Al trans, trans

Hay en las redes un fenómeno interesantísimo para quien levante la vista un palmo de su ombligo. Lo lidera una generación de chicas y chicos que no sienten pertenecer al sexo que le asignaron en el paritorio a la vista de los genitales con los que vinieron al mundo, y que se reivindican como transexuales orgullosos de sí mismos. Son filólogos clásicos, físicas cuánticas, estudiantes, reponedores de súper, parados, paradas. Guapas, feos, listas, tontos, brillantes, anodinos. Como cualquier hijo de vecino, vamos. Algunos son reservados con sus cosas, y mantienen un perfil bajo. Otros ilustran su proceso de transición al sexo sentido con un despliegue de pelos y señales que habla más de su necesidad de autoafirmación y cariño que de ningún afán de exhibicionismo. Se me dirá que nada de esto es nuevo, y será cierto. Desde 2007, la Ley de Identidad de Género les permites a estas personas cambiar su nombre y su sexo legalmente sin acreditar cirugía. Y varias leyes autonómicas les permiten ser considerados por la Administración local como personas del sexo que sienten sin que ningún psiquiatra les diagnostique de ningún trastorno, entre otras cosas, porque la transexualidad desapareció en 2012 del catálogo de enfermedades mentales.

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