Como anillo al cuello

Alguien ha señalado, con cierta razón, que si la covid-19 no hubiera surgido en China, país con un régimen y una cultura propicios para la imposición de una disciplina férrea para combatir exitosamente la epidemia, los políticos occidentales no se habrían sentido obligados a decretar la clausura casi total de sus economías. En los escenarios contemplados en planes de contingencia de gobiernos y organizaciones internacionales previos a la covid-19, la respuesta a una pandemia frente a un virus repentino se centraba en el aislamiento de brotes de contagio y la protección puntual de los grupos vulnerables. En estos planes de emergencia no se consideraba la radical parálisis productiva que se adoptó y condujo a la depresión económica autoinfligida. Una medicina considerablemente más dañina que la enfermedad misma. Pero los políticos suelen actuar no tanto en función de las necesidades, y mucho menos en las de mediano y largo plazo, sino de los niveles de popularidad inmediatos que determinan su supervivencia. Los mandatarios de Europa asumieron que la opinión pública de sus países los acribillaría si no actuaban con la misma prestancia y producían los mismos efectos que su contraparte asiática.

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