Barenboim: “En España quedan aún muchos franquistas”

Ha vuelto a las sonatas de Beethoven. Nunca se alejó de ellas, pero el confinamiento le ha hecho profundizar en unas partituras que llevan acompañándole 70 años. Daniel Barenboim (Buenos Aires, 77 años) fue un niño prodigio. Debutó con siete en el Teatro Colón de Buenos Aires cuando no sabía muy bien qué quería decir aquella expresión. Fue un misterio hasta los 15, cuando su padre y primer maestro, ya después de que se mudaran a Israel, le dijo: “Tira a la basura el prodigio y quédate para siempre con el niño para la música”. Quizás por eso le cueste envejecer. Más cuando ve el mundo patas arriba, muchos asuntos por resolver pendientes y algunos de sus sueños ya imposibles. Aunque como pianista y director de orquesta ha entrado en la historia, al menos, como agitador al frente de proyectos como el West-Eastern Divan, la orquesta de músicos israelíes, árabes y palestinos que formó junto a Edward Said, le queda la espina de no haber sido suficientemente comprendido. Ha vuelto a los escenarios al frente de la Filarmónica de Viena con batuta y ante solo 100 personas: “Ridículo”, dice. Al piano, en el Festival de Granada tocó para más público: se sintió bien. Y en su casa de San Pedro de Alcántara (Málaga), donde nos recibe con su serenidad de sabio a media tarde envuelto en la nube de sus habanos, mejor.

Pregunta. ¿Cómo se ha sentido en el escenario al reaparecer en esta nueva era covid-19?

Respuesta. El primer concierto que dirigí con público fue a principios de junio con la Filarmónica de Viena. Solo, al piano, lo he hecho a finales de julio en Granada. A la orquesta la encontré con una motivación extraordinaria, increíble, por volver a tocar. Siempre lo hacen muy bien, pero esta vez los ojos se les salían de las órbitas, estaban incendiados. Aunque en la sala había 100 personas. ¡Ridícu­lo! Todas las decisiones que se están tomando en ese aspecto son absurdas. El Gobierno austriaco dijo que lo que hiciera la orquesta sobre el escenario era responsabilidad de ellos, pero en el patio de butacas era suya: 100 personas, ni uno más. Es falta de conocimiento.

P.¿Seguimos sin saber apenas nada respecto a esta situación?

R. No sabemos nada sobre esto. Yo estoy contento por no tener que decidir… No sabría cómo resolverlo. Más cuando llegue la crisis de manera fatal para mucha gente: va a ser muy duro.Muchas orquestas van a desaparecer. En lo que toca a la cultura, el problema viene de atrás: ya había perdido gran parte de su valor. Sigue siendo considerada por muchos políticos como algo elitista. Eso no es más que ignorancia por su parte. La cultura sufre un mal momento debido al cambio social que se venía dando.

P. ¿Por qué?

R. No existe la comunión necesaria en el mundo para que progrese porque no existe comunidad global.

P. Quizás porque hemos pasado de una dinámica de integración a otra de desintegración: de la utopía real que supone la Unión Europea, por ejemplo, a la división que fomentan los nacionalismos y populismos.

R. Usted, ¿a qué ha venido aquí? ¿A deprimirme?

P. No, por Dios.

R. Hay muchas y variadas razones. Muy complejas. Vamos a empezar por Internet. Da posibilidades únicas que hemos podido comprobar. Pero mata la curiosidad. Si necesitas algo, das con el dedo y ya. Eso produce una confusión entre la educación y la información. La curiosidad requiere tiempo y nuestra sociedad es impaciente. La curiosidad es el elemento que te hace progresar. Internet en sí no es culpable. Es el uso que las personas hacemos de ello. Como esa frase: ¿qué es un cuchillo? Algo con lo que puedes partir un trozo de pan y dar de comer a la gente o un arma con la que matar a alguien. Internet es eso: un cuchillo. Se habla del espíritu del tiempo, el Zeitgeist que dicen los alemanes, pero nuestro tiempo carece de espíritu. Se valora lo mecánico, la velocidad, poco más.

