Burbuja sin concesiones

Burbuja, como tal, es un término que el fútbol profesional ya había adoptado como propio mucho antes de la llegada del temible covid-19. Las circunstancias actuales invitan a conjeturar sobre la necesidad -o no- de que cualquier competición deportiva se desarrolle en circunstancias tan especiales, tan restrictivas, como las adoptadas por la NBA o el PGA Tour, por poner dos ejemplos reconocibles. Pero el fútbol, hermano pródigo de todos los deportes, siempre se ha sentido especial con respecto a sus semejantes, el único en el que la lógica aconseja mirarse el ombligo como primer paso y, después, si se considera necesario, actuar en consecuencia. A día de hoy, es la liga española la que centra toda la atención mediática y los reproches más severos por unas medidas de control que se han demostrado insuficientes aunque solo fuese en el tramo definitivo de su desarrollo, pero igualmente convendría no caer en la trampa: todas las grandes ligas del fútbol europeo han incurrido en las mismas prisas y los mismos atrevimientos; lo sucedido aquí, caso Fuenlabrada aparte, tiene más que ver con el azar, o la mala fortuna, que con el rigor y el cumplimiento estricto de ciertos protocolos.

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