Atravesar el fuego

Es un juego de infancia que todos conocemos. Se llama “el escondite” y su objetivo es ocultarse y no ser descubierto hasta el final. El funcionamiento es fácil: de entre todos los participantes se escoge a una persona encargada de buscar a los demás —tradicionalmente se le llama “el policía”— y este, cerrando los ojos empieza a contar hasta cierto número previamente acordado por los otros integrantes del juego. Cuando empieza —uno, dos, tres…— los demás huyen hacia distintos lugares: un armario, detrás del biombo, debajo de la mesa camilla. “Ocho, nueve, diez”, y cuando termina de contar arranca su búsqueda: “voy”, dice. Y hay nervios detrás del biombo, nadie se atreve a respirar bajo el faldón de la mesa. El buen policía tiene que detectar las huellas, las pistas: la puerta del armario que ahora no cierra, el zapato que sobresale de la parte inferior del biombo, la tela del faldón que se mueve por las risas, por la expectación de ser descubierto.

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