Biden, Harris y el alma de Estados Unidos

La noche del 27 de junio de 2019, en Miami, todos los ojos estaban puestos en Joe Biden y Bernie Sanders. El Adrienne Arsht Center for the Performing Arts acogía la segunda velada de debate electoral entre aspirantes a la candidatura demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Había tantos —una veintena— que los organizadores los dividieron en dos jornadas y esa noche coincidían en el ring precisamente los dos favoritos, el representante del establishment y de la era Obama, el exvicepresidente Biden, y el veterano izquierdista independiente, el senador Sanders. La noche estaba diseñada para convertirse en el primer duelo en vivo y en directo de estos dos políticos y, de repente, apareció Kamala Harris.

La senadora de California pasó como una apisonadora sobre las flaquezas de Biden, un hombre con medio siglo de carrera política a la espalda. Harris, de padre jamaicano y madre india, se lanzó a la yugular de Biden por haber presumido de su buena relación con legisladores segregacionistas. “No creo que usted sea un racista”, dijo, “pero eso fue hiriente”. Le reprochó, además, su colaboración contra los programas busing de los años setenta, unos planes de transporte para distribuir a niños por escuelas que trataban de corregir la segregación. “Había una niña en California, de segunda clase, a la que llevaban en esos programas, esa niña era yo”, enfatizó Harris. Biden apenas supo reaccionar. El político se había preparado para replicar las críticas de Sanders y Kamala Harris se hizo con la noche.

Un año después, con la candidatura demócrata en el bolsillo, Biden escogió a esa misma mujer que le había dado un soberano rapapolvo en televisión como compañera de carrera, es decir, como candidata a la vicepresidencia del país. Varón, blanco y de 77 años, el ex número dos de la Administración de Obama encuentra un contrapunto en Harris, de 55 años, la primera mujer negra candidata de uno de los dos grandes partidos y, si los demócratas ganan las elecciones el 3 de noviembre, la primera mujer vicepresidenta de la historia.

No existe un manual político para unas elecciones como estas, marcadas por una pandemia que ha paralizado medio país, con una gran incertidumbre sobre la participación y un último gran giro de guión: el contagio y hospitalización del propio presidente. Todo, en medio de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Las encuestas en el ámbito nacional conceden una mayoría de casi siete puntos (50% al 43%) a Biden y Harris, según el promedio elaborado por Real Clear Politics, una plataforma de referencia en sondeos políticos.

Sin embargo, como demostraron los comicios de 2016, el sistema electoral estadounidense y la ponderación del voto rural frente al urbano hace que la Casa Blanca pueda ganarse o perderse en apenas unos miles de papeletas en territorios muy concretos, aunque se saquen casi tres millones de votos menos en el conjunto del país. Y en los grandes Estados pendulares, como Ohio, Florida o Pensilvania, la brecha respecto a Donald Trump se estrecha peligrosamente para los demócratas.

Estos buscan superar el trauma de hace cuatro años, cuando un candidato imposible, tan controvertido que parecía una broma, venció ante una candidata de manual como Hillary Clinton. Biden cuenta hoy con una ventaja de la que careció la ex secretaria de Estado, que Trump no es contemplado como un riesgo improbable, algo que desmovilizó a muchos electores demócratas, sino una realidad, el hombre que lleva gobernando Estados Unidos más de tres años y que puede hacerlo durante cuatro más.

El exvicepresidente de Obama, por contra, carece de la energía personal de Trump, un animal televisivo, capaz de hablar sin parar durante mítines de casi dos horas. Tampoco representa la savia nueva del partido, no es un líder que electrice a los jóvenes, ni acaba de convencer a los flancos más izquierdistas. Las restricciones del coronavirus le han robado, además, el tipo de política en el que mejor se mueve, el trato cercano con el votante, la conversación de tú a tú al acabar el acto público. Biden, un hombre zurcido por tragedias (perdió en 1972 a su primera esposa y a su hija, Neilia y Naomi, en un accidente de coche y a su hijo Beau de cáncer en 2015), practica la política del abrazo con una autenticidad impensable en la mayoría de políticos.

Harris compensa a Biden en algunos de esos terrenos: sin ser joven, encarna a una generación posterior al veterano político — será el de mayor edad en llegar a la presidencia, si gana— y ha demostrado su garra como fiscal en California, como senadora en Washington y como mujer en campaña. Para aplacar los recelos a su edad, el círculo de Biden ha transmitido que no se presentará a un segundo mandato si gana, lo que favorece la candidatura de su número dos.

Ambos han planteado su carrera hacia el 3-N como un plebiscito sobre Trump, pero es también un examen a la resistencia antitrumpista, la prueba de fuego de si estos tres años de movilizaciones en las calles —primero fueron las marchas de mujeres, luego las protestas contra las armas, ahora el auge del Black Lives Matter— cristalizan en una ola demócrata en las urnas.

El republicano contraataca agitando el miedo a un Partido Demócrata que describe como entregado al socialismo radical, pese a que Biden representa la corriente centrista y moderada, con 50 años de vida política que lo acreditan. Ante la ola de protestas contra el racismo de este verano y su derivada violenta, se erige en el garante de “la ley y el orden”, utilizando la misma fórmula que un candidato llamado Richard Nixon usó en las elecciones de 1968, con el país hecho un polvorín. Nixon ganó, pero el escenario es hoy distinto.

El presidente ha perdido la gran baza electoral de la economía y ha llevado a cabo una más que errática gestión de la pandemia, con más de 200.000 fallecidos registrados ya, superando las peores previsiones. Mantiene, sin embargo, el apoyo de las bases republicanas, que valoran sus medidas antirregulatorias y la gran rebaja de impuestos aprobada al poco de llegar al Gobierno, la mayor desde la era Reagan. La muerte de la juez progresista del Tribunal Supremo, Ruth Bader Ginsburg, acaba de brindarle además la oportunidad de una importante victoria política, la de poder nominar a otro magistrado conservador en la máxima autoridad judicial de Estados Unidos.

¿Qué acabará decidiendo el voto de los estadounidenses? ¿La economía, la religión, la raza, el bienestar social? ¿El miedo? ¿Se inclinará la balanza en el Medio Oeste o en Florida? En una crisis sin precedentes en un siglo resulta imposible adivinar qué idea se impondrá dentro de un mes en el país más poderoso del mundo. Joe Biden se ha reivindicado como el líder que unirá de nuevo al país y acabará con una “temporada de oscuridad” de la que responsabiliza a Trump. Llega a la cita después de haber perdido otras dos carreras presidenciales, en los ochenta y en 2008. Esta elección es, dice, una batalla por “el alma” de América. También, su última oportunidad.

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