alta costura por amor al arte

Decía Cristóbal Balenciaga que «un buen modisto debe ser arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos, músico para la armonía y filósofo para la medida». Y él fue el más grande de la Historia. Así lo avalaron, unánimemente, sus colegas: Hubert de Givenchy, Emanuel Ungaro, Oscar de la Renta, Paco Rabanne, Christian Dior o Coco Chanel, buena amiga, quien creía que «couturier solo hay uno. Es Balenciaga». A lo que Dior añadía: «Con los tejidos hacemos lo que podemos. Balenciaga hace lo que quiere». Para los diseñadores de moda fue maestro de maestros, un dios. Y eso es decir mucho en un mundo de tanto ego por metro cuadrado.

El Museo Thyssen abre, a partir del próximo martes, una exposición en la que 90 de las mejores creaciones de Cristóbal Balenciaga (Guetaria, 1895-Jávea, 1972) se miden con 55 obras maestras de la pintura española de los siglos XVI al XX, realizadas por los maestros que más admiraba: El Greco, Velázquez, Zurbarán, Goya, Zuloaga… Y hay que ser muy bueno cosiendo para que sus creaciones aguanten el tipo frente a los lienzos de estos genios.

Uno de los monjes mercedarios de Zurbarán y dos vestidos de novia de Balenciaga para la Historia. A la izquierda, el de la Reina Fabiola de los Belgas. A la derecha, el de Carmen Martínez-Bordiú
Uno de los monjes mercedarios de Zurbarán y dos vestidos de novia de Balenciaga para la Historia. A la izquierda, el de la Reina Fabiola de los Belgas. A la derecha, el de Carmen Martínez-Bordiú – ISABEL PERMUY

La marquesa de Casa Torres

En realidad, el proyecto fue concebido originariamente para el Museo del Prado, cuando Miguel Zugaza -vasco como Cristóbal Balenciaga- era aún su director. Se pensó entonces que los diseños de Balenciaga «se colaran» en las salas de la colección permanente de la pinacoteca. Pero, tras la marcha de Zugaza, y su relevo por Miguel Falomir, el proyecto quedó descartado como parte de la programación del bicentenario. Eso sí, aclara el comisario, Eloy Martínez de la Pera, que el Prado se ha volcado con los préstamos (trece obras). El Thyssen entonces aprovechó la ocasión, acogiendo la muestra, en la que Balenciaga revisita la Historia del Arte de los últimos cinco siglos.

En el centro de la imagen, en blanco y rojo, el Vestido Infanta de Balenciaga, junto a una obra de Carreño de Miranda
En el centro de la imagen, en blanco y rojo, el Vestido Infanta de Balenciaga, junto a una obra de Carreño de Miranda – ISABEL PERMUY

El pequeño Cristóbal abrió sus ojos tanto al mundo de la moda como al del arte en el Palacio Aldamar (conocido como Vista Ona), a las afueras de su Guetaria natal, donde pasaban los veranos los marqueses de Casa Torres, grandes coleccionistas de arte. Su madre era costurera y trabajaba para la marquesa, bisabuela de quien años después se convertiría en la Reina Fabiola de los Belgas. Cristóbal quedó deslumbrado con los vestidos que aquella distinguida dama traía de París, pero también con las obras de Velázquez, Goya o El Greco que colgaban en las paredes de su casa. Algunos de esos cuadros cambiaron de manos; siete de ellos están en la exposición: «Cabeza de apóstol», de Velázquez; «San Sebastián», del Greco; «El cardenal Luis María de Borbón y Vallabriga», de Goya… Con solo doce años aquel niño echó un órdago a la marquesa: le dijo que era capaz de hacerle un vestido tan bello como el que llevaba. Ya apuntaba maneras. Ella aceptó el reto y, una semana después, lo tenía puesto. Se convertiría en su clienta y mecenas. Cristóbal dejaba paso a Balenciaga.

La Corte de Felipe II se tiñó de riguroso negro; también los trajes de Balenciaga
La Corte de Felipe II se tiñó de riguroso negro; también los trajes de Balenciaga – ISABEL PERMUY

El montaje de la exposición se funde a negro (techo, paredes, suelo) para que luzcan en todo su esplendor trajes y cuadros en un «diálogo conceptual». Balenciaga nunca copia un vestido de una pintura; recoge siluetas, volúmenes, colores… Como ese Vestido Infanta, en blanco y rojo, creado en 1939 en homenaje a las Infantas de España retratadas por Velázquez, o una capelina con volante abullonado en gazar de seda azul que evoca a las Inmaculadas de Murillo. «Balenciaga amaba la pintura española. Paseaba por el Prado, cuyas obras inspiran sus colecciones», advierte el comisario. Pero puntualiza que «la moda siempre ha estado presente en la Historia del Arte». Mujeres retratadas por Pantoja de la Cruz, Sanchez Coello o Villandrando parecen recién salidas de un desfile de alta costura de la Semana de París. Trajes por los que McQueen hubiera matado por haberlos diseñado él. «Las Millennials no son conscientes hoy de lo mucho que le deben a Balenciaga. Muchas de las siluetas que lucen fueron creadas por él. Fue un rompedor de tejidos y siluetas», apunta Martínez de la Pera. Entre sus hitos, la falda balón, el vestido saco, la silueta pavo real…

