A 30 años de Leipzig, la semilla de la revolución pacífica que derribó el Muro de Berlín

Mientras decenas de miles de alemanes de la RDA huían a través de la frontera húngara y al tiempo que aumentaba la rabia contenida de las autoridades comunistas, en la iglesia de San Nicolás de Leipzig habían comenzado a celebrarse, cada noche de lunes, oraciones por la paz. Ante el Santísimo, con velas encendidas, los fieles guardaban silencio y rezaban en una cita semanal a la que fue acudiendo progresivamente mucha gente joven. Cuando la iglesia dejó de tener suficiente aforo, la oración se trasladó a la plaza y así arrancaron las primeras marchas silenciosas y en oración que supondrían el germen del movimiento ciudadano pacífico que terminó derrumbando el Muro de Berlín.

«Yo era solo un niño, pero mis padres me llevaban cada semana, asistía toda la parroquia, y después se fue sumando mucha más gente», recuerda Aram Radomski, «recuerdo que, en medio de tantísima gente y para que no me pisasen, mi padre que llevaba a hombros y eso suponía que no podía llevar una vela, eso me fastidiaba bastante. Y también recuerdo el recogimiento, el silencio que reinaba a pesar de que se concentraban miles de personas, y el miedo. Aunque los mayores no hablaban de ello, yo podía sentir ese miedo cada lunes».

El 9 de octubre de 1989, a primera hora de la mañana, el padre Christian Führer convocó al consejo pastoral y al equipo que soportaba la organización de las marchas. Ante la llegada de autobuses de llenos desde ciudades vecinas que pretendían sumarse aquella tarde a lo que ya se había convertido en un acontecimiento mediático del que se ocupaba la televisión occidental, los rumores sobre una reacción violenta de las autoridades comunistas, que tanto temor habían infundido en las últimas semanas a los silenciosos manifestantes, habían dejado de serlo. La amenaza explícita había aparecido tres días antes en una carta al director publicada por el periódico Leipziger Volkszeitung el 6 de octubre. «No permitir durante más tiempo la enemistad contra el Estado», llevaba por título. Llamaba a responder «con armas en la mano» y estaba firmada por el comandante Günter Lutz. Führer planteó la posibilidad de desconvocar, dada la situación, pero la negativa fue unánime. «No querían dejarse vencer en aquel pulso silencioso. Sabían que estaban removiendo las conciencias, podían sentirlo, y se sentían también amparados ante el resto de los ciudadanos por lo intachable de aquellas citas de oración pacíficas y en las que no se gritaban ni condenas ni consignas políticas, sino que solamente se oraba en silencio por la paz», rememora otro testigo ocular de los hechos, Segbert Schefke, cuyas imágenes de vídeo de aquellas marchas cruzaban clandestinamente la frontera y eran después emitidas por el programa Tagesschau de la televisión pública de la República Federal Alemana.

«Aunque en la televisión presentaban las imágenes como rodadas por un equipo de la televisión italiana, sospechaban de mí. Mi casa, en Prenzlauerberg (Berlín), estaba vigilada por la Stasi y dos agentes de paisano me seguían a la panadería, a casa de amigos, extendiendo la vigilancia a todo aquel que tuviese contacto conmigo. Cuando entraba en casa, montaban guarda las veinticuatro horas en el patio de entrada del edificio. Entonces se me ocurrió subir a escondidas al tejado y caminar por los tejados de los diez edificios contiguos, hasta la Schönhauser Allee. Allí mi amigo Aram Radonski me subió a su coche. Cambiamos tres veces de Trabant para que perdiesen la pista, pero llegamos», relata, «no me hubiera perdido esa marcha por nada del mundo». Schefke volvió a encaramarse a un tejado para poder grabar la concentración en su verdadera dimensión y se emocionó al ver «aquella masa silenciosa que se movía a la luz de las velas». Aquella imagen desmentía la versión oficial, los periódicos comunistas publicaban que eran cuatro borrachos alborotadores, pero allí se veían cientos de miles que decían pacíficamente: «Nosotros somos el pueblo».

Ese sería el mismo grito que comenzó a corearse en las calles de Berlín hasta que su eco derribó el Muro que separaba a las dos Alemanias. «No lo esperábamos, fue toda una sorpresa», reconoce Uwe Schwabe, entonces enfermero en una residencia para mayores y que caminaba semanalmente en la cabeza de las marchas de Leipzig. Desde 1984 se había involucrado en las reuniones de la iglesia y había cofundado la organización Leben (Vida), comprometida con la protección del medio ambiente. «Nací en 1962, para mí el Muro existió toda la vida y sencillamente no podía imaginar que en algún momento eso cambiaría. Lo que nosotros buscábamos era lograr libertad de expresión, libertad de movimientos y la posibilidad de tener proyectos para fundar partidos políticos. Sobre eso hablábamos, sobre eso discutíamos y por eso rezábamos. Nos inspiraba profundamente el Papa Juan Pablo II y teníamos, de verdad, grandes expectativas. Pero ni de lejos llegué a pensar nunca que nuestras oraciones diesen semejante fruto».

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