Capotazos, morlacos y cucarachas de Picasso en las páginas de ABC

«Arias: vamos a los toros, que es lo único que nos queda». La frase es de Pablo Picasso, y su destinatario, Eugenio Arias (Buitrago, Madrid, 1909 – Vallauris, Francia, 2008), personaje fundamental de la biografía en el exilio del pintor malagueño. De forma injusta, en ocasiones se ha reducido su papel al de «barbero del pintor». Incluso si así hubiera sido, esto ya le suponía un mérito considerable. Porque, entre las múltiples manías del autor del «Guernica», se encontraba la de que nadie le tocara la cabellera. Se la cortaba él mismo. Pensaba que por ahí se le podía escapar parte de su fuerza si un fragmento caía en las manos incorrectas. De esta manera, también se aseguraba que no cualquiera «le tomaba el pelo». Pero es que Arias fue mucho más que eso: fue su amigo, su confidente, casi su secretario.

De él, lo que al pintor le fascinó desde el comienzo de su relación -en Francia, consecuencia del exilio voluntario del primero, y del obligatorio del segundo, al pertenecer al bando que perdió la guerra- fue su sabiduría popular, su carácter comprometido, su naturaleza trabajadora. Su amor por España y por los toros. Cuestiones que les unirían de por vida.

«Mucho se ha hablado de la relación de Picasso con grandes autores como Apollinaire o Paul Eluard -recuerda Carlos Ferrer, comisario de la muestra «Exilio y nostalgia. Dibujos inéditos y libros ilustrados de Picasso en la colección de la familia Arias», que el 24 de octubre inaugura en la Casa Natal del pintor en Málaga-. Lo que una cita como esta y su catálogo se proponen es superar la anécdota de Arias como “empleado” de Picasso. La suya fue una relación entre iguales, no entre jefe y subordinado, siendo este además una figura clave dentro del exilio español en las décadas posteriores a la guerra». En este punto, conviene destacar que fue Alberti, otro literato, el que señaló que delante de Arias nadie podía hablar de Picasso. De hecho, este -que hasta le tuvo de padrino de bodas- siempre se refirió a él como su «segundo padre» (se llevaban 28 años): «Él me llamaba hijo a mí. Y un día me dijo: “¿Por qué me llamas de usted? Háblame de tú”. Yo le contesté: “No. A mi padre yo nunca lo llamé de tú”».

Acto de resistencia

Hay que puntualizar, además, que no fue Eugenio Arias el que buscó a Pablo Picasso, sino al contrario. Ambos ya habían coincidido en Toulouse, en 1945, en un homenaje que los exiliados españoles realizaban en Francia a Dolores Ibárruri, la Pasionaria, por su 50 cumpleaños. Fue la victoria franquista la que le obligó a abandonar nuestro país en 1939 con dirección al vecino, donde pasaría por alguno de sus campos de concentración y donde se volvería a alistar para luchar, ahora contra el nazismo.

De los 63 ejemplares taurinos sobre páginas de ABC, solo uno, del 5 de octubre de 1963, está fechado por su autor

Como el pintor, tomó la determinación de no volver a España mientras durara la dictadura, aunque jamás -ninguno de los dos lo hizo- solicitó la nacionalidad francesa y tuvo que renovar año tras año su permiso de residencia: Saberse españoles era el último acto de resistencia de ambos. Afincado en la Costa Azul, en la localidad de Vallauris, despojado de todo, abrió una pequeña peluquería con Simone Francoual, la que terminaría siendo su esposa. «Era lógico que a Picasso le picara la curiosidad y quisiera conocer al único compatriota, exiliado como él, que tenía cerca, con el que podía además compartir el idioma materno». Eso sucedió una jornada de 1947, gracias a la señora Ramié, una de sus primeras clientas. Su amistad se extendería hasta 1973, año de la muerte del malagueño. Fue además de los pocos que veló su cadáver.

