particularmente mal. Su primera separación tuvo lugar cuando Borja se marchó de Erasmus a Praga y su hermano solo tenía 3 años. Al volver en Navidades y a final de curso, notó mucho lo que había crecido. Solo un par de años después, Borja se mudó a Londres, y allí se quedó durante siete años, por lo que los cambios se volvieron aún más notables. «Guille pasó de ser un niño a ser un adolescente», dice. Los dos recuerdan lo mal que lo pasaban cada vez que tenían que separarse tras una visita, aunque Borja asegura que nunca se planteó no irse de Erasmus o a vivir fuera. «No habría tenido sentido dejar de hacer cosas por haber tenido un hermano pequeño», reflexiona.

Cuando son todos adultos

Pero el tiempo sigue pasando y llega un momento en que todos se convierten en adultos. Entonces, las diferencias entre los hermanos vinculadas con la edad se reducen, y pasan a parecerse más a las que también nos separan de otras personas: «Tienen más que ver con la personalidad, los intereses o la manera de ver la vida, o con las discrepancias mal gestionadas», señala la psicóloga Lourdes Merino.

Todos los entrevistados coinciden en que, con el paso de los años, las relaciones con sus hermanos se fueron volviendo más ricas. Paola Álvarez marca el punto de inflexión en la marcha de Tamáriz a la universidad: «Pasamos de ser hermanas con ritmos y vidas diferentes a compartir un montón de cosas», dice. Considera que Tamáriz forma ahora parte de su vida de otra manera, «como una amiga, alguien con quien tienes confianza como para llamar cuando estás triste o necesitas algo». Esta sensación también la comparte Guille Carrasco, que ahora tiene 17 años y que considera que ahora entiende mejor a sus hermanos. «Hablamos de cosas más serias», reconoce.

Aunque para todos tener hermanos con tanta diferencia de edad es lo más normal (Borja Carrasco recuerda que se dio cuenta enseguida de que «cuando Guille llegó ya era como una rutina normal, no concebía que no hubiera estado antes»), sí saben que hay algo excepcional en su situación. Hay cosas malas: los pequeños hablan de echar de menos no estar en muchas de las historias y anécdotas de sus hermanos (Tamáriz), tener esa relación extraña a medio camino entre madres y hermanas (Sandra) o que sus hermanos se vayan de casa (Guille). Los mayores hablan de perderse cosas porque «no es tu hijo y tú sigues con tu vida» (Borja) o «que me tendrá que cuidar cuando sea vieja» (Paola, entre risas, porque es lo único malo que se le ocurre).

Lo mejor, al menos en las relaciones sanas como las que describen los entrevistados, es todo lo demás: la visión distinta que su hermana pequeña le aporta de las cosas por tener 13 años menos, apunta Paola Álvarez; poder hacer cosas con tus hermanos que otros niños no pueden hacer con los suyos, como que te lleven a patinar sobre hielo o irte de viaje con ellos, asegura Guille Carrasco; que te enseñen muchas cosas que un hermano más cercano en edad no podría, aporta Sandra Pereira; sentirte siempre muy protegida, señala Tamáriz Álvarez; «verle crecer y acordarte de todo», dice Borja Carrasco.

Si te llevas muchos años con tu hermano, estaremos encantados de conocer tu experiencia en los comentarios.

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