Bret Easton Ellis: “No entiendo cuándo se convirtió la izquierda en la mala de la película. Ha sido devastador” | ICON

La música tuvo a Kurt Cobain. La literatura a Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964). Nadie representó mejor el desencanto y el nihilismo de la Generación X. Con menos de 30 años ya había escrito dos novelas generacionales (Menos que cero y Las reglas del juego) y construido a un personaje inolvidable como Patrick Bateman, el yupi psicópata de American psycho. Como Bateman, Ellis fue adicto a todo lo que se podía ser adicto pero, a diferencia de Cobain o de su colega y archienemigo David Foster Wallace, Ellis no se suicidó. Perdió dinero jugando a ser cineasta, y se dedicó a canalizar su furia a través de su cuenta de Twitter y sus podcasts.

Hoy poco queda de aquel joven atildado que quemaba la noche neoyorquina vestido de Armani, esnifando cocaína en los bares de ambiente junto al pintor Basquiat. El escritor que quería ser como Richard Gere en American gigolo ahora concede las entrevistas para promocionar Blanco (Literatura Random House) en chándal, como si quisiera demostrar que su capacidad de provocar sigue en forma y viene directa del gym.

Por supuesto, como provocador nato, Bret es sologripista y cree que esto de la cuarentena es una chorrada, un motivo más para su pasatiempo favorito: poner a caer de un burro a su novio, Todd Michael Schultz, 22 años menor y miembro de lo que llama “Generación Gallina”: “Mi vida no ha cambiado mucho. Ya antes del confinamiento me pasaba el día en casa y mantenía la distancia social. De hecho, los tres primeros días fue un alivio eso de suprimir reuniones. Para mi novio, que es un milenial adicto a las redes sociales, y se pasa todo el día jugando a videojuegos, tampoco creo que haya supuesto un gran cambio”.

Uno pensaría que la cuarentena es el escenario ideal para que un escritor se inspire frente al folio en blanco… No puedes obligarte a escribir una novela. Surge de manera natural y es un gran esfuerzo. Es como dar a luz. Llevo 15 años trabajando en mi nuevo proyecto, y no soy capaz de escribir dos frases al día. Escribo un poco, leo algo en Internet, me veo un vídeo porno, me meto en Twitter, vuelvo a ver otro poco de porno, leo… Ese es mi proceso creativo.

¿Esa dificultad es la que le ha llevado a publicar un libro de ensayos? En realidad, me lo han pedido mi editor y mi agente. Querían que recopilara mis trabajos de no ficción de los últimos 35 años. Los empecé a leer y me di cuenta de que eran terribles. Recuerdo uno especialmente largo para Rolling Stone. Me lo encargaron porque me consideraban “la voz de una generación”. ¡10.000 palabras! Creí que era maravilloso. Hoy lo que me asombra es que alguien llegara a publicar eso. Es malísimo. Pero dándole vueltas, alguien me dijo que las introducciones a mi podcast eran pequeños ensayos. Y de ahí surgió la idea del libro, porque había una coherencia temática. Yo nunca voy a escribir mis memorias. No me interesa contar mi vida amorosa o mi relación con mis padres. Pero esto era distinto: es la opinión de alguien nacido en los años sesenta, que ahora es un ex de la Generación X y habla de cómo ha cambiado la cultura.

Para los jóvenes de mediados de los ochenta y principios de los noventa, usted era un escritor con estatus de estrella del rock: todo el mundo conocía a Bret Easton Ellis y su obra… Me gustaría haberlo sabido en su momento. Me gustaría haberlo disfrutado. Me gustaría haberme dado cuenta de que la gente pensaba eso de mí. Desgraciadamente, estaba demasiado perdido en mis problemas personales. Nunca me fie de mí, ni de la fama, ni de mi prestigio. Tienes que comprender que, cuando tú me veías como una estrella de rock, yo estaba sufriendo ataques durísimos de la crítica y de las feministas. De todos modos, creo que Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Dave Eggers o Chuck Palahniuk también disfrutaron de ese estatus…

¡Pero ninguno de ellos tenía su habilidad para estar constantemente en los medios! Tal vez porque yo nací en Los Ángeles, y los padres de mis amigos trabajaban en medios de comunicación, así que para mí fue más sencillo. No me ponía nervioso o sentía ansiedad cuando me entrevistaban en un plató de televisión.