Uno de los dibujos picassianos en las páginas de ABC
Uno de los dibujos picassianos en las páginas de ABC – Francis Silva
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Por descontado que se convirtió en su barbero. Éste le visitaba cada dos semanas, los lunes, que eran los días que cerraba el negocio. El maestro le llegó a grabar con la técnica del pirograbado una caja que usaba para guardar las herramientas que solo usaba con él. También le «tuneó» una bacinilla por la que un directivo de Peugeot le ofreció hasta dos coches. Curiosamente, el mismo Picasso ya le regaló en su día uno para facilitarle acercarse a su domicilio. También fue su confidente y una especie de secretario. Recuerda Madelaine Airas, su nuera, y hoy, junto a su hija Pauline, heredera del legado del de Buitrago de Lozoya (incluidos los dibujos inéditos que suscitan estas líneas), que su suegro se convirtió en pieza clave entre Picasso y sus interlocutores políticos: «La regla era que todos tenían que pasar por la peluquería, incluso los más altos mandos, como Santiago Carrillo o Jorge Semprún, para que él preguntara a Picasso si le convenía recibirlos. A menudo, Picasso, que confiaba en su juicio, le permitía asumir la responsabilidad».

Sus reconocibles trazos -en cera, lápiz de color o rotulador- le sirven para resaltar, ilustrar o completar la información de las crónicas

Y como no podía ser de otra manera, a ambos compatriotas les unía su pasión por los toros, en buena medida, razón de ser de la excepcional muestra que ahora nos ocupa. Excepcional por su novedad, basada en gran parte en los dibujos, hasta ahora inéditos, con los que el pintor fue obsequiando al madrileño; y por su naturaleza, en buena medida, ilustraciones con las que Picasso «comentaba», sobre las páginas del ABC de la época, las crónicas taurinas que llegaban del otro lado de la frontera, lo que dio lugar a una especie de juego entre amigos con sus propias reglas.

«Es tras la muerte de Eugenio que su hijo Pedro [el esposo de Madelaine] encontró en su habitación esas páginas de ABC de los sesenta que había conservado toda su vida». Un total de 63 dibujos (dos de ellos a doble página) con los que Picasso hacía -sobre el periódico y a mano alzada- su propia crónica de las crónicas de grandes del periodismo taurino como Antonio Díaz-Cañabate: «No podemos entender estas piezas como los típicos dibujos que preparas de forma rápida para un amigo, sino que dan pie a toda una correspondencia entre dos personas muy cercanas, un ejercicio de intimidad en el que ambos interlocutores conocían aquello de lo que hablaban y las bromas o chistes internos que se derivara de todo eso», subraya Ferrer.

De forma espontánea

El «juego» surgió de forma espontánea. No sabemos exactamente cuándo fue que Arias empezó a hacerle llegar a Picasso ejemplares de ABC. Lo que sí que tienen claro tanto Ferrer como Pilar Rodríguez Martínez y Salvador Bonet Vera, del centro de documentación de la Fundación Picasso. Casa Natal de Málaga, es por qué, a pesar de su ideología, optaban por este diario: «En esa época, era de los pocos periódicos nacionales que llegaban al extranjero. Y la calidad de sus crónicas taurinas era inmejorable. Eso lo reconocían a pesar de sus ideas políticas. De hecho, y aunque acudían a las pocas que se celebraban en Francia, ambos echaban de menos la calidad de una buena faena y necesitaban leer sobre ellas. Las que se celebraban en el país vecino estaban, a su juicio, muy descafeinadas».

Eugenio Arias, que fue más que el barbero del pintor malagueño
Eugenio Arias, que fue más que el barbero del pintor malagueño

La anécdota que desencadenó este artístico divertimento tiene lugar días después del 16 de diciembre de 1962. Entonces, en un ejemplar de ese jornada, Arias reconoce reproducida una de las aguatintas para «La tauromaquia», de Picasso (que ya había colaborado en el pasado con ABC y la revista «Blanco y Negro»): «Inserción espontánea -le anota-. Nuevamente asoma nuestro Pepe Illo». A partir de ese momento, y hasta 1968, cuando el malagueño abandone Vallauris y se amplíe la distancia física entre ambos, las misivas llevarán el camino inverso, y será el andaluz el que intervenga las páginas con su particular estilo.

