A golpes con las palabras: bofetadas, porrazos y zascas en el español

Todo conflicto debería ser solucionado sin recurrir a la violencia física. Cualquiera con un poco de sensatez y civismo nos dirá que antes de pegar a otro hay que hablar e intentar entenderse. Así lo piensa quien escribe este artículo y, a buen seguro, todos los que lo están leyendo; con todo, aun siendo gente pacífica los que estamos a ambos lados de esta pantalla, sabemos qué son los puñetazos, los sopapos o los tapabocas y seguro que alguna vez hemos propinado un buen porrazo a la impresora que se atascaba, o, pasando de la realidad al deseo, daríamos una bofetada a aquel que llama en mitad de una siesta o soltaríamos un buen guantazo a la gente que habla entrecomillando con los dedos en el aire.

¿De dónde han salido las palabras para pegarnos en español? Veremos aquí las dos fuentes principales que nutren a ese repertorio de nombres que damos a los golpes que se propinan con las distintas partes del cuerpo o con los aparejos más básicos.

Sin duda, el origen más común para estas palabras viene de dar nombre a los golpes a partir del elemento del cuerpo que sirve para hacer daño. De los puños salen los puñetazos; de los codos, los codazos; los manotazos salen de las manos, y lo que cubre a estas, los guantes, da lugar a los guantazos. De agarrarse de los pelos viene pelear, una pelea era una lucha sin armas. Junto a estos nombres corporales está todo el ajuar doméstico de una persona que puede ser esgrimido en el cuerpo a cuerpo: bastonazo, estacazo, garrotazo, leñazo, porrazo (de porra)… son instrumentos de madera con que se golpearon nuestros antepasados.

En el mismo grupo tenía su origen cate, que hoy es meramente una bofetada, pero que deriva de la palabra gitana para el bastón, caté (desde el sánscrito kastha que significaba madera); esta es una palabra relativamente tardía de nuestro idioma, que no se extiende hasta fines del siglo XIX. A palos también se peleaban quienes participaban en una paliza, palabra usada en español desde el XVII. Palabra particular también relacionada con el cuerpo es somanta, usada normalmente en la expresión «somanta de palos», compuesta por la preposición so (que ya no se usa en español pero que se empleaba antes con el significado de bajo: so pena, so pretexto). El significado parece emanar de la terrible imagen de alguien siendo cubierto de golpes tal como le cubre una manta.

La otra gran fuente de palabras para dar nombre a los golpes es el lugar al que dirigimos el movimiento: un pescozón es un golpe en el pescuezo; un sopapo era, literalmente, un golpe que se propinaba en la papada ajena; un cachete era un golpe ligero (si es fuerte es más bien cachetada) que se daba en las mejillas o en las nalgas (nombradas como cachetes en parte de Andalucía y América) y una tragantada da en toda la garganta. Completamente transparentes son el tapaboca, golpe que cierra y cubre la boca ajena, así como el moquete o puñetazo dado en las narices.

En la idea de que trompa es una forma posible para denominar a la nariz, un trompazo o una trompada era en su origen el encuentro violento de narices entre dos personas, aunque hoy ambas palabras tengan un significado más general y, para el caso de trompada una extensión más americana que española. Muy andaluza es la forma mascada (pronunciada mascá, con derivados de lo más variopintos: mascazo, mascales… a cual más amenazador) para dar nombre al golpe que se da en la mandíbula; viene del verbo mascar, derivado del latín masticare.

Entre lo que golpea y la zona atacada está el aire por el que viaja la mano. Y ahí tenemos otra palabra: bofetada. Bofar significaba soplar, de su derivado bofete derivó bofetada, que se asienta en la idea de que si levantas la mano con el avieso fin de dar en la cara de otro, provocarás un movimiento de aire similar al que, con otra intensidad, provoca un soplo. Es la misma imagen que subyace en el hecho de que en francés bofetón sea soufflet, a partir de souffle (respiración). La posición inversa de la mano en la bofetada origina el nombre, más elaborado que popular, de revés. Completamente popular es, en cambio, la forma gofetá, con paso de b a g (como en güeno, lo explicamos aquí) y pérdida de la de entre vocales.

No eran violentos pero sí golpeaban profesionalmente quienes se dedicaban a curtir y preparar pieles: esos eran zurradores y lo que hacían era zurrar. La voz es de étimo oscuro (la comparte el castellano con el portugués y con el vasco) y de ella derivó la idea de castigar con golpes o azotes a alguien. En la misma base está tunda desde tundir.

En general, las voces del golpeo son bastante castizas y poco importadas, frente a los nombres de los instrumentos efectivamente creados para golpear o disparar, donde hay bastantes préstamos: del árabe trajimos la palabra azote; del francés, arcabuz; del inglés, rifle…

La violencia verbal tiene sus modos y se materializa en las palabras insultantes o en las expresiones vejatorias. Pero, como vemos, la violencia no verbal, la física, se concreta también en palabras. Quiero pensar que el Duelo a garrotazos que pintó Francisco de Goya en sus pinturas negras se vio precedido de un intento fallido de conciliación verbal. Pero desde luego, este seguramente fue, en toda nuestra historia, la única consecuencia positiva de una pelea a golpes.

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