De hecho, parecía disfrutar con la prensa, al contrario que los siempre reacios y esquivos Franzen y Foster Wallace… Eso es mentira. Los escritores somos unos seres sedientos de fama y reconocimiento. Tanto a Franzen como a Foster Wallace les encantaba la publicidad, ansiaban ser famosos como cualquier otro escritor. Si lees las memorias de las parejas de Foster Wallace comprenderás que era un tipo incapaz de enfrentarse a los medios de comunicación debido a sus inseguridades. Cuando uno se suicida con una escenografía como la de Foster Wallace, colgándose con el manuscrito de su novela inacabada a sus pies, es porque le preocupa su reputación y el qué dirán. Y a mí mi reputación me importa una mierda. Muchas veces me preguntan por qué hago o digo algo. Pues mira, porque me da la gana.

En Blanco se despacha a gusto con unos mileniales a los que rebautiza como “Generación Cobarde”. ¿Por qué los detesta tanto? Porque vivo con uno de ellos. Con él y con tres Alexas: una en el despacho, otra en el salón y otra en la habitación. Mi novio es tan vago que es incapaz de buscar programas en la televisión o hacer cualquier cosa sin pedírselo a Alexa. Me irrita que los mileniales tengan una obsesión constante con sentirse oprimidos, con que todo conspira contra ellos por su sexualidad, por su color de piel, o por su cuerpo … Y como ser una víctima es muy triste, todo el mundo siente empatía y compasión por ellos. Es un círculo vicioso. La vida está en contra de ellos como está en contra de todos. ¡Lucha contra ella!

Los mileniales de hoy son los niños a los que, en su novela Lunar Park, de 2005, sus padres atiborraban de pastillas. ¿No tendrá alguna responsabilidad su generación? ¡Es que ese niño ahora ha crecido y es mi novio! Su generación ha estado tan sobreprotegida que los ha convertido en jóvenes deprimidos y con tendencias suicidas. Fíjate en Billie Eilish, una artista cuya música no me interesa para nada, pero cuya figura he querido entender. Con 18 años ha arrasado en los Grammy. Y entonces te pones a leer sobre ella y cuenta que toda su vida ha estado deprimida, que se ha planteado el suicidio, y que no ha conocido un instante de alegría. No la entiendo. ¡Y es una historia normal para su generación! Y entonces es cuando te preguntas si la escasa producción de buenas películas, música y novelas de esta generación no se debe a este hecho.

Entonces, ¿no le interesa el trabajo de iconos mileniales como Sally Rooney o Jia Tolentino? No he leído a Tolentino, pero sí a Sally Rooney. No es una mala escritora, pero lo que cuenta me parece demasiado neutro, falto de emoción. La pregunta que me hago es: ¿por qué ya no existe un libro como Las correciones de Franzen o un Menos que cero de Ellis o un El club de la lucha de Palahniuk en esta generación? Pues porque las novelas ya no le importan a nadie.

Es una idea esencial de Blanco, que ni el cine ni las novelas tienen ya público. Lo resumía muy bien el inicio de The canyons (2013), la película que usted escribió y que dirigió Paul Schrader, con esos planos de cines abandonados… El público del cine y de la literatura ha cambiado. Me tildan de alarmista y hater por decirlo, pero es que es un hecho: las ventas de libros de éxito se han desplomado en EE UU. ¡Si hasta John Grisham dice que vende la mitad de los libros que vendía en los noventa! Y ya está. No pasa nada por admitirlo. Yo sigo leyendo cada mañana y estoy escribiendo una novela. Me pone triste, pero no es algo que me hunda en la miseria, hay cosas peores en la vida. Pero echo de menos que aparezca una novela que todo el mundo lea y de la que todo el mundo hable. Eso pasaba antes y no pasa ahora. Y con las películas ocurre lo mismo. Creo que soy la última persona de mi generación que todavía va al cine. Supongo que soy un tipo raro, porque también soy el típico tío al que le gusta escuchar discos enteros, y no canciones sueltas.