Cleopatra y Osborne

Todo un universo de picadores, toros y toreros empezara a convocarse, sobre todo, en torno a las páginas de la sección taurina entre anuncios de máquinas de escribir, del icono de Osborne o de la película «Cleopatra» de Elizabeth Taylor y Richard Burton. Cualquier cosa es una buena excusa para un chascarrillo. Más adelante, y a modo de señuelo, llamadas desde las portadas de los ejemplares, con un «Para Arias» y el número de página en el que este debería buscar. Sus reconocibles trazos, en cera, lápiz de color o rotulador, le sirven para resaltar nombres, títulos o informaciones completas, para rechazar lo superfluo, para «ilustrar» lo que se desprende del texto o para completar lo que le falta. «Es posible que muchos códigos se nos escapen, porque son personales -explica Ferrer y su equipo, como cuando Picasso le pide que repare en un anuncio para los suscriptores de ABC (¿acaso Arias lo fue?), o cuando se deleita en otro de trajes de comunión de El Corte Inglés (¿ellos, ateos como eran?)-, pero sí que hay escenas que se repiten, como aquellas en las que los toreros parecen huir de los toros, y que hacen alusiones a no muy buenas faenas». Y junto a esos esbozos perfectamente reconocibles, pese a la esquemática naturaleza de muchos de sus trazos, unas enigmáticas cucarachas…

Un soporte frágil

Estos dibujos, unos cuarenta de los más de sesenta que se conservan, formarán parte del grueso de la exposición malagueña, resultado de la cesión de todo el conjunto por parte de las herederas de Arias al Museo Casa Natal de Picasso para llevar a cabo su catalogación y correcta conservación -sabedoras de la fragilidad del papel de periódico como soporte-, que allí depositan sus contenidos durante cinco años.

A su lado, se muestran también otras joyas similares, como el ejemplar de 174Picasso. Dibujos y escritos175, publicado por Camilo José Cela en 1961 y que Arias recibió como regalo en su 57 cumpleaños con 35 dibujos y poemas realzados, y cuyo colofón es un Rostro de hombre barbudo a rotulador y en seis colores. En él son además destacables las intervenciones que el artista hizo en las páginas en blanco, en buena parte por ser lo más cercano que Picasso estuvo de la abstracción desde sus dibujos de constelaciones de los años veinte. Este volumen no fue nunca firmado por Picasso, como todos los demás de la tirada. ¿Hacía acaso falta?

Un tercer bloque de la muestra lo compondrán cuatro libros ilustrados de la colección: «Sueño y mentira de Franco», «Carmen», «La tauromaquia» y «Sable mouvant», cuyo nexo común vuelve a ser España. Mención especial merece el primero, de 1937, una de las primeras adhesiones de Picasso al bando republicano en la Guerra Civil, antes incluso que el «Guernica», para recaudar fondos para su causa. El ejemplar de los Arias es una de las 30 pruebas de artista firmadas a mano. Finalmente, la muestra se cerrará con dedicatorias y otros dibujos sobre soportes diversos, ya sean sobres, catálogos de exposiciones, ejemplares de revistas («Le Patriote», nº 255), o libros, como el de firmas de la barbería, con dedicatorias de Lucía Bosé, Luis Miguel Dominguín, Alberti o Joaquín Peinado, y que Picasso abrió con un pase de capote a bolígrafo.

Algo descartado

De los 63 ejemplares taurinos sobre páginas de ABC, en un noventa y cinco por ciento inéditos hasta la fecha, solo uno, del 5 de octubre de 1963, está fechado por su autor. Más de la mitad corresponde al periodo que va de marzo a septiembre de 1964. ¿Cabe la posibilidad de que, debido a su naturaleza, algunos otros se hubieran perdido? «Es prácticamente imposible -responde tajante el comisario-. Arias era muy celoso de lo suyo. De hecho, estos no se descubrieron hasta su posterior entierro». En el de Picasso, no podía faltar «su (mucho más que) barbero». El museo que ahora organiza esta muestra conserva una copia idéntica de la capa española con la que Arias cubrió su cadáver. Fue un regalo del padre de este al pintor, que, por otra de esas rocambolescas decisiones del destino, les llegó a la barbería a través de un jugador del Real Madrid. Genios y figuras hasta la sepultura. Los toros y España, hasta el final de sus días. Uniéndolos una vez más.

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