Bailad, bailad, malditas

Hubo una época en la que un burgués parisino acostumbrado a ir a la ópera y al teatro, a disfrutar de copiosos almuerzos en todo tipo de distinguidos cafés, podía invitar a su prometida a salir a bailar a un hospital. Él y ella se vestirían como lo harían para asistir a cualquier otro espectáculo y, llegado el momento, cruzarían las puertas de la Pitié-Salpêtrière, un reconocido psiquiátrico en el que padres y maridos internaban a mujeres e hijas que no eran exactamente como esperaban —demasiado melancólicas, demasiado malhumoradas, demasiado independientes; en todo caso, nada sumisas—, y se mezclarían entre el gentío. Sería siempre una noche de marzo, una noche de la Media Cuaresma, y entre el gentío no habría únicamente parejas de burgueses burlones —porque a eso iban, a burlarse— sino también internas, a quienes se impelía a disfrazarse, a parecer grotescas caricaturas de sí mismas, animales salvajes sabiamente domesticados por la incipiente psiquiatría de la época.

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