Carlos V vuelve a conquistar Alemania de la mano de La Fura

Cerca de veinticinco minutos de aplausos y de entusiastas patadas contra el suelo por parte del respetable rubricaron el domingo el estreno de la nueva producción de «Karl V», la ópera de Ernst Krenek que, después de más de medio siglo de ausencia, ha puesto en pie a la Staatsoper de Múnich, una de las casas de ópera más arrojadas –y, por ello, más respetadas– de Europa. El montaje tenía sabor español, y no solo por su protagonista, el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, sino porque el responsable de la puesta en escena ha sido Carlus Padrissa (La Fura dels Baus), con la inestimable ayuda de la artista Lita Cabellut, que sin duda va a ser su pareja de baile en otros montajes operísticos (de momento, ya tienen una oferta para montar «Carmen» en China). Había, además, en el estreno un componente sentimental. Padrissa se lo dedicó al periodista César López Rossell, crítico de «El Periódico» que falleció en julio del año pasado, y con el que, contaba el director de escena, habló varias veces sobre esta ópera.

No podía disimular Padrissa su satisfacción después del estreno, aunque con la boca chica decía que hubiera preferido escuchar algún abucheo cuando alguien le señaló la unanimidad del público en el aplauso. Por su parte, Lita Cabellut se mostraba eufórica al día siguiente, cuando confesaba que no había podido dormir de la emoción y contaba admirada que era algo extraordinario ver al público alemán ponerse en pie para aplaudir una producción. «Y más con una música tan complicada».

Se refería la artista oscense (cuya historia podría servir de argumento para otra ópera) a la partitura de Ernst Krenek, que se trata de la primera ópera dodecafónica de la historia. El compositor austríaco (Viena, 1900-Palm Springs, California, 1991) la compuso entre 1931 y 1933. Encargo de la Ópera de Viena, su estreno se suspendió después de que los nazis incluyeran a Krenek en la lista negra y prohibieran su obra por ser «música degenerada». El compositor presentaría algunos fragmentos en Barcelona y la ópera completa se estrenó en Praga el 22 de junio de 1938, con la ausencia del autor, que se encontraba ya exiliado en Estados Unidos. Es una ópera apenas representada; en Múnich no se veía desde enero de 1965.

Poder y gloria

Se sitúa «Karl V» –que cuenta con libreto del propio Krenek– en Yuste (Cáceres), donde Carlos V, en sus últimos días, repasa su vida. El cuadro «La Gloria», de Tiziano, preside la estancia desde la que el hombre más poderoso del mundo en aquella época –en su Imperio no se pone nunca el sol, le dijo por Fray Francisco de Ugalde– recuerda distintos episodios de su vida;la ópera recupera, como en un «digest», momentos como su relación con su madre, Juana de Castilla; sus hermanos Leonor y Fernando, y con su esposa Isabel;con el Rey Francisco I de Francia, su principal enemigo, o con el superior de los jesuítas Francisco de Borja, así como la crisis del cisma luterano. Krenek presenta al Emperador como un hombre atormentado, pero no arrepentido, y la ópera es una profunda reflexión sobre el poder, la religión y el tiempo. Precisamente este elemento es uno de los que subraya el trabajo de Lita Cabellut, especialmente en el deslumbrante vestuario dominado por el blanco y negro. «Carlos V ha heredado tantos territorios que entre todos ellos nunca se llega a poner el sol –dice Padrissa–; son tan grandes, diferentes y están tan distantes que, pese a su utopía de unirlos bajo una única religión jamás llegó a conseguirlo, porque si ni tan siquiera pudo llegar a recorrerlos y conocerlos todos, mucho menos hubiera podido unificarlos. La esfera de la tierra es tan inmensa, de naturaleza tan rica y culturalmente tan variada, que es globalmente indomable».

Utopía

La utopía soñada por Carlos V y la heterotopía que definió el filósofo Michel Foucault, en el que se confunden tiempo y espacio, sobrevuela la puesta en escena de Carlus Padrissa, donde elementos como agua y fuego cobran una enorme importancia, y donde la estética furera se hace presente especialmente en las figuras blanquecinas que sobrevuelan el escenario en distintas escenas.

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Padrissa ha firmado un espectáculo poderoso y deslumbrante para vestir a una partitura tan árida como fascinante, especialmente en el final del primer acto, un enérgico concertante. Erik Nielsen dirigió con maestría, y entre los cantantes destacaron especialmente el barítono danés Bo Skovhus (Carlos V), que recibió una verdadera salva de aplausos, y Michael Kraus (Lutero).

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