«Colón no puede ser responsable de lo que viniera después»

Margaret Macmillan (Toronto, 1943) es muy conocida por su lúcido análisis en «1914» (Turner), un libro monumental sobre el verano en el que prendió la mecha de la I Guerra Mundial. Su mirada desentraña claves de nuestro pasado y nuestro presente. Aprovechando su paso por Madrid para una conferencia en la Fundación Areces, hablamos con ella sobre las mechas prendidas en un mundo como el actual, donde se atenta contra estatuas de Colón, se habla de desenterrar dictadores como Franco, rehabilitar a otros como Stalin, y el mundo contiene el aliento ante los nuevos liderazgos agresivos y la escalada de las guerras comerciales como la que ha estallado entre Estados Unidos y China. Sin perder de vista el Brexit, para saber que piensa una especialista en la historia del Imperio Británico.

¿Hemos convertido la historia en un argumento político?

Siempre lo ha sido. Se ha utilizado como argumento por grupos, individuos y gobiernos para justificar lo que hacen, como China hoy reivindicando su presencia en el mar con el fin de controlar a Taiwán. Ha sido muy frecuente y ocurre desde el Imperio romano, cuando hablaban de la historia griega. Se utiliza la historia para reclamar dominios, para exigir disculpas, reparaciones… La historia debe ayudarnos a hacernos las preguntas adecuadas.

Vivimos ecos de los años 30. Populismo rampante, la democracia en horas bajas… ¿Comparte esta óptica?

No es la misma situación, pero hay cosas preocupantes. Los populismos tiene diferentes causas, aunque normalmente surgen de quejas muy reales. Es importante que no descartemos esto, la gente está sufriendo. Pero también sepamos que los líderes políticos menos escrupulosos, cuando no antidemocráticos, se aprovechan, sacan ventaja. Utilizan las instituciones democráticas, como hicieron los nazis, para ser elegidos y después desarmarlas. Pero la democracia es más fuerte ahora que en los años treinta. Y no tenemos ahora -toco madera- una recesión como la del 29, hay fortaleza en las instituciones internacionales. Hay un riesgo en ser demasiado pesimista…

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Pero todo está en revisión: Stalin en Rusia es un ejemplo.

Los líderes tratan de controlar la historia porque les justifica. Putin trata de ponerse en la trayectoria de los liderazgos más fuertes de la historia de Rusia. Un día le dijo a un político canadiense de visita en Moscú: «Como dijo mi predecesor Pedro el Grande…» a Stalin lo ve como el gran líder de la Gran Guerra patriótica, como ellos llaman a la II Guerra Mundial, y minimiza sus «pequeños errores» como la muerte de 30 millones de personas.

Usted enseña en Oxford. ¿Qué dice la historia sobre el Brexit?

Gran Bretaña siempre ha tenido la doble tendencia de vivir con el continente y aparte. Mi visión es que la historia británica está trenzada a la del continente, no puedes desanudarla. Hasta 1807 la Corona no dejó de reivindicar una buena parte de Francia.

…desde Leonor de Aquitania.

… ¡Sí! Y puedes ver el Canal de la Mancha como una muralla, pero durante nuestra historia, desde la Edad Media, fue una autopista para el comercio, la gente, las modas. Se va más lejos por mar que por tierra.

¿Y cómo quiere que acabe el Brexit?

Es posible que al final no nos vayamos, pero eso dejaría a mucha gente cabreada. Y es posible que salgamos sin acuerdo, lo que daría el mismo resultado, mucha gente disgustada. Habría un término medio, aceptar las reglas que ponga la UE en un acuerdo parecido al de Noruega…

¿Qué piensa de la llamada «memoria histórica»? ¿Necesitamos a Freud?

La memoria no es historia. Los historiadores tratan de llegar a los hechos. La memoria es cómo un colectivo ve el pasado. Da lugar a disputas, como la que ustedes tienen con la Guerra Civil, la tumba de Franco… Siempre es difícil tratar con estos dramas, creo que el debate es positivo. Pero la historia se usa como arma por un grupo contra otro…

Y si juzgamos el pasado con valores de hoy, ya el lío es perfecto.

Todo el tiempo hacemos juicios pero debemos entender el pasado como pasado, reconocer eso no es perdonar, es entender. Hay quien quire siempre derribar estatuas, como ocurrió en Oxford con la de Cecil Rhodes, cuya fortuna colonial pagaba becas. Ustedes deben tratar con el asunto de Franco, no pueden hacer como que no existió. Son asuntos que deben ser abordados caso a caso.

En América van contra las estatuas de Colón ahora.

Colón puso algo grande en marcha pero no creo que supiera que llevaba enfermedades a América. Fue catastrófico para los indígenas pero no fue premeditado, no tiene culpa ninguna. No puede ser responsable de lo que viniera después. Nunca es fácil cuando chocan dos civilizaciones y una es más poderosa en armas. Ustedes tenían caballos y arcabuces, los indios no. No es amable. Antes lo hicieron los romanos, los griegos… Todos lo han hecho a lo largo de la historia.

En estos momentos escribe un libro sobre las Conferencias de Paz de Yalta y Potsdam. ¿Qué puede contar?

Estoy apenas empezando. Quiero mirar cómo se configuró el mundo en aquellas conferencias de paz. Tomaron importantes decisiones.

También estaban viendo nacer la siguiente confrontación, la GuerraFría, que vino inmediatamente.

No creo que la vieran.

¿Ni Churchill?

Creo que Churchill pensaba en ese momento que sería posible cooperar con Stalin, y Stalin con Roosevelt y Churchill. No se fiaban unos de otros, cierto; tenían sospechas, pero todos pensaban que sería posible la cooperación tras la guerra, según he podido comprobar en sus cartas.

¿Cree que es posible la balcanización de España?

Espero que no, son una entidad política más estable que Yugoslavia. Existen vías para expresar vuestras diferencias que no existían en la Yugoslavia de los ochenta y noventa. Y además entonces todo dependía de Tito y desaparecido Tito todo erupcionó. Pero tenéis que ayudaros para que los demagogos, como lo eran Milosevic o Franjo Tudjman, no lleguen al poder. Yugoslavia no había llegado nunca a ser una democracia, y España sí lo es.

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