184 días al año

Todo español lleva dentro un andorrano. Como todo británico lleva dentro un gibraltareño y todo francés un monegasco. También los norteamericanos fantasean con instalarse a vivir en las Bahamas y montar una empresa con sede en Delaware. Y es así porque percibimos los impuestos como una forma de confiscación. No podemos evitar ceder a ese relato. Para tranquilizar la conciencia, muchos exigen que el dinero público se gestione mejor y se privaticen los servicios que aún no lo están, pero en realidad lo que les molesta es ceder una parte de sus ingresos a la Hacienda pública. Por lo general, cuanto menos dinero ganas, menos pagas en impuestos. Pese a ello, los que tienen que pagar mucho no lo celebran como una victoria personal, sino como una derrota. Esto es un error de apreciación. Es como quien se pega una comilona pantagruélica y luego se queja de que le ha costado más hacer la digestión que a quien se ha comido una manzana pelada. En toda esta disquisición sobre el pago de impuestos hay un factor de enorme incomodidad, que es el sentido patriótico. De tanto agitarlo y lucirlo en bandera, cuello de camisa y hasta en la correa del perrito, nos creemos que el patriotismo es una exhibición, cuando en realidad el patriotismo es meramente una liquidación honesta del IRPF.

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