P. Por no hablar de lo que provocan en la memoria las búsquedas en Google. Alguien como usted, a quien hemos podido ver dirigir Tristán e Isolda (Wagner) casi cinco horas de música, de memoria, ¿qué teme a ese respecto?

R. Cuando vio usted eso, ¿qué pensó? Que yo no sabía leer una partitura, claro… Existe la memoria mecánica y otra con pensamiento, para dirigir necesitas esta última. Pero ¿qué es eso comparado con Hans von Bülow, quien la estrenó y lo hizo después de estudiar el manuscrito de Wagner directamente y la ejecutó de memoria.

P. ¿Usted quería ser en cierto modo Von Bülow?

R. ¡No! Tenía un carácter muy jodido. Pero he leído hace poco una gran biografía sobre él, de Alan Walker, bien escrita, con detalles y sin ornamentos: me la tragué… y he incorporado su pensamiento y su técnica a ciertas cosas de Beethoven, del que he vuelto ahora a grabar todas las sonatas. Un efecto del virus. También él las tocaba de memoria. Fue el primero en hacerlo. Compositor, pianista, gran director: cogió una orquesta de Meiningen y la convirtió en una de las mejores de su tiempo antes de llegar a la Filarmónica de Berlín. Compositor, intérprete, filósofo, poeta…

P. ¿Así que ha vuelto a las sonatas de Beethoven?

R. Llevo desde los años sesenta con ello. Pero una buena partitura es como una montaña. Siempre queda un lado que no ves. Hay que moverse para encontrarlo. Esa visión de Von Bülow me produjo sed. La forma de pensar, graduar, la digitación nada convencional: no busca la comodidad, busca la expresión del pasaje. Las notas repetidas nunca las tocaba con el mismo dedo para no mecanizarlo.

P. El confinamiento, ¿habrá influido en esa nueva visión suya de Beethoven?

R. Para mí ha sido una bendición. Yo me levantaba por la mañana y me ponía a estudiar. Todo el día. Temo decirlo porque sé que ha habido gente que ha sufrido, pero ha sido así en mi caso.

P. Y con ese goce, ¿no ha llegado a pensar también que quizás tiene demasiadas cosas encima?

R. No, tampoco quisiera pasar mi vida así. Tengo gran curiosidad por volver a ver a la orquesta [la Staatskapelle de Berlín, de la que es titular] a finales de agosto. No me encuentro con ellos desde marzo. He disfrutado porque me he imbuido en la lectura de las partituras, a mí no me gusta llamarlo interpretación, prefiero llamarlo lectura. No creo que haya interpretación y sin embargo pienso que hay muchos músicos que no saben leer el texto. Es como si les dieran un libro del que no conocen el idioma. Lo pueden decir, pero no leerlo, comprenderlo. Un músico es un lector, alguien que sabe leer notas y darles vida. No se presta atención a la dinámica ni a la influencia de la armonía, que es un elemento muy poderoso: mucho más poderoso que lo demás. El ritmo, también. Von Bülow decía: “En el principio fue el ritmo”. No sé si estoy de acuerdo, creo que sé lo que quiere decir, pero para mí el poder está en el dominio de la armonía. Por mucha memoria que se tenga, hay que leer siempre la partitura para integrarla.

P. El anillo del Nibelungo wagneriano que hará usted en Bayreuth en 2022, ¿también lo dirigirá de memoria?

R. No, ya no. De Wagner ya solo dirijo de memoria Tristán e Isolda. Estoy demasiado viejito para eso.

P. ¿Y qué pasa cuando uno siente que las cosas que podía hacer de memoria ya no es ­capaz?

R. Nada, nada.

P. Recuerdo que cuando cumplió 70 años, en una conversación que mantuvimos en público en la sede de la Fundación Juan March, se cabreó usted. Le sentó muy mal que se lo recordáramos. ¿No lleva bien que le caigan años? Aunque le encuentro muy sereno ahora.

