Asilvestrados

Los primeros días de vacaciones descolocan: estás todo el año en cautividad y de repente te sueltan y puedes hacer lo que quieras. Además de que ni te acuerdas de lo que es eso, es demasiada responsabilidad si sientes la obligación de que todo sea maravilloso, mejor que el año anterior. Cuesta relajarse, aceptar la libertad. Ahora bien, la regresión a una vida elemental es asombrosamente fácil cuando te la propones, más aún cuando no te la propones en absoluto. Levantarse tarde, comer a deshoras, algún día hasta ni comer, hacer el vago, vestirse con dos trapos, pasar el día descalzo, leer tumbado sin mirar el reloj, conversar hasta la madrugada, beberse sin querer un par de botellas de vino. Cuando se impone la siesta de forma natural se puede decir que lo más difícil ya está hecho, considérese usted asilvestrado. Es un verbo entrañable, hasta el imperativo da risa (¡asilvéstrese!), porque es un contrasentido, es algo involuntario. Te conviertes en otra persona, con una visión sencilla de la cosas. Es como un anuncio de un gimnasio que vi una vez: “¡A por tu mejor versión!”, pero de verdad, sin cuota ni esfuerzo. Uno se desprende rápido de las convenciones, tanto que da un poco de miedo, podrías acostumbrarte. Y si estás con gente todo va degenerando en armonía, aceptado de forma colectiva como algo deliciosamente inevitable.

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