Columna: Lluvia en los zapatos

infancia soleada, diluvió sobre la juventud de mi abuela. Llegó en 1937 a San Sebastián, estrenando los 18 años en un país en guerra, con una sencilla maleta de cartón como equipaje. Solo tenía un par de zapatos, la garantía de poder ir a trabajar cada mañana. Muchos años después, aún recordaba el miedo diario a que su calzado no resistiese los arañazos de la lluvia del norte. Llevarlos al zapatero suponía encerrarse en casa varios días y, quizá, perder su empleo. No había recambio: el edificio entero de la vida dependía de la firmeza de aquellas suelas gastadas. Nunca olvidó el frío lametón del agua que amenazaba el cuero de sus únicos zapatos. Por eso, no entendía que sus nietas comprásemos objetos de usar y tirar. Nos miraba enojada, sin decir nada. A nosotras, hijas pródigas del consumo, nos parecía anticuado su respeto por los artesanos concienzudos: los gestos precisos, el ritmo exacto de las manos, el silencio absorto, ese tímido orgullo al mostrar su trabajo.

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