Censurar a un presidente

Siempre he admirado la elegancia con la que los locutores de radio cortaban las llamadas de los chiflados. Mara Torres, en su época de Hablar por hablar, tenía un arte especial haciéndoles callar. Se necesitan un temple y una pasta muy dura para mantener el tipo mientras se busca la pausa en una frase donde interrumpir y cortar por lo sano sin parecer grosero. El jueves, los presentadores de las principales cadenas estadounidenses aplicaron ese filtro antichalados cuando Donald Trump empezó a soltar truenos, rayos y centellas por esa boquita suya en pleno recuento. Fue un acto reflejo. A cualquier realizador se le va la mano al botón cuando escucha ciertas cosas en directo. Pero ese acto reflejo ha marcado un precedente tan siniestro como las propias palabras de Trump.

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