R. ¡Es que cada vez son más! Recuerdo la primera vez que dirigí a Arturo Rubinstein. Yo tuve una relación privilegiada con él por el simple hecho de que conoció a mis padres cuando mi madre estaba embarazada de mí. Era amigo de ellos y cuando empecé a tocar el piano me quería oír. Yo le admiraba mucho y fue la primera persona que me invitó a almorzar sin mis padres. Yo tenía 12 años, ¿me entiendes?

P. Claro, para usted fue un mentor.

R. Eso: me consideraba de tú a tú. Cuando le dirigí, le contaba, me dijo lo siguiente: “Sé que eres muy buen músico, pero ahora me he dado cuenta del oído privilegiado que tienes. Te voy a pedir un favor… Tú que vienes a escucharme a menudo, si algún día me notas flojito, dímelo. No quiero que mis hijos escuchen que alguien les diga: ‘Sí, tu papá toca muy bien, pero tenías que haberle escuchado hace 10 años”. Aquello fue un gran cumplido.

P. ¿Que le dijera: “Vigílame”?

R. Exactamente. Claro que no hizo falta, él se dio cuenta antes por sus problemas de vista.

P. ¿Usted ya ha advertido a alguien para que haga lo mismo? ¿Que se lo digan?

R. Sí.

P. ¿A quién?

R. No se lo voy a decir.

P. ¿A su amigo Alfonso Aijón, quizás, el gran promotor español e íntimo suyo? ¿A su hijo, Mischa, violinista? Fue él quien le advirtió que aprovechara para tocar el piano más antes de envejecer, que requería fuerza física, ¿se acuerda?

R. Sí, claro… Yo tengo una relación muy íntima con él, más íntima que estrecha, que hay una diferencia, ¿no? Yo empecé a tocar con cinco años. Todo el mundo decía: “Niño prodigio, niño prodigio”. Lo escuchaba, pero no sabía lo que querían decir. Al cumplir los 15, mi padre, que fue mi maestro, me aconsejó, aunque yo no lo entendí bien entonces: “Ya te quedas solito. Hay tanta gente que asegura que eres un niño prodigio. ¿Sabes lo que quieren decir? Ahora tira a la basura lo de prodigio y quédate para siempre con el niño para la música”.

P. Muy sabio.

R. Mi padre lo fue… Con los años se pierden unas cosas y se ganan otras. La energía visceral de los 20 no es la misma que a los 50, pero se equilibra. El problema se presenta cuando ya no se compensa energía con madurez. Cuando ambas cosas bajan. Es ahí cuando ­debes parar.

P. Y usted, ¿dónde se encuentra ahora?

R. Digamos que más cerca de lo segundo. Yo cumplo este verano 70 años de mi debut: no recuerdo un solo día de mi vida sin tocar el piano. Cuando subí a un escenario por primera vez tenía siete.

P. Y con nueve se fueron de Argentina a Israel. ¿Por qué? Rara vez lo cuenta.

R. Es un poco complejo el tema… Mis abuelos maternos, sobre todo mi abuela, fueron grandes sionistas. Ella más que mi abuelo. La mujer era la que mandaba en casa. Mi padre tampoco era un convencido. Digamos que se lo contagiaron mi madre y su suegra. El Estado de Israel se creó en 1948 y mis abuelos se fueron en 1951. Después llegamos nosotros. Ese fue un argumento. Otro, por parte de mi padre, que pensó en mí: deseaba que tuviera una base lo más rica y cercana posible, me imagino. Quería que yo creciera como parte de una mayoría, no de una minoría, que eso me proporcionaría más estabilidad. Confiaba en que tenía un talento fuera de lo común, si me lo permite. Por esas dos razones se decidieron.

P. ¿Fue duro el cambio?

R. Fue muy dura la adaptación a otro alfabeto, a otro idioma.

P. ¿Echaba de menos entonces Argentina?

R. No me acuerdo.

P. ¿Y ahora?

R. Ahora, sí. Ahora, sí. Por varias razones. Porque con los años se vuelve a la infancia y porque lo que está sucediendo en Israel me duele mucho.

P. Es que su familia, como dice, emigró a Israel por la causa, y eso concretamente a usted se le cayó. ¿Cómo era aquel país naciente?