En el centro de la imagen, «Retrato de la Duquesa de Alba», de Ignacio Zuloaga, junto con un vestido de noche rojo de Balenciaga
En el centro de la imagen, «Retrato de la Duquesa de Alba», de Ignacio Zuloaga, junto con un vestido de noche rojo de Balenciaga – ISABEL PERMUY
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La paleta cromática del Greco (ácidos amarillos y fucsias, azules cobalto, verdes ceniza) en sus Anunciaciones ilumina exquisitos diseños de Balenciaga. Incluso retoma la gola de sus retratos de caballero en el cuello fruncido de un abrigo de noche. Esa explosión de color se torna minimalismo. «Balenciaga no se puede etiquetar, hizo de todo», advierte el comisario. Por un lado, el Balenciaga más sobrio. La Corte mística de Felipe II se tiñe de riguroso negro con el Palo de Campeche. Un negro hermoso y profundo, símbolo de poder y elegancia, «muy Balenciaga», que reinterpreta en elegantísimas creaciones. Por otro, el Balenciaga más místico y espiritual. El blanco inmaculado de los hábitos de los monjes mercedarios retratados por Zurbarán (uno de los primeros diseñadores de moda con sus santas mártires, elegantemente vestidas e incluso maquilladas), sus pliegues y volúmenes, se cuelan en majestuosos, e históricos, vestidos de novia del modisto, presentes en la muestra, como los de la Reina Fabiola de los Belgas y Carmen Martínez-Bordiú, su última creación, de 1972, año de su muerte.

De Goya, al que admira, rescata sus encajes y muselinas, esas transparencias propias de los cuadros del maestro aragonés. También, su afición a poner lazos en los vestidos. Como el rojo que luce en su traje blanco la Duquesa de Alba, retratada por el artista. De su amigo Ignacio Zuloaga, y otros artistas como Julio Romero de Torres, Casas o Madrazo, Balenciaga toma su pasión por lo español, por lo popular: capas castellanas, madroños, volantes, boleros… El Litri le regaló una chaquetilla. El modisto fue un gran coleccionista de indumentaria histórica.

Dos santas mártires de Zurbarán, junto a cuatro modelos de Balenciaga
Dos santas mártires de Zurbarán, junto a cuatro modelos de Balenciaga – ISABEL PERMUY

Culto, con clase… y muy perfeccionista

Modisto total, un visionario. A caballo entre arquitecto y escultor de la moda, Monsieur Balenciaga destacó por sus volúmenes, sus líneas puras y simples, su dominio técnico, su conocimiento de los tejidos, su acabado perfecto… Era el único capaz de controlar todo el proceso creativo. Dio solo dos entrevistas en su vida: a «Paris Match» y a «The Times». Odiaba el ruido. Era un hombre muy religioso, culto, de gran generosidad, con mucha clase, aunque tenía arrebatos de furia si una prenda no estaba perfecta. Era tal su obsesión que llegó a hacer un agujero en la cortina para controlar lo que pasaba en el salón durante los desfiles. Al acabar, no salía a saludar. De sus modelos le gustaban especialmente las nucas, los cuellos. Por eso siempre lucían moños. Nunca hizo descuentos a sus fieles clientas. Entre ellas, la duquesa de Windsor, Grace Kelly, Greta Garbo, Bette Davis…

Flores y bordados, tanto en pinturas de la Escuela Española como en trajes de Balenciaga
Flores y bordados, tanto en pinturas de la Escuela Española como en trajes de Balenciaga – ISABEL PERMUY

El comisario ha colaborado muy estrechamente en la exposición con Sonsoles Díez de Rivera, custodia del Legado Balenciaga. Su madre, la marquesa de Llanzol, fue su principal musa. «La más atrevida, rompedora y vanguardista a la hora de lucir trajes de alta costura», apostilla Martínez de la Pera.

Balenciaga tuvo casas de alta costura en San Sebastián, Madrid, Barcelona y París. Estalla Mayo del 68. Cierra su atelier de la capital francesa. «Cruzad la calle (la Avenida George V) y que os vista Hubert (de Givenchy)», decía a sus desoladas clientas. Nunca se adaptó a la llegada del prêt-à-porter. Ése no era ya su mundo. Se retiró con la elegancia y saber estar marca de la casa.

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