¿Y qué discos escucha? Pues últimamente escucho mucho a Taylor Swift: Lover es el último gran disco de la historia del pop. Taylor es la que tiene más talento de su generación para escribir melodías. También me ha gustado mucho On the line, de Jenny Lewis y, por supuesto, amo Norman Fucking Rockwell, de Lana del Rey. Las canciones ya no significan tanto para mí como lo hacían cuando tenía 18 o 24 años, esos momentos en los que la letra de un tema te destrozaba la vida o te la cambiaba. Pero soy un tipo curioso.

Es una selección muy calmada… Tengo 56 años. Ya no voy a fiestas ni hago el loco en raves, pero me interesa mucho la narrativa del hip hop. Me pasa con Tyler The Creator. Igual no me gusta su música, pero sí las historias que cuenta. La música es algo muy inmediato, no tiene un componente intelectual: la escuchas porque te llega, y ya está.

Retomemos el tema de los mileniales. Es curiosa su crítica justo ahora, cuando ellos reivindican su libro American psycho. ¿Realmente la Casa Blanca está gobernada por Patrick Bateman y sus amigos? La gente ha reflexionado más que yo sobre la influencia de American psycho, y sobre el hecho de que, en 1991, haya anticipado algunas de las cosas que han pasado después. No tengo esa relación con el libro. Mis problemas con la novela son otros. De haber sabido que iba a vender tanto le habría dedicado más tiempo, la habría escrito mejor. Entiendo que pueda ser una respuesta aburrida, pero es que es así.

Bueno, su reivindicación es normal, Bateman estaba obsesionado con Donald Trump, y mire dónde está Donald Trump ahora… Y esa obsesión enfermiza por el consumismo, la ideología neoliberal… También parecen muy actuales. Los tipos de American psycho vivían en los años ochenta, pero podían haberlo hecho en los años veinte o en el Londres de Dickens. Los ricos siempre han dictado las reglas, llámese religión, aristocracia o empresarios. Lo que ocurrió con American psycho es que era una novela muy detallista. Se contaba todo sobre Patrick Bateman, sobre su ropa, sobre su dieta, sobre sus ejercicios físicos… de alguna manera, la vida de Patrick es lo que puedes hoy ver en muchas redes sociales: foodies, runners, influencers… Si alguien convirtiera American psycho en una cuenta de Instagram, sería prácticamente una novela.

¿Y podría publicarse hoy en día, en estos tiempos de corrección política que tanto crítica? [Ríe a carcajadas] Por supuesto que no, no se habría publicado nunca. Pero debes recordar que en 1991 fue censurada. Simon & Schuster la rechazó por su misoginia y fue publicada por Random House. Lo divertido es que los censores siempre surgen de la izquierda, nunca de la derecha. Y es algo que no puedo entender. No entiendo en qué momento la izquierda decidió convertirse en el malo de la película y en la policía de la cultura. Ha sido algo absolutamente devastador y desastroso. Pienso mucho en Hollywood: ¿cómo puedes ser tan demócrata y estar tan a favor de una agenda progresista cuando estás constantemente constreñido por lo que puedes decir o lo que no puedes decir? Es realmente deprimente.

Blanco es, en parte, una crónica de lo que usted considera como una castrante corrección política progresista. ¿Cómo ha evolucionado? Ahora vivimos algo terrible, un tipo de censura muy diferente a la de los noventa. Cuando publiqué American psycho, las feministas de The New York Times fueron a por mí. Es muy duro ser un joven escritor y que publiquen hasta 13 artículos intentado acabar con tu carrera, pero aun así se publicó. No se podían emitir los vídeos de Madonna hasta pasada medianoche por su contenido erótico: pero a esa hora los veías. Los discos de hip hop recibían denuncia tras denuncia y las portadas tenían advertencias sobre su contenido, pero los podías comprar. Las exposiciones de Robert Mapplethorpe eran boicoteadas, pero podían visitarse… Lo que entonces era solo un síntoma, ahora es un movimiento real: hay una generación de chicos que se han educado en esta forma de censura, que la han aprendido en la Universidad: políticas identitarias, apropiación cultural, interseccionalidad… La “representación” se ha convertido en lo que marca qué es bueno y qué es malo. Todo eso es la antítesis de la creación. Por eso vivimos tiempos tan peligrosos. Es un problema gigantesco para la expresión artística, porque si te sales de lo que dicta la agenda progresista, acabas en un gulag.

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