R. Otra cosa radicalmente distinta a lo que se ha vuelto. La escalada militar, que se puede comprender, afectó a sus bondades. El fervor decreció. No se puede ocupar militarmente otros pueblos con nuestra historia a cuestas, con siglos de persecución. El sionismo comenzó con la idea de un pueblo para un país sin pueblo, una idea poética y bellísima, pero falsa: a principios del siglo XX la memoria histórica allí fue falsificada. No se podía decir que aquel era un territorio sin pueblo. Había gente antes: solo existía un 9% de judíos a principios del siglo XX, no es que no hubiera nadie, existía un 91% que no lo eran. Pero eso se ocultaba, esa historia se falsificó.

P. A medida que fue creciendo, también usted se arraigó como un icono. Incluso hasta convenció seriamente de la causa a su primera esposa, Jacqueline du Pré. Eran la pareja del momento en el Estado de Israel como cuenta Ana Arambarri en su libro Música contra los muros.

R. No, yo no la convencí. Ella lo quería. Por una razón muy infantil. Admiraba a grandes intérpretes de cuerda que eran judíos y creyó que para eso hasta podía venir bien convertirse al judaísmo. Yo no influí. No fue necesario.

P. Aun así, era un icono usted.

R. Hasta que me di cuenta de que existía mucha falsedad.

P. ¿Cuándo fue eso?

R. Tras la guerra de los Seis Días, en 1967. Fue la primera vez que se hablaba de dos opciones: devolver los territorios o mantenerlos, por lo que fuera, razones bíblicas, milenarias. Ridículo. Yo eso no lo podía aceptar ni entender. Cuando tienes dos opciones empiezas a preguntarte por qué. Israel había sido además el único país que se había mantenido bajo una forma de gobierno verdaderamente socialista —no comunista— durante dos décadas. La gente que es inteligente no tiene nada contra la idea del socialismo. Pero en la práctica se harta porque no quiere trabajar solo para el Gobierno. Como el país se estaba construyendo, aquella ilusión duró. Además, una guerra en 1948 contra cinco países árabes fue ganada por un Gobierno socialista. La derecha no existía. Era izquierda o extrema izquierda. Muchísimos palestinos entraban a trabajar. Gaza queda a media hora de Jerusalén en coche. Así surgieron los primeros millonarios israelíes, con empleados palestinos. Ahí empieza a surgir la derecha. En septiembre de 1970 me di cuenta de que mucho de lo que nos contaban no era cierto. Golda Meir, la primera ministra, llegó a decir que los palestinos no existían, que nosotros éramos los palestinos del siglo XX, y aquello fue empeorando y empeorando… Hasta ahora.

P. ¿Con la nueva partición del territorio propuesta el año pasado con mediación de Trump y ahora en suspenso?

R. Ahora peor que nunca. El conflicto no lo saben resolver ni los israelíes, ni palestinos, ni nadie. Ningún país da con la clave. Este no es un conflicto entre dos Estados. La prueba es que cuando me dieron la nacionalidad palestina hubo un debate en el Parlamento para quitarme la israelí. Al final, el ministro de Justicia lo zanjó de esta manera: dijo que nada le haría más feliz que hacerlo, pero que no tenían derecho porque según la ley no pueden desnacionalizar a nadie a no ser que acepte entrar a formar parte de un Estado enemigo. Y Palestina no es un Estado. ¡Increíble! Por eso no se puede resolver el problema. Son dos pueblos que sienten el derecho absoluto a vivir en el mismo territorio sin el otro. No se aceptan el uno al otro. Nadie entiende esto: ni los americanos, ni los rusos, ni los europeos. Buscan un compromiso entre dos que se reconocen y no es posible. Hay que empezar por intentar que se admitan primero.

P. ¿Esa fue la base de la creación del West-Eastern Divan, la orquesta que inventaron Edward Said y usted con israelíes, árabes y palestinos?

R. Esa fue mi esperanza.

P. ¿Y se siente fracasado?

R. Musicalmente, no. Para nada. Tocamos la Novena sinfonía de Bruckner el año pasado. Pero, políticamente, como influencia en el pensamiento de la gente: cero.

