247 héroes y cuatro capitanes valientes para dar la vuelta al mundo | Babelia

Tomás Mazón Serrano (Alicante, 45 años) juega con ventaja, con el viento a favor. Como ha tenido a su disposición toda la bibliografía existente desde hace cinco siglos, ha consultado fuentes primarias, entrevistado a los mejores especialistas del mundo y se ha aprovechado de las nuevas tecnologías, ha podido escribir el excelente Elcano. Viaje a la Historia (Ediciones Encuentro 2020). Porque Mazón adentra al lector, desde la primera página, en una de las mayores hazañas de la humanidad: la primera vuelta al mundo (1519-1522); y lo hace con la minuciosidad de un diario de abordo, pero rebañando cada detalle sin dejar nada al pairo a pesar de la complejidad de la aventura y de los diversos derroteros que durante tres años tomaron las cinco naves y los 247 héroes que protagonizaron esta epopeya.

Es cierto que, al final, la gloria eterna fue para los “dieciocho flacos como jamás hombres estuvieron”, los que llegaron a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, pero el autor, con toda justicia, no deja a nadie atrás y eleva a la categoría de héroes tanto a los que murieron intentando salvar a sus compañeros, como a los que fueron abandonados en islas desiertas, apresados por los enemigos o los que no pudieron resistir las últimas jornadas de la larga travesía.

Los que arribaron a España iban a bordo de una nave tan dañada que “los peones del puerto tardaron 25 días en achicar el agua del interior de la nao”. Porque la Victoria, el único de los barcos que sobrevivió a la aventura, llegó escorada, a punto de hundirse, solo llena de gloria y de 27 toneladas del preciado clavo.

Una hazaña que acaba -dado el ínfimo reconocimiento que España suele hacer de sus héroes- extrañamente bien. La alegría del emperador Carlos V era tanta –Juan III de Portugal, a pesar de las reivindicaciones portuguesas del descubrimiento, solo se dedicó a intentar torpedear la empresa para mantener el monopolio de las especias- que hasta al mensajero que le dio la buena nueva al rey español fue premiado con 50 ducados de oro, una auténtica fortuna para la época.

El acierto de Mazón no es tanto que relata una epopeya, como que traza el perfil psicológico de sus principales protagonistas, además de rescatar la importancia que tuvieron para que se pudiese realizar el milagro: iban a buscar las islas de las Especias, no a dar la vuelta al planeta.

Así, recupera figuras poco conocidas como Gonzalo Gómez de Espinosa “el mejor de los capitanes”, y que sustituyó en el mando a Joao Lopes Carvalho, un hombre sediento de dinero que fue capaz de traicionar a sus compañeros y que por eso fue destituido en el mando. Porque fueron cinco -Fernando de Magallanes, Duarte Barbosa, Lopes Carvalho, Gómez de Espinosa y Juan Sebastián Elcano- los capitanes de la armada que menguaba conforme surcaban millas náuticas.

La aventura –como todas las aventuras que se precien- está repleta de reyes, tesoros, piratas, traiciones, lealtades, heroicidades, emociones hasta la lágrima, batallas, dolor, muerte, valor y recompensas. Y todo ello es atrapado por Mazón y volcado en un libro que, más que un ensayo divulgativo, parece una novela de aventuras. Desde la heroica muerte de Magallanes intentando salvar a sus navegantes, hasta la llegada a la suntuosa Brunéi, con “un grado de civilización muy superior”, dedicada al comercio de las especias, y cuyo rajá no se dejaba ver por el resto de mortales. O la separación de las dos últimas naos supervivientes, la Victoria y la Trinidad, herida esta ya de muerte. Padres, hijos, amigos, compañeros tuvieron que decidirse por una u otra, sabiendo que quienes subieran a la Trinidad jamás volverían. “La decisión fue de todos”, recuerda Mazón.

Pero no menos emocionante es la historia de Vasquito, el niño que acompañaba a su padre en la Victoria, que se quedó huérfano en mitad del Pacífico y que siguió travesía con sus compañeros hasta que fue apresado en Cabo Verde con otros 12 marinos. Vasquito fue rescatado por Carlos V de su cautiverio, por lo que pudo regresar a España el 9 de abril de 1523. Tan pequeño era que fue el único de los expedicionarios que no cobró en persona la gran recompensa, sino que tuvo que ser su madre la que recibiera los 41.360 maravedíes que le correspondían, de los cuales 22.000 le fueron otorgados “por su valor”. Y así, historias e historias, a cuál más emocionante.

Luego, siglos después, llegó Willy Fogg y muchos se admiraron de un personaje que venció en una apuesta porque había ganado un día en su recorrido a lo largo del mundo, sin saber, quizás, que cuatro siglos antes Elcano ya lo había descubierto al completar la fantástica misión que Mazón recrea tan concienzudamente. Para aquellos hombres no fue una cuestión de apuestas, sino de honor. Y, además, eran reales.

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