P. Pasa el tiempo y observar esa cerrazón, esos pasos atrás, lleva a pensar cómo se sentirá usted, íntimamente.

R. Cuando estoy separado de ellos a veces me digo: quién me manda a mí meterme en este lío. Pero cuando hacemos música juntos no conozco nada comparable a esa comunión. Tocamos una sinfonía de Brahms y en un solo, todos, absolutamente todos nosotros, nos concentramos en que salga bien. Eso me proporciona una inspiración increíble.

P. ¿Inspiración o esperanza?

R. Con los añitos, un poco menos de esperanza. Se afloja la esperanza con los añitos…

P. Ay, los añitos, eso que le cabrea tanto a usted.

R. No me cabrean, pero los noto, los siento, es normal.

P. Y eso que han dicho el año pasado sobre que algunos músicos de la Staatskapelle se quejaban de maltrato, ¿qué fue?

R. Algo que magnificó la prensa. En 2000 me nombraron director a perpetuidad. Yo les dije que era el mayor honor que me podían conceder, pero puse dos condiciones: si cambiáis de opinión al día siguiente me voy. Y si me veis flojito, me lo decís. Dejadme ir porque no quiero quedar como una momia. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido. Ya va para 29 años que llevo con ellos.

P. ¿Se quedó usted con la espina de no haber sido elegido titular de la Filarmónica de Berlín en 1999?

R. No, no, no. Y ahora me nombraron director honorífico.

P. ¿Son muy suyos…?

R. Son muy inteligentes… Y la gente inteligente… Ya en su historia se ve: una orquesta con un enorme grado de libertad y autonomía. Ya en 1887, cinco años después de su fundación, tomaban decisiones que ninguna otra tomaba artística y musicalmente. Gracias a Von Bülow, que la configuró así.

P. Con Angela Merkel sí se lleva bien. Le dio buenos fondos para su academia musical en Berlín, sede hoy del West-Eastern Divan.

R. Ella es una gran admiradora del Divan. Nos vio cuando cumplimos 20 años en Berlín. Y fue la primera que se levantó a aplaudir.

P. ¿Qué le pareció su papel en la última cumbre europea? ¿Cree que quiso ahí resarcirse de los errores que cometió en 2008?

R. No sé, no lo sé. Pero se lo voy a preguntar la próxima vez que la vea. La conozco suficiente como para eso.

P. Pregúntele de mi parte, por favor.

R. De su parte…

P. Aquello hizo, entre otras calamidades, resurgir el monstruo del neofascismo en Europa.

R. Ella en 2008 era otra persona, muy distinta a la que es hoy. Ha cambiado mucho. Una vez tuvimos una conversación muy interesante. Yo la había puesto como ejemplo. Va a la ópera y a conciertos y paga su entrada. En cualquier parte del mundo. Me preguntó por qué hablaba bien de ella cuando tenía ocasión y le respondí que me parecía que en su manera de hacer política me resultaba wagneriana: porque Wagner era el maestro en la coexistencia entre la estrategia y la táctica… Y se mató de risa, como usted ahora. Es verdad. Es verdad.

P. Y aquí, en España, ¿cómo lo ve? Se lo pregunto porque tiene pasaporte español también y esto le incumbe.

R. Mal, mal.

P. Con esta polarización, más que armónicos, ¿andamos estridentes y disonantes?

R. Le voy a decir algo que a lo mejor no le va a gustar, pero me da igual. Alemania es el único país de Europa que ha hecho bien las cuentas con su pasado. Francia, no. Italia, tampoco. Aquí quedan aún muchos franquistas. ¿Tengo razón o no? Esa es mi preocupación. Hablamos de derechos humanos, pero no de responsabilidades. Se buscan formas de coexistencia artificiales, pero no reales. Pero el mundo, a pesar de eso, siempre ha seguido adelante. Yo me aplico lo que decía Antonio Gramsci: intelectualmente pesimista, pero emocionalmente optimista. En eso, mis nietos, de cuatro y seis años, ayudan. Son muy inteligentes. Me encantan mis nietos… Él toca el chelo y ella el violín. No está mal, ¿no?

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